Por: Parvez Ahmedi La comparecencia del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, ante el Comité de Asignaciones Presupuestarias del Senado, en medio de una nueva oleada de ataques contra la República Islámica de Irán, se convirtió en un auténtico espectáculo político, mientras los senadores sometían al principal impulsor de la guerra a un intenso interrogatorio y cuestionaban la justificación de la campaña militar. Fue uno de esos momentos en los que se resquebrajó por completo la fachada que rodea la desastrosa y fallida guerra de Estados Unidos contra Irán. Detrás de la retórica triunfalista de la administración Trump se esconde una realidad muy distinta: una guerra extraordinariamente costosa, sin objetivos claramente definidos, sin una estrategia creíble para alcanzar el éxito, con un número de bajas cada vez mayor, una creciente inestabilidad regional y dirigentes que se niegan a asumir cualquier responsabilidad. Hegseth acudió al Capitolio para solicitar cerca de 70 000 millones de dólares adicionales destinados a financiar la guerra —calificada por el autor como ilegal y no provocada— contra Irán.
Según sus propias cifras, el conflicto ya ha costado 37 500 millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses, sin haber alcanzado ninguno de los objetivos fijados por la administración. Sin embargo, el coste real es considerablemente mayor. De acuerdo con informaciones de NBC y otros medios estadounidenses, la cifra supera ya los 100 000 millones de dólares si se incluyen los gastos derivados de la sustitución de aeronaves destruidas, la reparación de bases militares dañadas y la reposición de arsenales agotados. Estas cifras, no obstante, no contemplan los enormes costes futuros de reconstruir las instalaciones estadounidenses en Asia Occidental destruidas durante las operaciones de represalia iraníes, ni incluyen la atención a los veteranos, los intereses de la deuda contraída para financiar la guerra o las consecuencias económicas de largo plazo del conflicto contra Irán.
La historia demuestra que el coste real de las guerras estadounidenses en el extranjero suele multiplicarse mucho después de que cesen los combates. Si esta guerra —descrita por el autor como ilegal y no provocada— continúa indefinidamente, los contribuyentes estadounidenses terminarán financiando cientos de miles de millones de dólares adicionales sin recibir jamás una explicación convincente de qué significa realmente la victoria. Esa es precisamente la cuestión central que la administración Trump ha sido incapaz de responder de manera consistente y que Hegseth trató de eludir durante la audiencia. Trump ha afirmado repetidamente que Estados Unidos ya ha “ganado” la guerra contra la República Islámica y que las capacidades militares iraníes han quedado debilitadas.
Hegseth, por su parte, ha sostenido en reiteradas ocasiones que las fuerzas armadas iraníes han sido “destruidas” y “aniquiladas”. Pero si la victoria ya ha sido alcanzada, ¿por qué la maquinaria militar estadounidense solicita decenas de miles de millones de dólares adicionales al Congreso? ¿Por qué las fuerzas estadounidenses siguen participando en operaciones de combate? ¿Por qué continúan muriendo militares estadounidenses en ataques de represalia iraníes en toda la región? ¿Por qué el estrecho de Ormuz sigue siendo un foco de tensión? ¿Y por qué los responsables de la administración Trump, incluido Hegseth, se niegan a explicar cuándo terminará esta guerra que el autor considera inútil? Las contradicciones resultan imposibles de ignorar. El senador Jon Ossoff puso de manifiesto esa incoherencia al leer a Hegseth sus propias declaraciones anteriores y preguntarle sencillamente si seguía respaldándolas.
En lugar de responder directamente, el secretario dedicó varios minutos a esquivar la pregunta. Si la administración realmente creyera que sus afirmaciones anteriores eran correctas, no tendría dificultad alguna en reafirmarlas. En cambio, los estadounidenses presenciaron una nueva muestra de evasivas por parte de funcionarios que piden a los contribuyentes financiar una guerra de agresión cada vez más costosa. La audiencia también puso de relieve un problema aún más preocupante que la ausencia de estrategia: la negativa de los responsables de la administración Trump a asumir responsabilidades por su política intervencionista.
Secretario de Guerra de EEUU reconoce el poder militar de Irán | HISPANTV El secretario de Guerra de EE.UU., Pete Hegseth, reconoció ante el Senado la capacidad militar de Irán y enfrentó protestas por los ataques contra ese país. Una y otra vez, senadores de ambos partidos formularon preguntas directas sobre los objetivos militares de la administración. El senador republicano John Kennedy pidió respuestas claras acerca de las consecuencias de una eventual retirada estadounidense del conflicto. En lugar de ofrecer una evaluación concreta, Hegseth desestimó esas cuestiones calificándolas de escenarios hipotéticos.
