“Artero, escurridizo, sagaz, embaucador”. Así describe a Odiseo el bueno de Stephen Fry, que no solo es un gran actor, es un especialista en mitología clásica y en la obra de Homero en particular. Yo además diría que es poco fiable, un liante, un sinvergüenza y un asesino reconcoroso. Eso es lo que los cantos de la Ilíada y la Odisea dicen del bueno de Odiseo.
Pero a Nolan todo eso le da un poco igual, porque el director tenía claro que quería hacer de Odiseo un héroe y crear una película monumental, y vaya si lo ha conseguido. Sí, el precio a pagar ha sido perder de vista el fondo de lo que este relato original nos cuenta, y queda en manos de los dioses decidir si ha sido un golpe de inspiración genial o pura hibris. Un prodigio técnico al que la Historia le trae sin cuidado Que quede claro desde ya: la peli me ha gustado. En lo técnico, La Odisea es apabullante y digna de aplauso.
Nolan ha rodado la que él mismo describe como la producción más grande y difícil de su carrera, la primera película de ficción filmada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm. Hay una densidad de secuencias enormes que ni siquiera sus películas anteriores alcanzaban, y casi todas te dejan con la boca abierta. El problema, si es que lo es, llega cuando uno recuerda que esto va de la Odisea, porque a la película el rigor histórico le da exactamente igual. El propio Nolan ha reconocido las dudas sobre la fidelidad arqueológica y ha comparado su método con el de Interstellar, esa idea de partir de la mejor especulación posible para levantar un mundo propio.
No es solo la arqueología lo que le da un poco igual a la hora de desarrollar su historia. También la mitología heredada Y no es solo la arqueología lo que le da un poco igual a la hora de desarrollar su historia. También la mitología heredada de la que bebe el relato le importa más bien poco, y ahí es donde la cosa se pone interesante. Nolan toma lo que le sirve y descarta lo que no encaja en su idea de héroe.
Puedes leerlo como una traición o como una decisión de autor perfectamente legítima, y a mí, te lo adelanto, me parece más lo segundo que lo primero. ¿para qué sufrir más? Disfrutemos de las cosas bonitas que podamos mientras podamos: "tês hôras apólave". Lo que no admite discusión es que estamos ante un espectáculo de otra escala, uno de esos que justifican la existencia misma de las salas de cine. La pregunta es qué se queda por el camino cuando la ambición visual manda por encima de todo lo demás.
Decisiones de riesgo que casi siempre aciertan La Odisea toma muchas decisiones arriesgadas, y eso, de entrada, es una buena noticia aunque el resultado no siempre sea el mejor. Algunas son elecciones de reparto que parecen buscar más llamar la atención que otra cosa, y han hecho correr ríos de tinta durante meses. Después de ver la peli yo creo que son acertadas, y me interesa poco sumarme al cabreo colectivo, que en estas cosas suele decir bastante más de la propia maquinaria del enfado permanente que de la película que lo provoca. Si algo me molesta aquí, no es a quién han puesto delante de la cámara, sino la calidad de algunos efectos especiales, por ejemplo, que en una producción de este calibre chirrían, o que algunos de sus grandes talentos interpretativos se queden algo desaprovechados.
Esas dos cosas me escuecen bastante más que cualquiera de las polémicas que agitaron las redes antes del estreno. Porque una cosa es apostar fuerte y otra dejar que la apuesta se coma el resultado. Cuando reúnes un reparto así, con nombres capaces de sostener ellos solos una película entera, esperas verlos brillar, y no siempre ocurre. La grandeza de una superproducción no está solo en el tamaño de sus decorados, sino en si cada pieza del reparto encuentra su sitio.
