La zona cero, 24 días después del doblete sísmico en Venezuela, entre búsquedas y denuncias

La zona cero, 24 días después del doblete sísmico en Venezuela, entre búsquedas y denuncias

Bloomberg Línea — Las consecuencias del doble terremoto en Venezuela no se perciben en la entrada hacia La Guaira. Durante varios kilómetros no hay nada que haga pensar que, apenas unos minutos después, está una ciudad casi irreconocible. Es a partir de Caribe, una de las principales urbanizaciones en la entidad costera, cuando el paisaje empieza a cambiar. Entre las palmeras y el sol, aparecen edificios agrietados, fachadas apuntaladas y estructuras acordonadas.

Ya en Caraballeda, otra de las parroquias en la zona, la devastación no deja espacio para las dudas. Las referencias que sobrevivieron son pocas. Las suficientes para que los vecinos todavía puedan orientarse. Las demás quedaron sepultadas bajo toneladas de concreto, hierro y polvo.

Otras están a mitad del colapso. Hay edificios abiertos como si alguien les hubiera arrancado una pared de un solo golpe, vehículos aplastados y calles donde los escombros ocupan el lugar que antes tenían comercios, residencias y apartamentos vacacionales. Han pasado 24 días del doble terremoto que sacudió el centro-norte costero de Venezuela, el balance oficial asciende a 4.930 fallecidos, más de 16.000 heridos y miles de desaparecidos y personas desplazadas. Pero las cifras explican poco cuando se camina por la zona cero.

Aquí la tragedia se mide de otra manera: en apartamentos suspendidos en el aire, fotografías familiares cubiertas de polvo, juguetes atrapados entre losas de concreto, vecinos que ya no señalan una dirección, sino un montón de escombros, y ausencia de maquinaria oficial. La búsqueda Las pocas retroexcavadoras avanzan despacio. No porque el trabajo haya perdido intensidad, sino porque cualquier movimiento puede alterar el equilibrio de estructuras que llevan más de veinte días comprometidas, y que ya cuentan con un código de evaluación que apunta hacia su eventual demolición. En algunos edificios, las losas permanecen suspendidas sobre columnas fracturadas.

En otros, las paredes que quedaron en pie sostienen un peso que podría ceder con una vibración o un corte mal calculado. Antes de mover un bloque de concreto, los rescatistas observan, conversan y evalúan el siguiente paso. Aquí la prisa puede provocar otro derrumbe. Por eso una recuperación que en otras circunstancias tomaría horas puede extenderse durante días.

Pedro Salom, rescatista en las Residencias Gran Terraza, resume una de las principales dificultades: “No tenemos la maquinaria suficiente y eso dificulta la extracción de los cuerpos”. La falta de equipos especializados también condiciona las labores de quienes permanecen en los edificios colapsados. Lisbeth, una vecina de las OPP que participa en las búsquedas desde el primer día, enumera parte de lo que todavía necesitan: “Necesitamos oxicortes, tres esmeriles, picos, palas, carretillas”. Sin esas herramientas, explica, cortar el acero que mantiene atrapadas algunas estructuras o retirar bloques de concreto se vuelve más lento y complejo.

Pero conseguir maquinaria pesada también se ha convertido en un desafío. Lisbeth denuncia que algunas personas han intentado sacar provecho de la emergencia cobrando por equipos necesarios para continuar los rescates. “Hay personas que cobran hasta US$1.500 por traer una máquina”, asegura. Aloa González conoce el peso de esa espera. Ella perdió a siete familiares durante el terremoto y, mientras ayuda en las labores de búsqueda del edificio Tahití, continúa acompañando a otras familias que todavía esperan recuperar a sus seres queridos. “Aquí todo se ha hecho con las uñas, con el voluntariado y con los rescatistas que han venido de afuera.

El Estado venezolano no nos ha respondido como víctimas”, afirma. Para ella, la búsqueda no termina cuando una persona deja de estar con vida. Recuperar los cuerpos también forma parte de la emergencia. “No son escombros. Tienen familia, son seres humanos”.

A pocos kilómetros de donde los rescatistas trabajan entre concreto, acero y polvo, enormes vallas muestran fotografías de equipos de emergencia, el agradecimiento a los equipos internacionales de ayuda, imágenes de niños rescatados con vida y mensajes oficiales sobre la respuesta al terremoto. Otras destacan el despliegue de los cuerpos de seguridad y la Guardia Nacional. Vivir entre las ruinas En distintos puntos de La Guaira se observan más de 20 refugios oficiales, coordinados tanto por las autoridades locales como por las organizaciones internacionales, entre ellas Naciones Unidas, la OIM y la Organización Panamericana de la Salud. Muchos llevan la palabra “transitorios”, y bajo esas carpas y techos provisionales, cientos de familias intentan reconstruir una rutina que ya no se parece a la que tenían hace apenas unas semanas.

Hay colchonetas alineadas unas junto a otras, bolsas con las pocas pertenencias que pudieron rescatar y niños que, entre dibujos, juguetes donados y carreras improvisadas, vuelven poco a poco a hacer lo que mejor saben: jugar. La emergencia también se organiza alrededor de la comida. A determinadas horas del día empiezan a llegar camionetas de particulares, organizaciones y pequeños comercios con agua, alimentos y comidas preparadas. Algunos restaurantes instalaron puestos móviles desde donde reparten gratuitamente hamburguesas u otros alimentos calientes.

Cada vehículo que entra a la zona despierta la atención de quienes esperan una nueva entrega de donaciones, en los alrededores de los refugios y los hospitales de campaña. La solidaridad, aunque ha mermado, sigue siendo uno de los motores que mantiene en movimiento a la zona cero. Mientras unos clasifican alimentos, otros descargan cajas o distribuyen productos de higiene. Hay vecinos que, aun habiéndolo perdido todo, ayudan a organizar las entregas para otras familias.

Veinticuatro días después del doble terremoto, La Guaira transita entre dos etapas. Con más de un centenar de edificios colapsados total o parcialmente, según cifras oficiales, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha anunciado el inicio de la fase de recuperación, que incluye la rehabilitación de servicios públicos, el despeje de las zonas afectadas y la planificación de nuevas soluciones habitacionales para los damnificados. Pero, mientras ese proceso comienza a tomar forma, en distintos edificios de Caraballeda los equipos de rescate y los voluntarios siguen concentrados en una tarea que consideran prioritaria: recuperar a quienes permanecen bajo los escombros.