Los dirigentes militares deben evaluar contingencias, ponderar riesgos y explicar los posibles resultados. Negarse a responder preguntas estratégicas fundamentales no demuestra prudencia operativa; más bien sugiere que la administración no ha planificado adecuadamente esos escenarios o que no desea que la opinión pública conozca las respuestas. La frustración bipartidista reflejada durante la audiencia evidenció el creciente escepticismo existente fuera del Gobierno respecto a una guerra contra Irán que, según el autor, no ha alcanzado ninguno de sus objetivos. Los senadores demócratas cuestionaron por qué los estadounidenses que afrontan dificultades para costear la vivienda, los alimentos, la atención sanitaria y la educación deben seguir financiando una guerra de agresión cada vez más cara, sin horizonte visible ni rumbo definido.
Los republicanos, por su parte, exigieron una mayor transparencia sobre la estrategia de la administración. Ante estas preocupaciones, Hegseth abandonó en gran medida los argumentos de fondo para recurrir a ataques políticos, responsabilizando a los propios senadores del desastre que, según el autor, él mismo contribuyó a provocar. En lugar de explicar por qué eran necesarios otros 70 000 millones de dólares, acusó a sus críticos de no apoyar a las tropas. En vez de exponer una hoja de ruta para la guerra, afirmó que el senador Gary Peters padecía el llamado “síndrome de trastorno por Trump” ( Trump Derangement Syndrome ).
Y en lugar de reconocer la legitimidad de la supervisión del Congreso, presentó el escrutinio parlamentario como un acto de sabotaje partidista. Ese tipo de respuestas puede satisfacer a los seguidores políticos más fieles, pero no ofrece ninguna tranquilidad a los contribuyentes cuyos impuestos financian una guerra que ha sido duramente criticada incluso dentro de Estados Unidos por causar la muerte de civiles inocentes, incluidos escolares en la ciudad meridional iraní de Minab. Lamentablemente, sostiene el autor, precisamente la rendición de cuentas es lo que brilla por su ausencia. En lugar de reconocer errores o revisar sus premisas, la administración Trump continúa solicitando más fondos mientras insiste en que el éxito está siempre al alcance de la siguiente asignación presupuestaria.
Los estadounidenses ya han escuchado ese argumento muchas veces. Desde Vietnam hasta Irak y Afganistán, sucesivas administraciones prometieron reiteradamente que más tropas, más bombas, más dinero o más tiempo conducirían finalmente a la victoria. En cambio, el país acumuló enormes deudas, sufrió dolorosas pérdidas humanas y terminó enfrentándose a la incómoda realidad de que el poder militar no puede compensar una estrategia política equivocada. Los desastres de Afganistán e Irak son ampliamente conocidos.
Esas guerras innecesarias provocaron decenas de miles de víctimas civiles sin aportar beneficios al complejo militar-industrial estadounidense. Estas realidades, afirma el autor, deberían preocupar a todos los contribuyentes. Hoy, la administración busca lo que numerosos senadores describieron acertadamente como un “cheque en blanco”. Sostiene que la financiación actual es insuficiente pese a disponer ya de uno de los mayores presupuestos militares de la historia de Estados Unidos.
Argumenta que son imprescindibles nuevas partidas presupuestarias mientras se niega a definir criterios medibles para evaluar el éxito o las condiciones que pondrían fin a la guerra. Cada mil millones de dólares adicionales destinados a sostener una guerra indefinida y estéril representan recursos que dejan de invertirse en prioridades nacionales. Los estadounidenses que afrontan el encarecimiento de la vivienda, la sanidad, el deterioro de las infraestructuras y la falta de financiación de las escuelas tienen derecho a preguntarse si una escalada militar permanente responde realmente a sus intereses. Esas preocupaciones se expresaron con fuerza durante la audiencia, donde varios legisladores señalaron que millones de estadounidenses no pueden costear necesidades básicas mientras la administración solicita todavía más recursos para bombas y misiles.
La opinión pública refleja cada vez más esa frustración, con amplias mayorías que cuestionan la continuidad del conflicto. Estados Unidos no puede permitirse otra guerra definida por objetivos cambiantes, presupuestos en constante expansión y dirigentes incapaces de reconocer sus errores. Más importante aún, concluye el autor, Trump y Hegseth deben asumir la responsabilidad inherente al enorme poder que les ha sido confiado. Solicitar decenas de miles de millones de dólares adicionales mientras se descalifica la supervisión institucional y se ataca a los críticos en lugar de responder a sus preguntas revela la verdadera situación.
El pueblo estadounidense merece conocer con honestidad los costes, los riesgos y las perspectivas de una guerra que, según el autor, fue iniciada sobre premisas falsas. Merece dirigentes que respondan a las preguntas difíciles en lugar de insultar a quienes las plantean. Y merece un Gobierno que considere la intervención militar como el último recurso, y no como un compromiso financiero sin límite temporal. La audiencia de este miércoles, durante la cual Hegseth fue sometido a un duro interrogatorio por los senadores, refuerza la idea de que, al igual que todas las guerras libradas por Estados Unidos en la historia reciente, la actual guerra contra Irán terminará finalmente en una derrota estadounidense.
Esta vez, concluye el autor, esa derrota sería aún mayor y tendría consecuencias de gran alcance para el imperio estadounidense, que considera ya al borde del abismo. Texto recogido de un artículo publicado en Press TV