Y ahí La Odisea acierta más de lo que falla, en general, pero deja algún enorme en un segundo plano, como a Charlize Theron. Condensar la Odisea en tres horas agota: se entienden las ausencias, no los caprichos Intentar meter la Odisea entera en tres horas de metraje resulta, sencillamente, agotador para quien está en la butaca. Uno entiende las omisiones, entiende que ciertas etapas del pesaroso viaje de Odiseo se queden fuera, porque no hay montaje humano capaz de contenerlo todo sin reventar. Se agradece incluso, a veces, que Nolan elija y renuncie a pasajes concretos, porque elegir es también una forma de contar.
Lo que ya no comprendo tan bien es que, teniendo que dejar tanto en la cuneta, el director se recree en algunos de momentos de lo más insulsos. O que meta con calzador escenas de acción a lo 300 que no vienen a cuento de nada, y que personalmente sacrificaría sin pestañear por recuperar cualquiera de los pasajes que sí importaban. Pero no es cuestión de ponerle ese tipo de pegas a Nolan, que insisto, ha realizado junto a todo su equipo un trabajo titánico. Nolan, como Odiseo, es un poco trilero Mi queja no es una cuestión de purismo, que conste.
Es una cuestión de economía narrativa, de a qué decides dedicar los minutos que tienes. Cuando el reloj achucha y aun así encuentras hueco para una coreografía de mandobles que podría estar en cualquier otra película, algo en el equilibrio del conjunto se resiente. yo no he podido evitar pensar en lo que podría haber ocupado ese espacio del metraje, y esa es una sensación que una peli redonda nunca debería provocar. En general Nolan sabe administrar el tiempo en sus pelis como pocos, y por eso llama la atención cuando lo gasta en lo accesorio. Ojo, que hablamos de detalles dentro de una obra descomunal, pero son detalles que se acaban notando.
El Olimpo que Nolan esconde Hay una ausencia narrativa que gestiona de una forma que me resulta extraña, y es la del elemento mítico y religioso. Para Homero, y para los habitantes de aquella era legendaria, algo así no cabía ni en la imaginación, porque dioses y hombres compartían una misma realidad indivisible: lo sagrado no estaba en otro sitio, estaba ahí mismo, entretejido en lo cotidiano. Por eso resulta tan curioso que Nolan omita el plano olímpico del relato y en cambio sí encuentre espacio para cíclopes, lestrigones y la mismísima Escila. ¿Y Atenea?, me puedes preguntar. Bueno, Nolan, como Odiseo, es un poco trilero, ya lo sabéis, y en todas sus pelis nos hace algo de trampa.
Lo interesante es que, mirándolo con calma, ese truco casi le sale redondo, pero no os quiero estropear la peli. Nolan no necesita dioses que bajen a conversar con los humanos, no cuando existen el trueno, el mar embravecido, una cosecha fértil, el horror de la guerra o la sonrisa de un niño. La peli lo dice clarísimo y os invito a seguirle el juego. Lo divino, lo olímpico, en su versión, no habla con palabras: se manifiesta en la naturaleza y en los gestos, y hay algo profundamente coherente en esa decisión, aunque traicione la letra del original y tengas que esperar casi al final de la peli para tener cierto contexto.
Puede que sea la mayor infidelidad de la película y, a la vez, su gran hallazgo. Retirar a los dioses de la acción y dejar que el resto del mundo haga su papel es, en el fondo, otra manera de creer en ellos. Dos armas secretas Hay dos aspectos técnicos que merecen ser subrayados, el primero es el montaje. Desde el mismísimo arranque se demuestra fundamental para echar a andar semejante armatoste cinematográfico, porque una película que salta en el tiempo y acumula secuencias descomunales se sostiene o se hunde en la sala de montaje.
Aplauso para Jennifer Lame, que lo mismo se marca un Oppenheimer que una Midsommar. Nolan lleva media carrera demostrando que el tiempo es su verdadero material de trabajo, y aquí vuelve a manejarlo con una precisión que da un poco de vértigo. El segundo gran refuerzo de Nolan y Odiseo es la banda sonora, increíble, exótica, particular y arrolladora a partes iguales, de la mano de un trabajo de efectos de sonido de lo mejor que he escuchado en mucho tiempo. La firma esta vez es de Ludwig Göransson, que repite con Nolan tras Oppenheimer y se le nota con ganas de salirse del molde.
