Esta tecnología impulsa simultáneamente tanto la demanda como la oferta, lo que dificulta a los responsables de política monetaria evaluar el estado de la economía y fijar las tasas de interés. El auge de la inteligencia artificial (IA) podría dificultar considerablemente a los bancos centrales la tarea de evaluar el estado de la economía y fijar las tasas de interés, ya que esta tecnología impulsa simultáneamente tanto la demanda como la oferta, según afirmó ayer el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por su sigla en inglés). En un boletín sobre las implicaciones económicas de la IA, la organización que agrupa a los bancos centrales señaló que los responsables políticos se enfrentan a una tarea inusualmente difícil, ya que la IA genera importantes efectos en la inversión, el comercio y los mercados financieros mucho antes de que se hagan plenamente visibles las mejoras generalizadas de la productividad. El actual aumento del gasto en IA, financiado cada vez más mediante deuda, ya está impulsando la actividad económica y el comercio, y alimentando los incrementos en los mercados bursátiles, lo que en conjunto puede agravar las presiones inflacionarias a corto plazo.
Al mismo tiempo, la IA podría, a la larga, aumentar la productividad y la capacidad, ampliando la oferta y contribuyendo a contener la inflación. El reto para los responsables políticos es que la magnitud, el momento y la distribución de esas ganancias siguen siendo muy inciertos. “Al afectar simultáneamente a la demanda y a la oferta, la IA difumina las señales cíclicas”, señaló el BIS, advirtiendo que esto podría complicar la evaluación que hacen los bancos centrales de las condiciones económicas subyacentes y el ajuste de la política monetaria. Un riesgo inmediato es interpretar erróneamente el fuerte crecimiento impulsado por la inversión en IA. El elevado gasto en centros de datos, chips e infraestructura digital puede dar la impresión de que la economía se está sobrecalentando, aunque parte de la expansión refleje aumentos a largo plazo del potencial productivo.
Por el contrario, las ganancias de productividad podrían enmascarar las presiones subyacentes de la demanda, lo que dificultaría la interpretación de las tendencias inflacionarias. El BIS también destacó el impacto desigual de la IA entre los distintos países y en los mercados laborales. Las economías que son principales proveedoras de semiconductores, infraestructura informática o servicios relacionados con la IA podrían disfrutar de un crecimiento más sólido, mientras que otras podrían quedarse rezagadas. Esta divergencia podría dar lugar a trayectorias diferentes de inflación y crecimiento, lo que aumentaría la complejidad de la política monetaria en las distintas jurisdicciones.
Los efectos en los mercados financieros plantean otro reto. El optimismo relacionado con la IA ha impulsado rápidas alzas en los mercados bursátiles, creando efectos de riqueza que pueden respaldar el consumo y la demanda, pero también ha aumentado el riesgo de burbujas en los precios de los activos. El BIS no llegó a formular recomendaciones de política monetaria.