El mercado de segunda mano del iPod no deja de calentarse: en 2025, varias generaciones del reproductor se habrían vendido a un precio medio superior al de 2023, con subidas que rondarían el 60% y unidades que habrían llegado a pedirse por casi 600 dólares. El interés entre coleccionistas y aficionados a la música ha devuelto al primer plano la pregunta de qué debería incluir un hipotético regreso del dispositivo en 2026. La cifra por sí sola explica el fenómeno: un objeto pensado solo para escuchar música, sin distracciones ni suscripciones de por medio, vuelve a tener tirón entre quienes crecieron con la rueda táctil y entre usuarios más jóvenes. Apple no ha dado ninguna señal oficial de que el iPod vaya a volver, y lo que sigue es un ejercicio de lo que le pediríamos si decidiera resucitarlo.
La rueda táctil, otra vez en el centro del diseño Sin la rueda interactiva, cualquier resurrección del iPod se queda coja. No es solo estética: es la razón por la que navegar entre miles de canciones resultaba tan satisfactorio, con ese clic háptico que ningún gesto táctil ha logrado igualar. Quienes usamos el iPod Classic durante años recordamos ese gesto casi automático de recorrer la rueda con el pulgar mientras buscábamos una canción. Si Apple recupera el formato, la rueda táctil tendría que volver a ser la protagonista, no un guiño de nostalgia arrinconado en un menú de accesibilidad.
Un chasis de aluminio o policarbonato mate, parecido al de las generaciones Classic o Nano, ayudaría a que el objeto volviera a sentirse como un dispositivo pensado para tocarse, no solo para mirarse. Almacenamiento físico y formatos sin compresión frente al streaming La gran queja de la era del streaming es la pérdida de control sobre la propia biblioteca musical. Un iPod de 2026 debería ofrecer almacenamiento físico generoso, o al menos recuperar la ranura para tarjetas de memoria, y dar soporte a formatos sin compresión como el WAV o el FLAC, algo habitual entre quienes cuidan su colección musical desde hace años. Nada de depender de una licencia que puede desaparecer de la noche a la mañana si el catálogo cambia o el servicio cierra.
La música que se compra, o la que se ripea desde un CD, debería quedarse con el usuario y sonar tal como la masterizó el artista, sin compresión añadida ni conversión de por medio, algo que el streaming no siempre garantiza. Pantalla sin redes sociales ni notificaciones El gran atractivo de un reproductor dedicado es que hace una sola cosa y la hace bien. Sin hueco para WhatsApp ni para el correo, la pantalla debería limitarse a carátulas en alta resolución, letras de canciones sincronizadas y la propia rueda de navegación en pantalla. El sistema tendría que reducirse a lo mínimo indispensable, con una interfaz fluida centrada en el sonido y sin la tentación constante de mirar la pantalla por cualquier otra cosa.
Un reproductor enfocado en la música prescinde de competir con el teléfono móvil por la atención del usuario, que es precisamente lo que buscan quienes vuelven a este tipo de dispositivos después de años enganchados a las notificaciones y al scroll infinito de las redes sociales. USB-C y audio de alta fidelidad, lo mínimo exigible El alma del aparato puede ser retro, pero la ingeniería de dentro tiene que ser de 2026. El viejo conector de 30 pines o el Lightning ya no tienen cabida: hace falta USB-C para cargar y para pasar archivos rápido desde la app Música, igual que en el resto del catálogo actual de Apple. Para quien prefiera prescindir de cables, el soporte de códecs de alta fidelidad por Bluetooth sería obligatorio.
Un reproductor premium que no compita en calidad inalámbrica con los DAC portátiles que ya dominan el nicho audiófilo se quedaría a mitad de camino entre la nostalgia y la utilidad real, algo que ya notan quienes usan auriculares de gama alta a diario y no están dispuestos a renunciar a la calidad. Autonomía de semanas y un precio que no espante Los iPods originales se ganaron al público porque su batería parecía inagotable frente a los teléfonos de la época, capaces de aguantar varios días de música sin pasar por el cargador. Aprovechar la eficiencia de los chips de la serie A para lograr semanas de reproducción sería el mínimo esperable en un modelo pensado para 2026. Y luego está el precio.
Si la idea es enganchar a quienes hoy pagarían cifras cercanas a los 600 dólares por un iPod de segunda mano, un precio de salida entre 200 y 300 dólares tendría más sentido que convertir el regreso del mito en un capricho reservado a coleccionistas. Apple no ha confirmado nada al respecto, ni hay indicios de que el proyecto esté en marcha más allá del interés que despierta entre coleccionistas y en foros de música. El último iPod que fabricó, el touch, dejó de venderse en mayo de 2022, así que cualquier regreso en 2026 llegaría cuatro años después de que la compañía cerrara esa etapa.