Y de llevarse otro Oscar. En una película que renuncia a que los dioses hablen, es el sonido el que acaba ocupando ese lugar No es un detalle menor, porque en una película que renuncia a que los dioses hablen, es el sonido el que acaba ocupando ese lugar. El rugido del mar, el silencio antes de una tormenta, esa música que no se parece a casi nada: todo eso hace el trabajo que en otra versión harían los versos de Homero con sus poéticas descripciones. Cuando la imagen es tan grande, el oído es lo que te ancla emocionalmente a lo que ocurre, y ahí La Odisea está sencillamente sobresaliente.
Uno sale del cine con la retina llena, sí, pero también con el oído zumbando de una forma muy poco habitual. Y esa, para mí, es una de las grandes victorias de la película. El problema no es que reinterprete a Homero Tal vez el mayor problema de La Odisea sea que, en algunos momentos, se olvida de qué es la Odisea, y por desgracia se convierte en una superproducción hollywoodiense de lo más normalita, especialmente en su tramo final. Aparecen entonces todos los resortes que funcionan para que el gran público no se aburra, y algunos están metidos tan artificialmente que a mí me han sacado un poco de la experiencia.
No es que estén mal ejecutados, es que pertenecen a otra película, una más previsible y menos valiente que la que Nolan es capaz de firmar. Cuando eso ocurre, la magia se evapora durante unos minutos y uno tiene la sensación de estar viendo un blockbuster cualquiera. Uno muy bien hecho, eso sí. Por suerte dura poco y el vuelo se recupera, aunque la peli nunca deja de volar alto.
Discutir si Nolan reinterpreta esta historia es casi absurdo, es justo lo que Occidente lleva haciendo miles de años Dicho eso, no voy a ponerme tampoco tiquismiquis. Dado el carácter original del canto de Homero, del que tenemos serias dudas sobre su realidad histórica y que se estableció tal como lo conocemos hoy más de cuatrocientos años después de los hechos que narra, discutir si Nolan reinterpreta esta historia a su manera es casi absurdo, porque es justo lo que la cultura occidental lleva haciendo más de tres mil años. Al fin y al cabo, cada época se ha inventado su propio Odiseo a la medida de sus miedos, sus carencias, sus aspiraciones y sus deseos. Iba a decir que culturalmente no nos ha ido mal, pero tal vez nos habría ido un poquito mejor si no hubiéramos dedicado tanto tiempo y talento a idolatrar la funesta cólera de Aquiles o el malicioso ingenio de Odiseo, y un poco más a pensar en lo que nuestros dioses y nuestros héroes dicen de nosotros.
Esa es la lector que me interesaba ver en Nolan, y a pesar de creer que es bienintencionada, también me parece la aportación menos valiente de Nolan esta revisión de La Odisea. Y antes de terminar, me parece interesante recordar de dónde nace exactamente este Odiseo. La Odisea de Nolan no bebe tanto del canto homérico directo como de una lectura muy concreta: la de Emily Wilson, filóloga británica, catedrática en la Universidad de Pensilvania y primera mujer que tradujo la Odisea al inglés. Fue su Odiseo, ese "hombre complicado", aquel "varón de multiforme ingenio" del célebre primer verso, el que prendió la mecha en la cabeza del director, y saberlo creo que cambia un poco cómo se ve la película, porque explica muchas de las decisiones de Nolan.
Así que, al final, queda en manos de los Olímpicos decidir si a Nolan se le ha ido la mano con su espectáculo o si su nombre, como el del propio Odiseo, seguirá resonando durante generaciones. Yo, por si sirve de algo, salí de ver La Odisea convencido de que, se mire como se mire, ese debate va para largo. Puede que no haya mejor elogio para esta película. La Odisea se estrena exclusivamente en cines el 17 de julio de 2026.
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