Acuerdo nuclear entre EEUU y Arabia Saudí: El tiempo Trumpiano

Acuerdo nuclear entre EEUU y Arabia Saudí: El tiempo Trumpiano

Por Xavier Villar Según el Departamento de Energía, este instrumento sentaría las bases de una asociación a tres décadas entre Washington y el reino del Golfo Pérsico, otorgando a las corporaciones estadounidences una posición privilegiada para edificar el sector atómico de Riad. El marco legal facilita la transferencia de materiales, tecnología y equipos de uso civil, garantizando un trato preferente a los contratistas norteamericanos cuando el reino inicie la construcción de su infraestructura. A cambio, el pacto de salvaguardias impondría medidas adicionales de verificación sobre los vectores más sensibles de la proliferación: el enriquecimiento, la conversión, la fabricación de combustible y el reprocesamiento. Justo en ese instante se produjo una inversión del tiempo mesiánico que Walter Benjamin concebía como interrupción revolucionaria de la historia lineal.

Irrumpió de nuevo el tiempo trumpiano: esa monotonía catastrófica que clausura la posibilidad misma del pensamiento radical y la creatividad política. Al día siguiente, el 23 de julio, Donald Trump subordinó la viabilidad del acuerdo a la adhesión saudí a los Acuerdos de Abraham, es decir, al establecimiento de relaciones diplomáticas plenas con Israel. La Casa Blanca ratificó el anatema de manera categórica: el pacto quedaría cancelado si los saudíes no se incorporaban a dicho proceso de normalización. Fuentes estadounidenses familiarizadas con el asunto confirman que el presidente ya mostraba su malestar por el anuncio.

La frustración de Trump aumentó posteriormente tras una oleada de críticas procedentes de expertos y medios conservadores. Entre estas reacciones destacaron las coberturas escépticas de Fox News y la página editorial del *Wall Street Journal*, cuestionando abiertamente la consecución de un pacto nuclear sin un acuerdo previo de normalización diplomática. La presión para integrar a Arabia Saudí en la órbita de los Acuerdos de Abraham trasciende la idiosincrasia republicana; es el proyecto inacabado de la administración de Joe Biden. En septiembre de 2023, Riad y Tel Aviv estuvieron a punto de establecer relaciones diplomáticas formales.

Ese mismo mes, Estados Unidos anunció el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa, una iniciativa geoeconómica destinada a conectar la costa occidental de la India con el sur de Europa a través de Asia Occidental. Se esperaba que Arabia Saudí e Israel desempeñaran un papel central y articulador en este corredor logístico. Todo cambió con la operación de Hamás del 7 de octubre de 2023 y el posterior genocidio israelí en Gaza. Desde entonces, la postura saudí respecto a la normalización de relaciones con Israel ha variado sustancialmente, al menos de manera temporal.

El tiempo trumpiano resulta revelador al colocar a los aliados regionales de Estados Unidos frente a su propia realidad. Los saudíes debieron sentirse desconcertados ante este giro abrupto. El momento en que ocurre es especialmente significativo. Las monarquías árabes del Golfo Pérsico ya están cuestionando el compromiso estadounidense con su seguridad después de que estallara la guerra contra Irán.

El cambio de postura de Trump no haría más que profundizar esas preocupaciones legítimas sobre la fiabilidad del garante imperial. Estados Unidos exige simultáneamente que Irán alcance un acuerdo diplomático sobre el estrecho de Ormuz y su programa nuclear. Los iraníes ya consideran a Trump un interlocutor poco fiable. Ahora observan con escepticismo cómo el presidente socava un acuerdo con Arabia Saudí apenas veinticuatro horas después de haberlo firmado, actuando exclusivamente en nombre de Israel.

A pesar de esta falta absoluta de compromiso estadounidense con sus supuestos aliados, Arabia Saudí decidió atacar el puerto yemení de Hodeidah. Se trata de una acción que carece de explicación racional desde el punto de vista de los intereses nacionales saudíes. El alto el fuego respondía a los intereses estratégicos de Riad y, en cambio, el reino decidió seguir la escalada de Washington contra Ansarallah. La alianza entre Estados Unidos y Arabia Saudí trasciende la categoría de acuerdo militar convencional para funcionar como una gramática política que estructura el propio horizonte de acción saudí.

Lejos de constituir un mero error de cálculo estratégico, la decisión de Riad reveló los límites absolutos de su propia soberanía. El resultado es paradójico: al actuar para preservar la alianza, Arabia Saudí socavó precisamente la estabilidad que el alto el fuego pretendía garantizar, permitiendo que el reino quedara arrastrado a una guerra que tenía todos los motivos para evitar. Washington instrumentaliza la ilusión de la diplomacia con el fin exclusivo de imponer la subordinación imperial y normalizar su dominación teológico-política. Intentar negociar o tratar con Estados Unidos constituye un esfuerzo fútil y contraproducente que únicamente legitima su violencia estructural.

Los actores regionales deben rechazar este falso paradigma, reconocer a Estados Unidos como el principal obstáculo para su soberanía y construir sus propios marcos ontopolíticos e indígenas de resistencia, completamente independientes de los dictados occidentales. El tiempo trumpiano es también el tiempo de la traición estadounidense a sus aliados. Expone la teología política que durante mucho tiempo ha sustentado el poder de Washington. Lejos de limitarse a un garante militar, Estados Unidos se ha presentado como el garante último de la seguridad y la prosperidad, ofreciendo protección a cambio de lealtad absoluta.

La crisis actual trasciende la percepción de un incumplimiento de promesas; radica en la erosión de la pretensión estadounidense de ocupar esa posición privilegiada. Lo que está en juego es el debilitamiento de un orden político que durante décadas ha tratado la autoridad estadounidense como si fuera universal, y no como una construcción históricamente contingente. Sus aliados, a su vez, ofrecen lealtad como un acto de fe, entregándose a la promesa de salvación del soberano. La ruptura se produce cuando el “dios” retira su gracia: cuando el hegemon abandona a sus vasallos al considerarlos prescindibles.

En este drama, la amistad oculta una relación de señorío, y el poder se reviste del lenguaje del pacto mientras exige sacrificios sin estar dispuesto a ofrecer ninguno a cambio.