La violencia en los márgenes del imperio

La violencia en los márgenes del imperio

Por: Xavier Villar En medio de las celebraciones por su 250 aniversario, Estados Unidos ha vuelto a abandonar la vía diplomática, ratificada en la forma del memorándum de entendimiento, para mostrar, una vez más, su verdadera personalidad política. Esta personalidad no es el resultado de una anomalía coyuntural. Como nos enseña la historia popular de Howard Zinn, el Estado estadounidense no oscila entre la paz y la guerra; el Estado es la guerra, o al menos, la preparación constante para ella en aras de los intereses de las élites económicas y el capital global. La diplomacia funciona como extensión del militarismo por otros medios: un imperialismo de rostro burocrático que, ante la menor resistencia de Teherán a su subordinación, se quita la máscara para revelar la bota militar.

No existen dos Estados Unidos. Existe un solo imperio que utiliza la retórica de la libertad y el orden internacional para justificar el saqueo, el control de recursos y la hegemonía geopolítica . Para comprender la magnitud de esta violencia, debemos ir más allá de la macro-historia de los tratados, las sanciones y los misiles, adentrándonos en lo que Saidiya Hartman conceptualizaría como la violencia íntima y el terror de lo cotidiano que impone el archivo imperial. La política exterior hacia Irán trasciende la disputa geopolítica; constituye la racialización y la deshumanización sistemática de un pueblo entero.

Las sanciones económicas, justificadas bajo el manto aséptico de la presión diplomática, operan como una tecnología de asfixia estructural que castiga los cuerpos cotidianos. Se trata de la imposición de una muerte lenta que limita el acceso a medicamentos, alimentos y una vida digna, cargando sobre la individualidad iraní el peso de la hostilidad imperial. Desde la mirada crítica de Hartman, el Estado estadounidense se niega a ver al sujeto iraní más allá de su condición de obstáculo, espectro de amenaza o abstracción en el archivo de la seguridad nacional, borrando de raíz su humanidad y su agencia. En medio del espectáculo festivo de su 250 aniversario, donde Washington celebra su propia mitología de excepción y benevolencia, la relación con Irán expone las cicatrices no archivadas de su expansión.

Zinn nos recuerda que la verdadera historia de Estados Unidos es la de la resistencia de los pueblos frente a la maquinaria estatal. Hartman nos exige escuchar los susurros ahogados de aquellos que sufren las consecuencias de esa maquinaria en las periferias imperiales, reconociendo que la libertad estadounidense siempre se ha construido sobre la precarización de la vida del otro. Lejos de constituir un fracaso de la paz, el abandono de la vía diplomática marca el retorno a la forma prístina y más honesta del poder estadounidense: la imposición de la violencia estructural, la estetización del castigo y la celebración impune de su propia devastación. Las declaraciones del presidente del Parlamento iraní, Mohamad Baqer Qalibaf, se inscriben en esta misma lógica estructural.

Al afirmar que “debemos establecer una coordinación entre las vías militar y diplomática, y no debemos temer ni a la guerra ni a las negociaciones. La guerra y las negociaciones son dos métodos para proteger el interés nacional”, Qalibaf revela una lectura lúcida de la arquitectura de poder global que a menudo se escapa al análisis occidental, apresurado en interpretar la política exterior iraní exclusivamente a través de lentes ideológicos o teológicos. Para Irán, la coordinación entre la disuasión militar y la negociación diplomática responde a una realidad ineludible. En un sistema internacional diseñado para perpetuar la hegemonía occidental, la soberanía de las naciones disidentes carece de garantías inherentes.

La diplomacia trasciende el espacio idealizado del consenso liberal para configurarse como un campo de batalla asimétrico donde Teherán busca preservar su margen de maniobra ontológica frente a una potencia que exige alineamiento absoluto. La insistencia de Qalibaf en que el conflicto con Estados Unidos posee un carácter existencial, cuyo objetivo final es la fragmentación del país, encuentra un eco directo en la metodología de Zinn. La observación de que esta estrategia estadounidense permanece como una constante estructural desmonta la fantasía liberal del buen presidente. La hostilidad hacia Teherán es un requisito funcional para el mantenimiento de la arquitectura de seguridad estadounidense en la region.

Esta lectura estructural acaba de recibir una confirmación empírica contundente. La reciente escalada bélica, condensada en los cuarenta días de intercambio militar directo, ha trazado una línea definitiva en la arena geopolítica. Washington ha chocado contra el límite material de su propio poder. La maquinaria militar estadounidense se encontró con una disuasión que no cedió ante la espectacularidad de la fuerza.

El conflicto demostró que el imperio ya no posee la capacidad de dictar los términos de la rendición mediante la devastación aérea o el asedio tecnológico. El fracaso estadounidense en estos cuarenta días no es solo un revés táctico; es un colapso epistemológico. El discurso de seguridad nacional había construido una jaula epistémica alrededor de Irán, reduciendo al sujeto iraní a la categoría de amenaza abstracta o víctima pasiva de la coerción. Esta violencia epistémica funciona como prerrequisito indispensable para la violencia material.

Al despojar a Irán de su humanidad compleja, el imperio justifica moralmente campañas de presión que, en la práctica, operan como mecanismos de asfixia colectiva. Al chocar contra los misiles y la defensa antiaérea iraní, el imperio descubrió que su archivo estaba equivocado. La sociedad que pretendía someter mediante el terror de lo cotidiano ya había aprendido a habitar los márgenes de ese mismo terror, tejiendo formas de vida fugitivas que el poder hegemónico no logra capturar ni destruir. Bajo esta óptica, la afirmación de Qalibaf sobre la necesidad de utilizar las herramientas de la diplomacia para hacer valer los intereses nacionales debe leerse como un rechazo a la trampa binaria que Washington intenta imponer.

Para la narrativa imperial, la diplomacia es un espacio donde el Estado rebelde debe presentar su capitulación. Para Irán, la negociación es un mecanismo táctico para consolidar las ganancias obtenidas mediante la resistencia. La historia reciente demuestra que los momentos de apertura diplomática no han sido concesiones voluntarias del imperio, sino el reconocimiento temporal de que la presión máxima ha fallado. La resistencia obligó a la mesa de negociación; la diplomacia sirve para blindar ese resultado frente a un adversario que acaba de descubrir los bordes de su propia fuerza.

Al contemplar esta dinámica desde la atalaya del 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos, el contraste resulta revelador. Mientras Washington se engalana con los fastos de su propia mitología fundacional, celebrando una libertad que históricamente ha requerido la subyugación de otros pueblos, su política hacia Irán expone los límites de su universalismo. Abordar la relación entre Estados Unidos e Irán desde una mirada crítica implica desmantelar las narrativas de la excepcionalidad americana. Requiere reconocer que la hostilidad de Washington hacia Teherán hunde sus raíces en la negativa de Irán a aceptar los términos del vasallaje geopolítico.

Las palabras de Qalibaf sobre la coordinación de la diplomacia y la defensa son el eco de una nación que ha medido los límites del poder estadounidense y ha decidido no retroceder. Comprender esta realidad exige abandonar la comodidad de los maniqueísmos y asumir la complejidad de un mundo donde la soberanía de los pueblos se defiende en la negativa a desaparecer bajo el peso del archivo imperial, y en la capacidad de habitar los márgenes de un poder que ya ha tocado el techo de su propia fuerza.