A finales del siglo XV, Bartolomé Colón, hermano del almirante Cristóbal Colón, estableció el primer asentamiento que con el tiempo daría origen a Santo Domingo. Aquel poblado inicial, conocido como Nueva Isabela, parecía destinado a convertirse en el centro de la expansión española en el Nuevo Mundo. Sin embargo, la naturaleza quiso escribir uno de los primeros capítulos de su historia. En 1502 un poderoso huracán arrasó gran parte del asentamiento.
Para muchos habría significado el final, pero fue apenas el comienzo. El gobernador Nicolás de Ovando decidió reconstruir la ciudad en la margen occidental del Ozama, con calles rectas, plazas y edificaciones de piedra que todavía hoy conservan la huella de aquel proyecto urbano. Desde entonces comenzó a forjarse la que sería reconocida como la primera ciudad europea permanente de América y el principal centro político, administrativo, religioso y cultural del continente durante los primeros años de la colonización. Cinco siglos después, esas mismas calles vuelven a convertirse en escenario de otro momento histórico.
La capital dominicana recibe los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, una edición especial que coincide con el centenario de la cita multideportiva regional, nacida en Ciudad de México en 1926 con el propósito de fortalecer los vínculos entre los pueblos mediante la competencia deportiva. No deja de ser una coincidencia cargada de simbolismo. Más de cinco siglos de historia reciben los 100 años de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Dos sucesos separados por cuatro siglos terminan encontrándose en el mismo punto del mapa.
Mientras atletas de casi 40 países recorren la Ciudad Colonial, pocos imaginan que esos adoquines han resistido huracanes, guerras, ocupaciones y transformaciones urbanas. Las piedras del Alcázar de Colón, la Catedral Primada de América, la Fortaleza Ozama y el antiguo convento donde surgió la primera universidad del continente han observado durante siglos el paso de conquistadores, religiosos, comerciantes, viajeros y jefes de Estado. Ahora contemplan a jóvenes que llegan con uniformes deportivos, acreditaciones al cuello y el sueño de conquistar una medalla. El contraste resulta inevitable.
Hace más de 500 años, las embarcaciones que remontaban el Ozama transportaban colonizadores, soldados y mercancías. Hoy llegan delegaciones deportivas procedentes de toda la región. Si entonces la ciudad fue puerta de entrada a un nuevo mundo marcado por la expansión imperial, ahora vuelve a abrirse como espacio de encuentro entre naciones soberanas que comparten una historia tejida por raíces indígenas, africanas y europeas. Santo Domingo ha cambiado de rostro muchas veces sin perder su esencia.
Sobrevivió a los embates de la naturaleza, fue reconstruida piedra sobre piedra, creció más allá de sus murallas y terminó abrazando la modernidad sin desprenderse del legado que la convirtió en Patrimonio Mundial de la Unesco. Esa capacidad para reinventarse también explica por qué hoy puede recibir una celebración deportiva de escala continental sin renunciar a su memoria. Los Juegos Centroamericanos y del Caribe cumplen 100 años. Santo Domingo supera ya el medio milenio.
Una cifra parece pequeña frente a la otra, pero ambas hablan de permanencia. Una recuerda el nacimiento de una ciudad; la otra, la consolidación de un ideal de integración regional que encontró en el deporte un camino para acercar a los pueblos. Cuando se encienda el pebetero y comiencen las competencias, el protagonismo será de los atletas. Pero, silenciosa y paciente, la ciudad también contará su propia historia. mem/mpv