«El Caballo» y la remontada de los elegidos

«El Caballo» y la remontada de los elegidos

En el Estadio Pedro Marrero, en La Habana, durante los XIV Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1982, aquel 12 de agosto la pista ardía como si el verano hubiera bajado a correr con los hombres. Allí, Juantorena tomó el último bastón del relevo 4×400 con Cuba detrás de Jamaica, como quien acepta un desafío que solo los elegidos se atreven a enfrentar. El ruido de la tribuna se pegaba a la piel, espeso y febril, mientras las banderas agitadas parecían empujar el aire hacia delante, como si toda la isla respirara al ritmo de una carrera que ya no era solo una prueba, sino una deuda con la historia. Cuando recibió el testigo, el bicampeón olímpico veía al jamaicano varios metros delante, dueño de una ventaja que parecía inalcanzable.

Pero no miró aquella distancia como un límite, sino como una provocación. Empezó a devorarla desde el primer apoyo, con esa zancada larga y elegante, el torso firme y la voluntad de quien no acepta la derrota ni siquiera como posibilidad. Primero la ventaja rival pareció intacta; después comenzó a encogerse en la curva. Más tarde, casi sin aviso, la persecución se convirtió en asalto.

Juantorena, «El Caballo», fue ganando espacio con una economía feroz, sin desperdiciar un gesto, sin regalar un centímetro, como si cada paso arrancara un pedazo del destino ajeno. Desde entonces la carrera dejó de pertenecer al cronómetro y pasó a manos del instinto, ese territorio donde sobreviven los grandes cuando el cuerpo arde y la tribuna ruge, cuando el cansancio ya no avisa, sino que muerde, y aun así el corredor sigue, sigue, sigue. La recta final lo encontró lanzado, con el aire roto detrás de él y la certeza de haber convertido la desventaja en una victoria sobre el miedo. Cruzó primero y dejó a Cuba por delante en un cierre que olía a epopeya y resistencia, mientras el Pedro Marrero estallaba como si todo el país hubiera llegado con él a la meta.

Ganó como ganan los mitos cuando se les concede un cuerpo: con el dolor escrito en el rostro, con voluntad de acero y con esa brutalidad luminosa capaz de convertir una curva en patria y una posta en memoria. Al final, La Habana no vio llegar a un corredor; vio regresar una leyenda que aún hoy sigue siendo la medida de las grandes hazañas, cuando el ruido se apaga y solo permanece la verdad desnuda del corazón. mem/blc