El MacBook Neo, el portátil de entrada de Apple con chip A18 Pro y macOS Tahoe, está disponible desde 699 euros en su versión de 256 GB y desde 799 euros en la de 512 GB, con 100 euros de descuento para estudiantes y docentes. Ese precio marca un mínimo histórico en la gama de portátiles de la marca, pero llega acompañado de varios recortes técnicos que conviene conocer antes de comprarlo. El MacBook Neo nace con una misión clara: ser la puerta de entrada más accesible al ecosistema Mac para estudiantes y usuarios que solo necesitan navegar, escribir y usar apps ligeras. Para llegar a este precio, Apple ha recortado componentes muy concretos.
Vamos a ver dónde están esos límites y por qué este modelo no conviene a quien necesita algo más que ofimática básica. Potencia limitada y solo 8 GB de RAM para tareas exigentes Si tu día a día pasa por editar vídeo en 4K, renderizar en 3D o mover máquinas virtuales, este ordenador no encaja contigo. El chip A18 Pro, heredado del iPhone, rinde bien en navegación, streaming y ofimática, y permite aprovechar las funciones de Apple Intelligence integradas en macOS Tahoe. El problema está en la memoria unificada: quedarte con solo 8 GB de RAM en el modelo base supone un cuello de botella real si mantienes varias apps pesadas abiertas a la vez, como un editor de fotos junto a una docena de pestañas de Safari.
Mientras el MacBook Air y el MacBook Pro parten de configuraciones superiores, o permiten ampliar memoria en el momento de la compra, este equipo de entrada obliga a vigilar pestañas y procesos para que el sistema no recurra a la memoria swap y todo se ralentice. Si buscas potencia bruta para trabajo profesional, toca mirar hacia la gama M5, que sí permite configuraciones de memoria más altas. Conectividad reducida: dos puertos USB-C, ninguno Thunderbolt Otro recorte llamativo está en las conexiones. En un momento en el que mover archivos externos a buena velocidad es habitual, encontrarte con un puerto USB-C limitado al estándar USB 2 resulta sorprendente: el segundo puerto sí ofrece USB 3, pero ninguno de los dos llega a Thunderbolt 4, así que la transferencia de datos se queda muy por debajo de lo esperable en un Mac.
La ausencia de Thunderbolt 4 limita además las opciones de conectar docks profesionales o monitores de alta resolución. Bajo esta configuración, el MacBook Neo solo puede alimentar una pantalla externa, algo que a un usuario con un setup de doble o triple monitor le complica bastante el flujo de trabajo. En el apartado inalámbrico, se conforma con Wi-Fi 6E en lugar del Wi-Fi 7 que ya empieza a verse en la competencia y que ofrece mejor latencia en redes saturadas. Muchos usuarios terminarán recurriendo a un hub externo para cubrir estas carencias, lo que encarece la experiencia final.
Carga sin MagSafe: un puerto USB-C menos para tus accesorios La libertad de movimiento que da el conector magnético MagSafe desaparece en esta gama de entrada. Para cargar el equipo, hay que usar uno de los dos únicos puertos USB-C disponibles, lo que deja sin ese puerto libre si quieres conectar un accesorio o una pantalla al mismo tiempo, algo que se nota más de lo que parece en el uso diario. Es una renuncia llamativa en una marca que popularizó el conector magnético hace más de una década. Tampoco es compatible con la carga rápida de sus hermanos mayores: mientras el MacBook Air admite hasta 70 W, este modelo se conforma con una potencia inferior que alarga los tiempos de recarga completa.
Para un estudiante que se olvida el cargador en casa, no contar con una recuperación rápida entre clases puede convertirse en un problema real, y la tentación de llevar siempre el cargador encima será constante. En un viaje largo, esa dependencia de un único cable se nota todavía más. Sin teclado retroiluminado y con solo 256 GB de partida Hay detalles pequeños que condicionan mucho el uso diario, sobre todo de noche o en sitios con poca luz. Uno de los que más llama la atención es la eliminación del teclado retroiluminado: si trabajas de noche, en una biblioteca con luz tenue o en un avión, tendrás que buscarte una lámpara o un foco externo para no escribir a ciegas.
A esto se suma el almacenamiento base de 256 GB. Como el puerto USB 2 limita mucho la velocidad al conectar unidades externas, gestionar el espacio se convierte en un quebradero de cabeza constante para quien acumule fotos en RAW o proyectos pesados. Si tu biblioteca no cabe en el disco interno, mover esos archivos a un SSD externo es una tarea lenta por el propio cuello de botella del equipo, algo que resta bastante a la portabilidad que promete su carcasa de aluminio. Quien quiera evitar este cuello de botella de almacenamiento puede dar el salto a la versión de 512 GB por 100 euros más, una diferencia que compensa si vas a guardar proyectos pesados o una biblioteca de fotos amplia sin depender constantemente de un disco externo.