Cuando alguien llega al proyecto de final de carrera de una ingeniería, lo habitual es ponerse a construir generadores, vehículos con combustibles alternativos, drones y demás tecnología puntera. Sin embargo, un estudiante de la Bob Jones University de Greenville, en Estados Unidos, se plantó ante ese desafío con otra idea en mente: una prótesis multifuncional para su hermana de 7 años. Su intención no era otra que facilitarle el día a día a su hermana, cuyo brazo izquierdo sólo llega hasta el codo en una deformación con la que había aprendido a vivir desde el nacimiento, de la mano de una prótesis con accesorios intercambiables que pudiese ir variando a placer. Lo que no esperaba eran las 100 horas de trabajo que tenía por delante. "Pensé que sería una idea muy sencilla: un brazo protésico con diferentes accesorios" Diseñar, modelar, ajustar en base a comprobaciones, solucionar los problemas que suponía el acolchado y el roce de los materiales… Cuatro meses de trabajo y un verano invertido en darle forma que, por suerte, se transformó en un sacrificio que tenía premio doble.
Por un lado, la nota máxima de la universidad. Por el otro, la alegría de su hermana de 7 años y el ver que, día tras día, acudía a la prótesis para realizar tareas que antes le resultaban mucho más difíciles. Su prótesis tenía una linterna, un portapinceles, un sistema para poder sujetar las cartas mientras juegas, toda una serie de aplicaciones aparentemente universales que, sin embargo, no tenían una respuesta comercial acorde. De hecho, fue precisamente eso lo que motivó su construcción, el ver que no había nada en las tiendas que se asemejara mínimamente a una prótesis multiherramienta.
El proyecto cobra aún más sentido al conocerse que, para las prótesis electrónicas, los precios se mueven entre los 25.000 y los 75.000 dólares en Estados Unidos, algo que sencillamente no todas las familias pueden llegar a permitirse. Si hablamos de prótesis de niños, con el consiguiente coste acumulado que supone estar cambiándola cada vez que crecen, el problema es aún mayor. Puestos a poner todos los puntos sobre las íes, toca apuntar también que este tipo de proyectos pueden sonar muy bien sobre el papel, pero están lejos de solucionar las necesidades de estas personas. A menudo las impresiones 3D son demasiado frágiles, o tienen poca fuerza, o incluso son lo bastante molestas como para que los críos las abandonen, así que está lejos de ser una solución universal.