Hay una práctica muy extendida entre quienes salen de excursión por el monte que puede tener el efecto contrario al deseado. Tirar restos de comida orgánica en pleno campo, bosque o montaña parece buena idea, pero no solo no estaremos beneficiando a la naturaleza, sino que podría ser muy perjudicial. Aunque no veamos la piel de un plátano como basura, y pensemos que no contamina como el plástico, tampoco son restos inocuos. La idea de que los restos orgánicos se descomponen rápido en un medio natural, o de que incluso son beneficiosos para el suelo, no es descabellada, pero parte de una premisa errónea.
Si los podemos usar para hacer compost casero, ¿por qué no alimentar el monte directamente a nuestro paso? El problema es que no tenemos en cuenta que cada ecosistema funciona por sí mismo y cualquier elemento extraño lo puede alterar. Lo explican muy bien las expertas de Nexonatura, dos apasionadas del mundo natural y rural, dedicadas desde hace unos años a guiar y divulgar en redes sobre el medio ambiente, senderismo, montañismo y actividades afines, siempre desde una perspectiva científica y de protección de la naturaleza. Nat, la cara visible del proyecto, alertaba recientemente de esta práctica muy común incluso entre personas habituadas a moverse en el campo o en la montaña.
La típica piel del plátano, de una mandarina, el corazón de una manzana, las cáscaras de los pistachos o de unas pipas... sí, son restos orgánicos, pero ni se degradan con tanta facilidad como creemos, ni son inocuos. Para empezar, introducir un elemento ajeno a un ecosistema concreto ya pone las cosas difíciles para la comunidad de hongos y bacterias que se encargan de descomponerlo, como puede ocurrir con un plátano tropical en un encinar mediterráneo. Si encima es una zona fría donde abunda la nieve durante parte del año, esa descomposición se ralentiza muchísimo más. “De ahí que el término 'biodegradable' haya que cogerlo con pinzas”, apunta Nat. Y cuando ya se ha descompuesto, ese resto de comida puede alterar las condiciones edáficas del suelo o el tipo de vegetación, especialmente en ecosistemas pobres en nutrientes, como un brezal.
Esos cambios pueden provocar que crezcan más especies vegetales nitrófilas, consideradas malas hierbas y que perjudican a la flora propia del ecosistema. Además, los restos de comida tienen un impacto mucho más directo y evidente en la fauna, pues atraen a los animales salvajes a las zonas más frecuentadas por visitantes, alterando su comportamiento y generando situaciones de riesgo con los humanos. Los cambios en su dieta también son perjudiciales, incluso podrían ingerir alimentos venenosos para ellos. La conclusión es clara: “No dejes basura, no dejes comida y no dejes rastro”, resume Nat al final del vídeo. “Porque una piel de plátano parece insignificante, pero miles de ellas pueden cambiar un ecosistema”.
Y es que no somos precisamente los únicos que salimos al monte o al campo, las rutas en la naturaleza también se están viendo perjudicadas por las masificaciones turísticas. Lo que debemos tener claro al salir a la naturaleza es dejar la mínima huella posible de nuestro paso; por tanto, no tirar ni dejar en el medio absolutamente nada. Imágenes | @nexonatura En DAP | Así se hace el compost casero que convertirá tu huerto en un vergel