La mayoría de los estudios indies luchan por hacerse un hueco. En Irán lo hacen por ganar un céntimo

La mayoría de los estudios indies luchan por hacerse un hueco. En Irán lo hacen por ganar un céntimo

Crear un videojuego suele implicar años de trabajo, falta de dinero y unas cuantas noches preguntándote por qué decidiste dedicarte a esto. Para muchos desarrolladores iraníes, además, el proceso empieza con una dificultad mucho más básica: conseguir las herramientas necesarias. Durante años, las sanciones internacionales han limitado su acceso a programas, servicios y sistemas de pago, un aspecto que no enfrentan los estudios occidentales. Allí, hasta instalar un motor de desarrollo o abrir una cuenta para vender el juego puede convertirse en una pequeña aventura.

Polygon recorrió la industria iraní en 2016 y encontró una comunidad que crecía pese a trabajar con una mano atada a la espalda. Las sanciones impedían adquirir legalmente las versiones de pago de motores como Unity o Unreal, dos herramientas fundamentales para desarrollar videojuegos. Algunos equipos se veían obligados a utilizar versiones gratuitas, buscar alternativas menos conocidas o depender de contactos en el extranjero. Aun así, surgieron estudios, eventos y proyectos que aspiraban a competir en un mercado internacional que apenas estaba preparado para recibirlos.

Desarrollar el juego era solo el primer nivel Cuatro años después, un reportaje de The Washington Post mostró que muchos de aquellos problemas seguían presentes. Los desarrolladores iraníes tenían bloqueado el acceso a herramientas de Google y GitHub, y también a los equipos oficiales necesarios para crear y probar juegos en consolas. Un estudio podía completar buena parte de su proyecto sin tener la posibilidad de comprobar cómo funcionaba en una Nintendo Switch o una Xbox. Sin embargo, el problema tampoco terminaba al cerrar el programa: promocionarlo, venderlo y cobrar por él añadía nuevas barreras.

Plataformas como PayPal, YouTube, Steam o la App Store forman parte del día a día de cualquier estudio independiente, pero no siempre están disponibles para quienes trabajan desde Irán. Para sacar adelante sus juegos, algunos desarrolladores han recurrido a empresas intermediarias, cuentas registradas fuera del país o compañeros que viven en otros lugares. Incluso han llegado a ocultar su nacionalidad durante negociaciones, ya que temen que una editora extranjera abandone el acuerdo para evitar posibles problemas legales relacionados con las sanciones. Uno de los ejemplos más conocidos es Dead Mage, el estudio iraní responsable de Children of Morta.

El juego consiguió llamar la atención internacional con su historia familiar, sus combates y su apartado visual tan cuidado, y lo hizo a pesar de que una buena parte de su desarrollo estuviera marcado por limitaciones. Su éxito ayuda a entender la distancia entre el juego que llega a nuestras pantallas y todo lo que tuvo que ocurrir detrás para que pudiéramos comprarlo con normalidad. La industria iraní del videojuego ha crecido aprendiendo a sortear puertas cerradas. Sus estudios comparten los problemas habituales de cualquier desarrolladora pequeña, pero también deben averiguar cómo acceder a programas bloqueados, encontrar vías para publicar y convencer a socios que temen infringir unas normas difíciles de interpretar.

Mientras el jugador solo ve el botón de descargar, al otro lado hay equipos que han tenido que superar un boss final incluso antes de empezar a vender su juego. En 3DJuegos | Hace 50 años, Isaac Asimov predijo la vida en 2026. Hoy vemos que tenía razón en muchas cosas