En la primera parte de este trabajo señalaba que la monarquía alauí, en concordancia con el eje Washington-Israel, ha generado una política de enemistad, no sólo contra el vecino argelino, sino que, al mismo tiempo, impulsa una política de presiones diplomáticas, políticas y, bajo el grifo migratorio, amenaza permanentemente al mundo europeo con la política de abrir las llaves de un proceso migratorio que se haga incontrolable. La idea central es beneficiarse de los temores atávicos de una Europa migrante por millones en una época no muy lejana y hoy convertida en un “jardín” que no quiere ser desflorado por negros, latinos u árabes, considerados un peligro para ese mundo europeo, tan arrogante como miserable. Primero y como pinzas de presión, abrir la llave migratoria para beneficio ulterior de la casta político-militar del país magrebí, como negocio con la búsqueda de incentivos financieros para una monarquía corrupta y proxy de los intereses de Estados Unidos y Europa en el continente africano. En segundo lugar, una monarquía que utiliza su proceso de ocupación y colonización del Sáhara Occidental junto al factor de conflictos con Argelia.
En este punto, el objetivo central e innegociable de la diplomacia de Mohamed VI es lograr la certificación internacional de lo ilegítimo que es ocupar el territorio de un pueblo y mantener a su población bajo condiciones oprobiosas en los territorios ocupados, mientras otra parte sobrevive en condiciones dificilísimas en la Hamada argelina. Sin olvidar a una España que peca de conductas traicioneras con los habitantes de la otrora colonia. Traición que se manifiesta desde el momento mismo del abandono del territorio del Sáhara Occidental, sin cumplir sus obligaciones como potencia colonial. La República Árabe Saharaui Democrática ha sido saqueada sistemáticamente en sus recursos naturales —como la pesca y los fosfatos— con la anuencia de potencias europeas como España y Francia, violando con ello todas las resoluciones de la ONU tendientes a concretar el llamado referéndum de autodeterminación y cumplir las prohibiciones de usurpar los recursos de un territorio considerado ocupado.
Como también consignar decisiones inmorales y cobardes, como la acontecida en marzo de 2022, al respaldar el plan de autonomía marroquí para el territorio saharaui. Conducta no fortuita, sino el resultado de las presiones diplomáticas iniciadas con la menciona crisis migratoria del año 2021. Un campo de enfrentamiento que suma, además, la rivalidad histórica con Argelia por la hegemonía regional. Argel, principal proveedor de gas natural de España y aliado histórico de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) es el enemigo principal de Marruecos en el Magreb.
El presidente español, Pedro Sánchez, con el presidente de Argelia, Abdelmajid Tebboune - Pool Moncloa/Fernando Calvo Cuando España busca afianzar o restablecer vínculos comerciales, energéticos y estratégicos con Argelia para garantizar su suministro de gas, la monarquía marroquí interpreta dichos movimientos como una amenaza a su posición de fuerza en la región. En consecuencia, cada acercamiento hispano-argelino significa, desde Rabat, un repunte de las tensiones en las fronteras de Ceuta y Melilla y en las rutas del Atlántico hacia las islas Canarias. Rabat emplea la amenaza de desestabilización migratoria como un contrapeso para desincentivar que Madrid diversifique sus alianzas energéticas o mantenga una postura neutral frente al conflicto magrebí. Sumemos a lo señalado el oportunismo de la monarquía marroquí frente a los posicionamientos críticos de España en foros internacionales respecto al genocidio contra Palestina, como también los llamados a que Estados Unidos respete el derecho internacional o el no sumarse a las peticiones de agresión contra Irán, que le valieron insultos y críticas por parte de Donald Trump: "España es un aliado terrible en la OTAN.
No participa, no paga. No quiero tener nada que ver con España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas. No queremos tener nada que ver con ellos.
