Cuba: en el agua competía un bote, en tierra remaba todo el equipo

Cuba: en el agua competía un bote, en tierra remaba todo el equipo

Bajo ese calor implacable comenzó a escribirse una de las historias más sólidas del remo cubano en los XXV Juegos Centrocaribeños. A un lado del embarcadero, bajo la escasa sombra que ofrecían algunas carpas, los atletas cubanos esperaban su turno. Unos conversaban en voz baja; otros bromeaban para aliviar la tensión. Había sonrisas, pero también miradas largas hacia el canal de regatas, donde en pocos minutos volverían a poner a prueba meses de entrenamiento.

Entonces ocurría algo que no aparece en las estadísticas. Cuando una embarcación avanzaba hacia la línea de salida, el resto del equipo dejaba de pensar en sí mismo: quienes ya habían competido se acercaban a la orilla para seguir la prueba; quienes aún esperaban su turno hacían lo mismo. El metodólogo nacional, Mario Octavio Oviedo, y los entrenadores caminaban de un lado a otro transmitiendo serenidad. Bastaba una palmada en el hombro, una mirada de confianza o una breve palabra de aliento para recordarles a los remeros que el trabajo ya estaba hecho y que solo quedaba disfrutar la competencia.

Cada salida era vivida como propia. Cada llegada despertaba los mismos aplausos. Los abrazos aparecían antes incluso de que se confirmara el resultado oficial. Si había una medalla, la alegría era compartida; si el desenlace no era el esperado, tampoco faltaban las palabras de apoyo.

Nadie permanecía solo. Así transcurrieron cinco jornadas en Rincón. La historia comenzó con un bronce inesperado que alimentó la confianza del colectivo. Después llegaron los primeros títulos, las platas conquistadas tras cerrados duelos y nuevas victorias que confirmaron al remo cubano entre los protagonistas de la cita regional.

Al cierre del programa, la delegación había convertido el esfuerzo acumulado durante meses en una cosecha de medallas que recompensó el trabajo realizado antes de viajar a República Dominicana. Al término de las competencias, Oviedo resumió la actuación con una frase sencilla. «Se cumplieron los pronósticos», comentó a Prensa Latina. Pero detrás de esas palabras había mucho más que un balance técnico. Había incontables kilómetros recorridos sobre el agua, horas de preparación física y una planificación desarrollada en medio de limitaciones que obligan a multiplicar el ingenio y el esfuerzo.

Había también un grupo que aprendió a confiar en el compañero tanto como en sus propias fuerzas. El calor nunca dio tregua: desde las primeras horas del día los termómetros superaban los 38 grados Celsius y la sensación térmica hacía más pesado cada movimiento. Entre una regata y otra, los atletas se refrescaban con agua y recuperaban energías para volver al canal; sin embargo, nadie escuchó una queja. La atención estaba puesta en el siguiente bote que saldría a competir.

Quizá esa fue la imagen más valiosa de estos cinco días: no la de una medalla colocada sobre el pecho de un atleta, sino la de un grupo celebrando unido cada resultado; las bromas compartidas para espantar los nervios, los aplausos desde la orilla y la satisfacción colectiva al comprobar que el sacrificio había valido la pena. Cuando la última regata terminó, la Presa de Rincón recuperó lentamente el silencio, las embarcaciones regresaron al muelle y los remos volvieron a descansar. Los atletas comenzaron a recoger sus implementos entre fotografías, abrazos y risas, mientras los entrenadores intercambiaban impresiones con la tranquilidad de quien sabe que la misión está cumplida. En el medallero quedarán registrados los oros, las platas y los bronces conquistados por Cuba.

Quienes compartieron aquellas jornadas bajo el intenso sol de Rincón probablemente conservarán otro recuerdo: el de un equipo que entendió que las victorias individuales solo alcanzan su verdadero valor cuando se celebran entre todos. Porque durante cinco días, en aquellas aguas del sur dominicano, no hubo un solo bote remando. Remaba Cuba entera. las/mpv