Universal Pictures Leer en la aplicación Una preocupante tendencia se ha apoderado de la industria audiovisual en los últimos años. Críticos, cineastas y espectadores han comenzado a notar que muchas superproducciones carecen de la textura, la profundidad y el volumen que caracterizaban a las películas de antaño. E ste fenómeno, apodado por algunos como el "efecto Netflix", está reescribiendo la estética cinematográfica , sustituyendo la magia de la iluminación intencionada por una perfección digital que, paradójicamente, resulta mucho menos creíble. El núcleo de este problema estético radica en una distinción técnica fundamental que parece haberse olvidado en los grandes estudios: hay una enorme diferencia entre iluminar un plano y simplemente alumbrarlo .
En la actualidad, las pantallas se inundan de películas y series que están iluminadas con la monotonía visual de una oficina o un plató de televisión. Un claro ejemplo de esta pérdida de volumen se percibe al comparar El diablo viste de Prada de la década de los 2000, que gozaba de colores intensos y contraste, con su reciente secuela , cuya iluminación plana, neutra y brillante genera un profundo rechazo al parecer un reality televisivo. En el extremo opuesto, la falta de destreza para alumbrar adecuadamente nos dejó episodios televisivos infames, como el famoso capítulo de 'La larga Noche' en Juego de Tronos , donde la oscuridad total impedía al espectador distinguir prácticamente nada. La llegada masiva de la tecnología digital ha provocado que la imperfección artesanal se erradique en favor de una imagen teóricamente perfecta, pero vacía y artificial.
Ejemplos como El Hobbit y Jurassic World demuestran este salto hacia lo excesivamente digital; a pesar de contar con mucha más tecnología que sus predecesoras ( El Señor de los Anillos o Jurassic Park ), sus texturas, criaturas y escenarios se sienten falsos y destruyen la inmersión . Durante el rodaje de El Hobbit , actores de la talla de Ian McKellen sufrieron trabajando en solitario y rodeados de pantallas verdes (cromas), una técnica de la que se abusa hoy en día bajo la peligrosa premisa industrial de "no te preocupes, que eso lo arreglamos en postproducción". Al grabar con actores frente a fondos cuyo contenido final no se tiene ni idea durante el rodaje, los equipos optan por iluminaciones planas, delatando el efecto de croma y restando credibilidad a sagas enteras, como ocurre al comparar el moderno Spider-Man: Brand New Day con la textura del Spider-Man de Sam Raimi. Curiosamente, la culpa no es del CGI en sí mismo, ya que hace décadas logramos efectos asombrosos y realistas con menos recursos informáticos, como el inolvidable Davy Jones de Piratas del Caribe o el mismísimo Gollum.
El problema no es por falta de talento Lo más alarmante es que esta crisis visual no se debe a una repentina falta de talento de los artistas. La prueba de fuego reside en Gladiator y su secuela, Gladiator 2 . Ambas cintas comparten al mismo director, Ridley Scott , y al mismo director de fotografía, John Mathieson . Sin embargo, mientras la primera desborda textura, sombras con volumen y un polvo de arena que se siente orgánico, la secuela sucumbe a un entorno digital excesivamente limpio.
Las herramientas modernas y la tendencia imperante hacia la limpieza visual han diluido la intención artística. A esta crisis cromática se suma la tragedia de la óptica. Actualmente, se abusa de los desenfoques extremos bajo la falsa creencia de que aislar al sujeto y borrar el fondo otorga un aire "cinemático". Esto destruye la inmersión espacial e ignora el legado de maestros como Orson Welles , quien en Ciudadano Kane dominaba el Deep Focus para mantener los espacios nítidos y permitir al espectador explorar todo el entorno.
Esta obsesión moderna por el desenfoque fue una de las principales críticas a recientes proyectos como La Odisea , donde los propios técnicos sufrían para mantener enfocados a los actores. La historia del cine siempre fue una de experimentación, pasando por el Kinemacolor (1908), el Autocromo y llegando al glorioso Technicolor (1932), el estándar de Hollywood que ofrecía tonos vivos y naturales a pesar de sus astronómicos costes. Aunque alternativas de una sola tira de película como Kodak o Fuji abarataron el proceso, la verdadera mutación ocurrió con el paso del analógico al digital. El celuloide capturaba la luz por reacción química, creando un ruido natural nostálgico.
Hoy, las bombillas químicas han sido reemplazadas por iluminación LED y las cámaras graban con perfiles de color logarítmicos casi grises para darle una flexibilidad infinita al colorista en postproducción. Desafortunadamente, este abanico de infinitas decisiones creativas ha hecho que los directores se confíen y abandonen la planificación previa minuciosa; mientras leyendas como Werner Herzog graban lo justo y necesario, otros registran interminables horas de metraje "por si acaso". Los seres humanos necesitamos imperfección natural para empatizar; los mundos ficticios como Star Wars funcionan porque se sienten orgánicos y hechos por humanos. Cuando se suman las prisas de los estudios, los guiones mediocres, el exceso de pantallas verdes y la necesidad comercial de que las producciones se puedan visualizar en teléfonos móviles, el resultado es el plano y artificial "efecto Netflix".