Son mala gente, porque, como saben, todos los demás están pagando y trabajando (…) Hay un par de países más, pero especialmente España”. En ese marco, tanto Washington como Tel Aviv, apoyados por Rabat, buscan debilitar la capacidad de proyección exterior de Madrid. Generar focos de tensión fronteriza obliga al Gobierno español a concentrar su capital político en la gestión de crisis internas y contingencias diplomáticas con Rabat y menos en la geopolítica mundial. Esa postura de Washington es también un gran apoyo a los sectores de la ultraderecha que, tanto en Europa como en Latinoamérica, representa a su padre putativo.
Las decisiones estratégicas y los acuerdos legítimos de Estados soberanos como España o Argelia se ven constantemente condicionados por las exigencias de Rabat, con una política de hechos consumados que no ocurre en el vacío y que cuenta con un fuerte respaldo del aliado estratégico de Mohamed VI, como es Estados Unidos, y sobre todo bajo las dos administraciones de Donald Trump. A esta realidad hay que sumar la presencia sionista israelí en amplias esferas del país magrebí, sobre todo en el campo militar y de seguridad vinculada a tecnología de seguimiento y espionaje, control de población y formación del ejército y cuerpos policiales. A raíz de los Acuerdos de Abraham, Israel formalizó relaciones diplomáticas, tecnológicas y de cooperación militar en defensa y ciberseguridad con Marruecos. Recordemos que el muro de 2700 kilómetros de largo, que separa los territorios ocupados de aquellos liberados del pueblo saharaui, ha contado con el financiamiento de la monarquía saudí y el apoyo tecnológico sionista hasta el día de hoy.
Alianza entre la monarquía Alauí, Estados Unidos y el régimen sionista israelí, Fuente Embajada de Estados Unidos El alineamiento y apoyo explícito de la administración estadounidense, consolidado desde la segunda proclamación de Donald Trump, junto con el respaldo del proxy israelí, han dotado al régimen monárquico alauí de una fuerza reforzada en la región. Este soporte le permite a Mohamed VI ignorar las resoluciones de la ONU sobre el Sáhara Occidental y las vías del derecho internacional. Utilizando su ubicación estratégica como punta de lanza en el norte de África, el Majzén impone sus ilegales afanes expansionistas, violando las aspiraciones de autodeterminación del pueblo saharaui, al mismo tiempo que presiona la propia autonomía política de sus vecinos europeos. A esta convergencia de intereses entre Marruecos, Estados Unidos e Israel sumamos a la ultraderecha española que, de forma directa y plagada de hipocresía, suele utilizar los sueños de miles de inmigrantes como una herramienta de desestabilización política y de chantaje geopolítico.
Si bien en su retórica interna condenan la inmigración irregular, este sector de corte extremista en la política española se beneficia del caos fronterizo. Esto se debe a que desgasta al Gobierno de coalición español, centra sus críticas sobre la figura del presidente Pedro Sánchez y alimenta su agenda electoral basada en la seguridad fronteriza. En su mentalidad y práctica ventajista, esa ultraderecha —que de nacionalista tiene lo mismo que de respeto a lo que llaman el “juego democrático”— lo que busca es apuntalar el eje de contactos y acuerdos con Washington y Tel Aviv. Existe un cálculo estratégico coordinado de manera indirecta por intereses internacionales convergentes.
Al debilitar la postura negociadora de España en el norte de África, Marruecos consolida su rol como el socio clave en seguridad, inteligencia y contención en la cuenca mediterránea, impulsado por tecnología de defensa israelí junto con financiamiento y armamento estadounidense. Y en todo lo mencionado, las crisis migratorias, a estas alturas absolutamente digitadas, permiten afianzar esa triada nefasta para el Magreb y el Sahel africano, e incluso enormemente peligrosa para Europa. Detrás de dichos episodios suele encontrarse la alianza imperial sionista, lo cual constituye una amenaza global. La estrategia migratoria de la monarquía marroquí y el jardín europeo - Parte I | HISPANTV La crisis de Ceuta trasciende la migración: revela una estrategia de presión geopolítica donde Marruecos instrumentaliza los flujos migratorios para condicionar a España y Europa.
