EL EFECTO DE DESINDIVIDUALIZACIÓN Y EL “FABRICAMIENTO” DE REALIDAD Existe un tipo de violencia particularmente cruel: la que no tiene cuerpo. Son esas voces que aparecen en una pantalla sin rostro, sin historia y, muchas veces, sin identidad. Un comentario tarda tres segundos en escribirse, pero puede quedarse años viviendo dentro de quien lo recibe. Las redes han logrado algo que la psicología social lleva décadas estudiando: cuando el anonimato aumenta, la empatía disminuye.
Es el llamado efecto de desindividualización. Al sentir que nadie nos observa y que no habrá consecuencias, algunas personas hacen cosas que jamás harían mirando a alguien a los ojos. Pero hay otro fenómeno todavía más inquietante. No todo el odio que vemos es humano.
Una parte importante de las conversaciones en internet puede estar amplificada por cuentas falsas, automatizadas o coordinadas. Los conocemos como bots. Algunos publican automáticamente; otros son administrados por personas que operan decenas o cientos de perfiles. Su objetivo no siempre es convencerte de algo.
Muchas veces basta con hacerte creer que “todo el mundo piensa igual”. Si vemos miles de comentarios idénticos, asumimos que representan una mayoría, aunque esa mayoría jamás haya existido, lo que deriva en que la percepción también se fabrica. Y el cerebro no siempre distingue entre una amenaza física y una amenaza social. Ser rechazado activa circuitos relacionados con el dolor.
Por eso una campaña de humillación sostenida puede producir ansiedad, insomnio, depresión, aislamiento, ataques de pánico e incluso síntomas físicos. CASOS DE MUERTES DE FIGURAS PÚBLICAS POR ACOSO EN INTERNET Lamentablemente, existen casos de figuras públicas, cuya muerte ocurrió tras periodos de intenso acoso en internet. La presentadora británica Caroline Flack fue objeto de ataques en redes antes de su fallecimiento. También el actor surcoreano Lee Sun-kyun enfrentó una intensa condena social en línea antes de morir.
En Japón, la luchadora profesional Hana Kimura sufrió una campaña masiva de acoso digital tras aparecer en un programa de televisión; su caso abrió un debate internacional sobre la responsabilidad de las plataformas y las consecuencias del hostigamiento en línea. En todos estos casos sería incorrecto afirmar que las redes sociales fueron la única causa de sus muertes: el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. Sin embargo, el acoso digital fue señalado como un factor importante que agravó su sufrimiento. Un bot puede escribir mil mensajes, pero detrás de cada pantalla que recibe esos ataques sí hay un corazón auténtico.
Quizá la verdadera revolución digital no consista en tener más seguidores, sino en recuperar algo que nunca debimos perder: la capacidad de recordar que del otro lado hay alguien de carne y hueso. Y antes de creer que “todo el mundo está diciendo lo mismo”, conviene preguntarse: ¿Lo dicen las personas... o lo dicen los algoritmos?