El surrealista viaje de Steve Jobs a la Unión Soviética: espías de la KGB y el origen secreto del Apple Newton

El surrealista viaje de Steve Jobs a la Unión Soviética: espías de la KGB y el origen secreto del Apple Newton

Steve Jobs peleó muchas batallas en Apple, pero solo perdió una que de verdad le sacara de la compañía que había fundado. En 1985 ese pulso con John Sculley lo dejó fuera de cualquier decisión. C on un despacho pero sin equipo al que dirigir . Convertido de la noche a la mañana en un cofundador de adorno.

La respuesta de Jobs fue la que cabía esperar de alguien con su temperamento: hacer las maletas y desaparecer una temporada de un escenario donde ya no pintaba nada. El destino de esa escapada terminó siendo tan inesperado como el propio verano que atravesaba. Entre París e Italia, Steve Jobs acabó aterrizando en Moscú . Sí, en plena Guerra Fría, con Gorbachov recién instalado en el poder y la URSS todavía calibrando cuánta tecnología occidental se podía dejar entrar sin perder el control.

Lo que iba a ser un viaje de representación con tintes casi diplomáticos terminó convertido en una sucesión de episodios que van del espionaje de andar por casa a una discusión sobre Trotsky con la KGB. Y que además dejó, sin que nadie lo planeara, una pieza del que sería el primer gran fracaso comercial de Apple: el Newton. Un verano para desaparecer Steve Jobs se había quedado sin margen de maniobra dentro de la empresa que había cofundado. Apartado de cualquier proyecto , en una situación que Isaacson y otros biógrafos describieron como un aislamiento casi total dentro de las oficinas de Cupertino.

En ese contexto, un viaje largo por Europa funcionaba como vía de escape y también como una manera de mantenerse ocupado mientras se decidía qué hacer con su futuro dentro o fuera de Apple. El itinerario incluyó París e Italia antes de llegar a Moscú. La Unión Soviética representaba entonces un mercado prácticamente virge n para la tecnología de consumo occidental. Con el Apple II recién llegado la idea de que sus ciudadanos tuvieran acceso libre a ordenadores personales era muy atractiva para Jobs.

Steve Jobs y John Sculley París, un futuro presidente y la idea de la revolución por hardware Antes de pisar suelo soviético, Jobs pasó por París y se reunió con George H. W. Bush. Entonces vicepresidente de Estados Unidos y futuro inquilino de la Casa Blanca.

La conversación giró en torno a una idea algo rocambolesca. D istribuir ordenadores Mac entre la población soviética podía funcionar para conseguir un cambio político . Una especie de revolución que empezaba por el hardware y terminaba, con suerte, calando en la sociedad. La lógica detrás de esa idea encajaba con el momento.

Occidente llevaba años apostando por la información y el acceso a la tecnología como herramientas de presión sobre el bloque soviético. Steve Jobs, con su instinto habitual para verse a sí mismo como protagonista de causas mayores, e ncontró en esa tesis una justificación perfecta para su viaje . Lo que nadie podía anticipar era hasta qué punto Moscú iba a convertir esa visita en material de leyenda. Moscú, un abogado sospechoso y un reparador de televisores Ya en la capital soviética, Steve Jobs impartió clases a estudiantes de informática.

Acudió a una celebración del cuatro de julio en la embajada estadounidense y llegó a hablar de la posibilidad de abrir una fábrica de Mac en territorio ruso . Una idea que nunca pasó del papel. Pero el propio Jobs alimentó parte del misterio que rodeó el viaje al confesar que tenía la sensación de que el abogado que le había ayudado a organizar la visita trabajaba para la CIA o para la KGB . El expediente que el FBI mantenía sobre Jobs recoge una reunión con un profesor de la Academia Rusa de Ciencias para hablar de la posible comercialización de productos de Apple Computer.

Un detalle que confirma que la parte soviética tomó la visita con más seriedad de la que Jobs esperaba. El episodio más llamativo llegó en la habitación del hotel: según relató Alan Deutschman en su biografía de 2000, un reparador de televisores se presentó sin haber sido llamado . Lo que bastó para que Jobs se convenciera de que aquel hombre era en realidad algún tipo de agente encubierto. En Applesfera El primer logo de Apple era una obra de arte victoriana.

Steve Jobs lo odiaba tanto que duró solo seis meses La lección de historia que no le pidieron a la KGB El momento de mayor tensión llegó con Trotsky. Walter Isaacson recoge en su biografía de 2011 que Steve Jobs insistió en sacar el tema del líder bolchevique exiliado y asesinado por orden de Stalin. Algo que un agente de la KGB intentó frenar de antemano con una advertencia: los historiadores soviéticos ya no consideraban a Trotsky una figura relevante, así que mejor evitar el asunto. Steve Jobs (Best Seller) Hoy en Amazon — 14,20 € El Corte Inglés — 14,20 € Fnac — 14,20 € El precio podría variar.

Obtenemos comisión por estos enlaces Jobs, fiel a su costumbre de ignorar consejos que no le convencían, llegó a la Universidad Estatal de Moscú y abrió su charla ante estudiantes de informática elogiando precisamente a Trotsky . Una transcripción parcial de aquel discurso que se conserva no recoge esa mención, lo que deja el episodio en el terreno de la anécdota bien documentada por sus biógrafos más que en el de la cita textual verificable. Pero el hecho de que la historia sobreviviera en varias fuentes distintas da una idea de lo memorable que resultó para quienes estuvieron presentes. El disquete de madrugada que acabó en el Newton El viaje no tuvo consecuencias diplomáticas ni comerciales.

Ninguna fábrica de Apple llegó a construirse en Rusia. Pero antes de volver, el viaje dejó un último episodio que terminaría teniendo un peso en la historia de la Apple. Al Eisenstat, entonces vicepresidente de Apple, se alojaba en el mismo hotel moscovita que Jobs. Una noche lo despertaron unos golpes en la puerta : al abrir, se encontró con un programador visiblemente nervioso que le puso un disquete en la mano sin mediar apenas palabra.

Ya de vuelta en Estados Unidos, Eisenstat descubrió que a quel disco contenía un software de reconocimiento de escritura a mano de una precisión impresionante para la época. Según relatan varios miembros del equipo que después trabajó en el Apple Newton , ese código terminó convirtiéndose en la base sobre la que se construyó el reconocimiento de escritura del MessagePad, uno de los elementos que definieron, para bien y para mal, la memoria de aquel producto. Apple Newton El viaje a Moscú no cambió el rumbo de Apple ni sirvió para lo que en teoría se había planeado, pero dejó esa pieza suelta que terminó encajando, años después, en un dispositivo que ni Jobs ni nadie en aquella habitación de hotel podían imaginar todavía. Y no hablamos del Apple Newton .

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