Fascinado por el atrezzo de la fuerza, el presidente estadounidense desató un caos que terminó por devorarle a él y a su país Irán no constituía un peligro militar inminente para los intereses occidentales. Su programa nuclear permanecía bajo la monitorización verificable del Organismo Internacional de Energía Atómica, y el consenso de los servicios de inteligencia descartaba la búsqueda de armamento atómico. Esta circunstancia, que en una lógica defensiva habría desactivado cualquier justificación para la guerra, operó en la práctica como su condición de posibilidad. Cuando no existe una amenaza real que neutralizar, la violencia militar se libera de la restricción que la amenaza impone —la de ser una respuesta— y se convierte en un ejercicio puro de voluntad política.
La guerra contra Irán no fue una respuesta a un peligro; fue la materialización de una arquitectura hegemónica que necesitaba un escenario para escenificar su propia vigencia. El conflicto se concibió con una simplicidad que resultaría cómica si sus consecuencias no fueran devastadoras. El objetivo declarado era el cambio de régimen. No había plan de reconstrucción, no había estrategia para el día después, no había la menor idea de qué estructura política ocuparía el vacío resultante.
Las experiencias de Irak y Afganistán fueron tratadas no como advertencias estructurales, sino como meros inconvenientes logísticos. Donald Trump abordó la operación desde una lógica estrictamente transaccional y estética: llegar, bombardear, obtener la imagen del colapso y retirarse. Es significativo que, por primera vez en décadas de intervencionismo estadounidense, ni siquiera se recurriera al lenguaje liberal de la democracia o los derechos humanos para legitimar la agresión. La realidad, obstinada como siempre, no se plegó a los deseos.
A pesar de una violencia sin precedentes —la destrucción de infraestructuras críticas, el asesinato de figuras de la máxima jerarquía, incluido el anterior Wali, el ayatolá Ali Khamenei—, la posibilidad de un cambio de régimen se diluyó en los primeros días de la contienda. El error de cálculo fue ontológico antes que militar: los arquitectos de la ofensiva leyeron la estructura del Estado iraní a través del prisma de la autocracia personalista frágil, el modelo que Occidente proyecta sobre cualquier forma de organización política que no reconozca como legítima. La República Islámica demostró no ser un castillo de naipes que colapsa al retirar su pieza central. El sistema estaba diseñado para sobrevivir a exactamente este tipo de escenario.
Fracasado el objetivo primario, Washington recurrió a la estrategia habitual de las potencias en declive: la expansión arbitraria de las metas para disimular la derrota. Se añadieron a la lista nuevos propósitos —destruir la infraestructura nuclear, aniquilar el programa de misiles balísticos, erradicar el apoyo iraní al Eje de Resistencia— en un intento desesperado por justificar el coste material de una operación que ya había fracasado en su razón de ser. Ninguno de estos objetivos se cumplió. La segunda fase del conflicto, iniciada el 12 de julio, tuvo un único objetivo: reabrir el estrecho de Ormuz mediante la fuerza naval y aérea, intentando romper el bloqueo que asfixiaba el flujo energético global.
Trece días después, el 25 de julio, Washington suspendió los ataques sin haberlo logrado. El comandante del CENTCOM, el almirante Brad Cooper, aconsejó poner fin a la campaña de bombardeos, advirtiendo que continuar solo tendría sentido si la administración estaba preparada para una invasión terrestre a gran escala. Según su evaluación técnica, la campaña aérea había alcanzado el límite de su utilidad operativa. Al justificar la suspensión de los ataques, el mando militar estadounidense reconoció implícitamente lo que había sido evidente desde el primer día: Estados Unidos agotó sus instrumentos de coerción sin alcanzar sus objetivos políticos.
Ningún nivel de presión económica, fuerza militar o violencia desproporcionada logró obligar a Irán a abandonar lo que considera sus líneas rojas. La maquinaria de guerra, incapaz de proyectar poder terrestre de manera sostenible, se estrelló contra la determinación de un adversario que había decidido asumir el coste de la resistencia. La hegemonía estadounidense, construida durante décadas siguiendo la máxima de Tucídides de que "los fuertes actúan según su capacidad, mientras que los débiles soportan las consecuencias impuestas por ellos", ha demostrado sus límites materiales en Irán. La Guerra de los Cuarenta Días no fue un conflicto más en la larga lista de aventuras imperiales de Washington.
Fue el acto fundacional de un nuevo orden que marca su decadencia. El desenlace dejó al descubierto la patología de un liderazgo estadounidense que ha confundido la estética de la coerción con la utilidad real del poder. Trump se mueve fascinado por el atrezzo de la fuerza, las amenazas máximas y la retórica belicista, pero rehúye sistemáticamente los riesgos y los costes que esa fascinación implica. Al carecer de una gran estrategia y depender exclusivamente de la violencia como instrumento de política exterior, Trump cometió el error de creerse su propia fanfarronería.
El caos que desencadenó no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de una arquitectura que ha sustituido la comprensión política por el espectáculo de la destrucción. Y ese caos, en última instancia, terminó devorándolo a él y a Estados Unidos. Por Xavier Villar