JCC Santo Domingo 2026: el reto de convertir inversión en legado

JCC Santo Domingo 2026: el reto de convertir inversión en legado

Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe, que acoge República Dominicana, reúnen a unos seis mil 200 de 37 países y territorios, con competencias en 40 deportes. La magnitud del certamen trasciende el ámbito deportivo y obliga a valorar su impacto desde una perspectiva económica y social. Las cifras ayudan a entender esa dimensión. El Estado destinó alrededor de 160 millones de dólares a la construcción y remodelación de instalaciones deportivas, organización y preparación de atletas, una inversión que solo tendrá sentido si esos espacios permanecen activos una vez concluya la competencia y continúan sirviendo a deportistas y comunidades.

La historia demuestra que el verdadero fracaso de muchos eventos internacionales no ocurre durante su celebración, sino años después, cuando estadios y complejos deportivos terminan abandonados o subutilizados. Sin embargo, el legado no depende únicamente del cemento. Los Juegos movilizan a más de seis mil 200 atletas, cerca de tres mil entrenadores, técnicos y personal de apoyo, además de miles de voluntarios. Ese movimiento genera una demanda que beneficia a hoteles, restaurantes, transporte, comercios y otros servicios, mientras fortalece un segmento de creciente importancia: el turismo deportivo.

No es un mercado menor. Según organismos internacionales, esta modalidad representa cerca del 10 por ciento del gasto turístico mundial y mueve una industria valorada en más de 1,3 mil millones de dólares. Para economías con una fuerte vocación para atraer este tipo de visitantes — como la dominicana— constituye una oportunidad para diversificar la oferta y reducir la estacionalidad del sector. Existe además un impacto menos visible, aunque igualmente significativo.

Más de cuatro mil personas vinculadas a las industrias culturales y creativas participan en la organización del certamen, desde productores audiovisuales y diseñadores hasta músicos, escenógrafos y artistas. El deporte, así, demuestra que también es identidad, empleo e innovación. Pero ninguna de esas oportunidades está garantizada. La verdadera huella dependerá de la capacidad para administrar las instalaciones, mantener los programas de desarrollo deportivo, aprovechar la experiencia organizativa y convertir la visibilidad internacional en nuevos eventos, inversiones y asistentes.

Las medallas alimentan el orgullo nacional y ocupan las portadas. El legado, en cambio, se mide con el paso de los años. Cuando concluya Santo Domingo 2026, esa será la competencia que realmente comenzará. mem/mpv