Javier Sotomayor y el salto que venció al tiempo

Javier Sotomayor y el salto que venció al tiempo

Por Boris Luis Cabrera Hubo un instante en que todo pareció suspenderse. La carrera de aproximación, el último apoyo, el despegue limpio, la curva del torso, la tijera imposible de las piernas, el roce final con el vacío: cada gesto pertenecía ya a una liturgia conocida, pero ese día el cubano la ejecutó como si el planeta entero le quedara pequeño. En la memoria del atletismo, los grandes saltos no se explican solo por centímetros; se explican por una mezcla de talento, hambre, disciplina y una forma de mirar la barra como si fuera un desafío personal al orden del mundo. Sotomayor ya había subido la vara antes, había sido dueño de 2.43 y 2.44 metros, pero el 2.45 de Salamanca le dio a su nombre una gravedad distinta, una resonancia de mito.

No era un muchacho recién descubierto, sino un campeón que llevaba años conversando con el vértigo y, sin embargo, aun entonces, en la cumbre, seguía pareciendo un hombre en diálogo íntimo con la duda, como si antes de cada salto tuviera que vencer primero la pequeña voz que le recordaba que el cielo no se deja tocar gratis. La hazaña tuvo algo de paisaje moral además de deportivo. Salamanca, ciudad de piedra y de historia, acogió un vuelo que parecía escrito para durar más que una competencia, más que una temporada, más que una generación entera de atletas; por eso el récord no envejece, porque no pertenece solo a la estadística sino a la imaginación. Ese día, el listón quedó atrás y con él quedó atrás una frontera que el resto del mundo todavía persigue con la mirada.

Desde entonces, cada aniversario no celebra únicamente una marca, sino una demostración de que el asombro también puede medirse y que, a veces, una carrera de unos pocos pasos alcanza para desafiar décadas de historia. Conviene imaginar el silencio posterior. No el de la ovación, sino el más profundo: el que llega cuando el atleta baja de la colchoneta y entiende que ha hecho algo que ya no le pertenece del todo, porque en el mismo instante en que tocó la eternidad, el salto dejó de ser suyo y pasó a ser de todos. Hoy, con Santo Domingo 2026 respirando el espíritu competitivo de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ese 2.45 vuelve a ponerse en escena como una especie de bandera invisible para el deporte regional.

No se trata solo de recordar una marca, sino de recordar una enseñanza: que los escenarios cambian, las generaciones pasan y los pabellones se llenan de nombres nuevos, pero hay gestas que siguen midiendo la ambición de un continente. Sotomayor sigue ahí, erguido sobre su propia cima, con la elegancia serena de quienes no necesitan alzar la voz para imponer respeto; y el récord permanece, inmóvil y desafiante, como una bandera clavada en la historia para recordar que, a veces, un solo salto alcanza para vencer al tiempo. mar/blc