Por Xavier Villar Había analistas, ya en febrero, que dudaban de que existiese alguna solución militar válida que garantizase los objetivos estratégicos estadounidenses: cambio de régimen, destrucción de las capacidades de enriquecer uranio, fin del apoyo iraní a grupos como Ansarolá, HAMAS y Hezbolá, y desmantelamiento del programa de misiles balísticos. Meses después del inicio de las hostilidades, la realidad se impone. Además de no haber conseguido ninguno de esos objetivos, Irán controla el estrecho de Ormuz, algo que no hacía antes de ser atacado. Se podría pensar que, tras la derrota catastrófica de la Guerra de los Cuarenta Días, la administración Trump aceptaría los términos del Memorándum de Entendimiento y dejaría de intentar derribar muros a cabezazos.
Todo lo contrario. La última ocurrencia de Washington fueron trece noches de bombardeos destinados, en este caso, a obligar a Irán a ceder el control del estrecho de Ormuz. Trece noches en las que Irán respondió a cada una de ellas. No solamente eso: Teherán demostró que posee lo que los expertos llaman «dominio de la escalada», pues dispone de herramientas de respuesta efectivas ante cualquier nivel de confrontación.
Estados Unidos podría haber causado daños a la infraestructura militar iraní, pero Teherán estaba preparado para asumir ese coste. Durante las dos semanas de conflicto, Trump amenazó con bombardear puentes y centrales eléctricas iraníes por cada buque atacado en el estrecho; también amenazó con utilizar los fondos iraníes congelados para compensar a los barcos que fueran objeto de ataques. Sin embargo, nada logró que Irán suavizara su posición. Teherán marca el ritmo del conflicto y, como tal, tiene la iniciativa absoluta.
En un clarísimo cambio de estrategia, por ejemplo, Irán lanzó ataques preventivos con el doble objetivo de desgastar a Estados Unidos y recordar a los países del Golfo que la presencia de bases estadounidenses en su territorio supone una fuente de desestabilización. Así, atacó una instalación militar norteamericana en Jordania, rompiendo la pausa en los combates de la semana pasada con una acción sorpresa. Además, tanto Irán como sus aliados regionales han ampliado el teatro de operaciones: perturban el tráfico marítimo en el mar Rojo y han atacado, por primera vez, territorio sirio. Tras esas trece noches consecutivas de bombardeos, Estados Unidos puso fin a los ataques mientras Trump aseguraba que Irán había «rogado» un alto el fuego.
También afirmó que las conversaciones estaban «avanzando». Lo cierto es que, desde el punto de vista estratégico iraní, no existe ninguna prisa por un alto el fuego en un momento en que todas las opciones militares estadounidenses han sido probadas y, al mismo tiempo, han mostrado su incapacidad. No existen soluciones militares alternativas. En este sentido, Irán considera que en la fase actual el conflicto juega a su favor y que, por lo tanto, intentar solucionarlo con un acuerdo no tendría sentido estratégico.
En otras palabras, Teherán calcula que el conflicto puede prolongarse y, de ese modo, arrancar mayores concesiones a un Estados Unidos que ha demostrado haber llegado al límite de sus capacidades. Washington está atrapado. Si acepta el control iraní sobre Ormuz, se trata de una humillación difícil de digerir; pero las opciones militares para recuperar el estrecho están agotadas o, si se intentan, corren el riesgo de multiplicar las consecuencias. Ese sería el escenario de una supuesta invasión terrestre: Estados Unidos podría intentar una operación de ese estilo en el sur de Irán, pero el país tiene una profundidad estratégica enorme y, por otro lado, el ejército estadounidense no dispone de tropas suficientes para alcanzar sus posibles objetivos.
En resumen, la posibilidad de una victoria norteamericana en una guerra terrestre contra Irán es irreal según todos los parámetros. Otra opción apuntada por varios expertos militares sería una invasión anfibia que, en resumidas cuentas, resultaría igualmente infructuosa. Irán escala el conflicto porque sabe todo lo anterior. Sabe perfectamente que las opciones militares de su rival se han agotado y que, por mucho que repita las mismas estrategias, está condenado a obtener los mismos resultados.
Ha conseguido hacer que el conflicto le resulte tan intolerable a Washington, tanto en términos políticos como económicos, que a este no le queda más remedio que dar marcha atrás. A esto hay que añadir que el tiempo también juega a favor de Irán. La cultura estratégica del país permite absorber los golpes y sus consecuencias con facilidad. Irán juega, además, con la vista puesta en objetivos a medio y largo plazo: si las autoridades consideran que un acuerdo como el Memorándum de Entendimiento es inviable, los pasos a seguir serían prepararse para un conflicto largo y, al mismo tiempo, ir expulsando a Estados Unidos de la región.
Algo que ya está sucediendo, en mayor o menor medida, en el Golfo, Siria e Irak, y que está obligando a Washington a replegarse en Israel y Jordania. Pero incluso en este último país, descrito por un miembro de la Guardia Revolucionaria como «un portaaviones estadounidense en medio de la región», la presencia norteamericana está lejos de ser aceptada: cientos de activistas y figuras públicas firmaron una carta abierta exigiendo la retirada de las fuerzas estadounidenses. Trump y su administración solo tienen delante posibilidades poco o nada atractivas. Cualquier acuerdo diplomático tendrá que reconocer el control iraní sobre el estrecho de Ormuz.
La solución militar, por agotada e irracional que sea —y conociendo al personaje no hay que descartarla—, supondría mantener elevados los precios del petróleo al mismo tiempo que volvería a dejar claro que Irán no tiene pensado modificar su cálculo estratégico. Si Estados Unidos comenzó la guerra, Irán está dejando claro que le corresponde a él decidir cómo y cuándo terminará.