Cuando pensamos en nuestra galaxia solemos imaginarla como algo estable y constante: miles de millones de estrellas girando en un orden que lleva ahí desde siempre. La intuición más extendida, incluso entre parte de la comunidad científica hasta hace pocas décadas, era que la Vía Láctea se había formado de manera gradual, sumando masa poco a poco, sin grandes traumas. Nada más lejos de la realidad. La Vía Láctea que ves cuando miras al cielo en una noche despejada es el resultado de una colisión brutal entre galaxias hace unos 10.000 millones de años, mucho antes de que existiera el Sol.
Pero lo realmente asombroso es cómo se ha realizado esta medición "arqueológica" de nuestra galaxia, y quien ha demostrado esto con datos, no con intuición, acaba de llevarse el mayor premio posible en su campo. Estrellas que funcionan como ADN cósmico La Academia Noruega de Ciencias y Letras ha concedido el Premio Kavli de Astrofísica 2026 -el equivalente al Nobel en esta disciplina-, a tres investigadores: la argentina Amina Helmi, de la Universidad de Groningen; Vasily Belokurov, del Instituto de Astronomía de Cambridge; y Rodrigo Ibata, del CNRS y la Universidad de Estrasburgo. Los tres han reconstruido, usando estrellas como si fueran fósiles, el violento pasado de nuestra galaxia. El campo en el que trabaja Helmi se llama arqueología galáctica, y el nombre no es casualidad.
Igual que un yacimiento conserva capas que cuentan la historia de una civilización, el halo que envuelve la Vía Láctea conserva restos de galaxias que fueron devoradas hace miles de millones de años. La composición química de una estrella -las proporciones de hierro, magnesio o calcio en su atmósfera- actúa como una firma genética: no es lo mismo haber nacido dentro de la Vía Láctea que haberte formado en una galaxia enana capturada después. Helmi ya intuyó esto en 1999, durante su doctorado en la Universidad de Leiden. Usando datos del satélite Hipparcos, precursor de la misión que la haría famosa, detectó un grupo de estrellas cerca del Sol que se movían de forma anómala respecto al resto del disco.
Publicó el hallazgo en Nature, y hoy esas estructuras se conocen como corrientes de Helmi, y fueron el primer indicio serio de que nuestra galaxia había crecido fusionándose con otras más pequeñas, no formándose sola desde el principio. La pieza que lo confirmó todo fue la misión Gaia, de la Agencia Espacial Europea, en la que Helmi participó desde su diseño. Gaia midió el movimiento de unos 1.500 millones de estrellas con una precisión nunca antes alcanzada, lo bastante fina como para distinguir, estrella por estrella, cuáles nacieron en la Vía Láctea y cuáles llegaron de fuera. Con esos datos, el equipo reconstruyó el episodio central del premio: hace entre 8.000 y 11.000 millones de años, una galaxia enana bautizada como Gaia-Enceladus chocó contra la Vía Láctea primigenia.
El impacto fue tan violento que no solo aportó buena parte del material que hoy forma el halo estelar, sino que "infló" el disco galáctico, dejando una estructura gruesa que todavía se puede observar. El trabajo de Belokurov e Ibata complementa el de Helmi desde otro ángulo: el estudio de las corrientes estelares y los filamentos de estrellas, que son los restos visibles de galaxias enanas desgarradas por la gravedad de la Vía Láctea. Estas corrientes no solo cuentan batallas pasadas, también sirven como trazadores de la materia oscura del halo, porque su forma se deforma según el campo gravitatorio invisible que atraviesan. Los tres compartirán un millón de dólares y recogerán el premio en Oslo en septiembre.
Helmi se declaró "totalmente sin palabras" al enterarse, y resumió con humor el destino de nuestra galaxia tras aquel choque descomunal: desde entonces, dijo, "no ha pasado gran cosa". La Vía Láctea tuvo una juventud turbulenta. Ahora, simplemente, disfruta de una adultez tranquila. Imagen de portada: Benh Lieu Song (Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)