A pesar de que la retórica interna de los sectores ultranacionalistas españoles condena constantemente en todos los ámbitos —mediáticos, políticos y parlamentarios— la inmigración irregular, la instrumentalización política que concretan de la inestabilidad fronteriza revela una evidente e hipócrita paradoja utilitarista. La persistencia del caos en los enclaves españoles norteafricanos es utilizada por el Partido Popular y VOX como un mecanismo de desgaste sistemático contra el Gobierno de coalición, permitiendo a este espectro político focalizar su ofensiva discursiva en la figura del presidente Pedro Sánchez. Lejos de proponer soluciones estructurales, este escenario de vulnerabilidad limítrofe es capitalizado para legitimar y nutrir una agenda electoral estrictamente centrada en la seguridad y de carácter punitivo. Este comportamiento pone de manifiesto cómo el nacionalismo de este sector cede ante imperativos de alineación global.
El objetivo subyacente consiste en apuntalar un eje de cooperación y validación con los centros de poder en Washington, y donde Tel Aviv se ha hecho presente cada día más. Se configura así un cálculo estratégico caracterizado por la convergencia indirecta de intereses internacionales que trascienden el marco estrictamente doméstico. Al debilitar la posición negociadora y la soberanía de España en el norte de África, el Reino de Marruecos consolida su rol geopolítico como el interlocutor indispensable en materia de seguridad, inteligencia y contención en la cuenca del Mediterráneo occidental. Este estatus de gendarme regional se ve robustecido por la transferencia de tecnología militar y sistemas de defensa israelíes, sumados al financiamiento y aprovisionamiento armamentístico estadounidense.
El uso estratégico de disputas territoriales, como es el hecho de alentar divisiones sobre Ceuta, Melilla o el Sáhara Occidental, demuestra cómo la alianza entre los gobiernos de Estados Unidos, Israel y Marruecos utiliza tensiones históricas locales para presionar a los gobiernos soberanos que no se alinean con sus intereses. En este esquema, las crisis migratorias recurrentes —cuya naturaleza asimétrica denota una clara intencionalidad de presión política— actúan como el vector dinámico que refuerza la tríada de intereses entre Washington, Tel Aviv y Rabat. Esta articulación no solo perturba las dinámicas regionales en el Magreb, incluyendo el territorio del Sahel —que implica la intervención de Francia—, sino que se proyecta como una amenaza multidimensional de alto riesgo para la arquitectura de seguridad del continente europeo. Que tome nota Europa.
Esa tríada aliancista es una amenaza a la integridad y cohesión interna de los países europeos. Las presiones descritas buscan resquebrajar las posturas comunitarias europeas en política exterior, polarizando a esas sociedades entre apoyar incondicionalmente las políticas de Washington y Tel Aviv o sumarse a la defensa de los derechos humanos globales. Defensa que, en el caso de los hechos de Ceuta, fue violada y tuvo como resultado la muerte de 67 seres humanos que intentaron tener un trampolín hacia otras latitudes que significara un cambio de vida significativo. Esto, bajo la creencia de que habían logrado dar el primer paso que los condujera al paraíso europeo.
Sesenta y siete seres humanos, gran parte de ellos jóvenes, que no llegaron al denominado jardín europeo y que se suman a los miles y miles que cada año van incrementando la cifra de seres humanos con sueños truncados. Utilizados como piezas de un ajedrez geopolítico que desprecia a nuestros pueblos. Un vergel que, según palabras expresadas en el año 2022 por el ex alto representante de la política exterior de la Unión Europea, el español Josep Borrell, «es el que mejor combina la libertad política, prosperidad económica y cohesión social lograda por la humanidad… muy distante de la mayor parte del mundo, que es una selva que podría invadir el orden del jardín». Palabras arrogantes, eurocentristas y absolutamente despreciativas hacia el Sur Global.
Tan despreciables como la tríada conformada por Trump, Netanyahu y Mohamed VI. Pablo Jofré Leal Periodista. Analista internacional Articulo para HispanTV