LA TERCERA FASE DE LA REPÚBLICA ISLÁMICA

LA TERCERA FASE DE LA REPÚBLICA ISLÁMICA

Por: Xavier Villar El problema fundamental con este tipo de análisis es que, por un lado, aplica un marco heredado de la historiografía eurocéntrica (por ejemplo, la idea de las Repúblicas Francesas) y, por otro, pero directamente relacionado con el anterior, mantiene a Irán dentro de un tiempo entendido como una progresión lineal y secular. Desde su momento de fundación en 1979, la República Islámica se puede decir que opera dentro de la temporalidad escatológica y mesiánica de la Ocultación del Imam Mahdi (que, según el chiismo, es el último de los Doce Imames, que aparecerá al final de los tiempos para establecer la paz y la justicia). Además, los medios de comunicación y los think tanks occidentales recurren con frecuencia al marco de la “Tercera República” para reforzar sutilmente el tópico orientalista de la “sucesión dinástica”, dando a entender que la República Islámica no es más que una monarquía teocrática encubierta, en la que el poder pasa de padres a hijos, como ocurrió con los Pahlavi o como sucede en la familia real saudí. Por su parte, la narrativa islamista iraní considera que la selección del sucesor en el sistema de la Wilayat al-Faqih no responde a un derecho dinástico, sino a un complejo proceso político-teológico, enmarcado en la arquitectura constitucional a través de diferentes momentos institucionales representados, por ejemplo, por la Asamblea de Expertos.

En este sentido, presentar el proceso como una “Tercera República” encajaría directamente con la tendencia occidental a interpretar la gobernanza islámica a través de la lente del orientalismo, entendido como un discurso que considera a la ideología o paradigma occidental como universal y que, como tal, puede ser usado, sin ningún tipo de problema, para comprender y explicar fenómenos no occidentales. Una periodización propia que sirve para explicar la fase actual en la que se encuentra la República Islámica, así como sus cambios militares y estratégicos, implicaría reconocer que el proyecto político de la misma ha mantenido una coherencia, sin negar evidentemente todas las dificultades y debates internos para lograrlo, durante los cerca de 50 años desde su fundación. Así, se podría hablar de tres fases dentro de la República Islámica: una primera fase, que se caracterizó, principalmente, por la movilización revolucionaria, por la guerra contra Irak y por la necesidad de articular una nueva arquitectura de poder centrada en los principios del Wilayat al-Faqih (el gobierno del jurista). Una segunda fase, que comenzaría con la muerte del fundador de la República Islámica, el Imam Jomeini, y posterior nominación del ayatolá Seyed Ali Jamenei como Wali.

Esta etapa supondría la materialización de la visión ummática del Imam Jomeini. Es decir, la necesidad de construir un poder islámico capaz de defender a la Umma (comunidad islámica). Este poder sería la garantía de una presencia islámica independiente en el mundo actual. La ausencia de esta presencia significaría que los musulmanes no estarían representados políticamente a nivel global.

La República Islámica iraní se autorrepresenta como el poder que garantiza la legitimidad política de la Umma y que durante la segunda fase se materializó en la construcción del llamado “Eje de Resistencia”. Y, por último, la tercera y actual fase, que da comienzo con el entierro del ayatolá Seyed Ali Jamenei y la posterior nominación del ayatolá Seyed Moytaba Jamenei como Wali en medio de una guerra. Es en este contexto de guerra desde el cual hay que entender los diferentes nombramientos dentro del estamento militar, en concreto, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), así como en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN). En una serie de designaciones, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei ha reconfigurado de facto buena parte de la cúpula del mando militar y de seguridad del país: Ali Abdollahi como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas; Kiumars Heidari como su adjunto; Mostafa Izadi como subcomandante del CGRI; Ali Ozamai como comandante de la Fuerza Naval del CGRI; Hosein Taeb como jefe de la Organización de la Movilización de los Oprimidos (Basich); y Mohsen Rezai como secretario del CSSN.

Ahmad Vahidi, que asumió el mando del CGRI tras el asesinato de Mohamad Pakpur, ha sido ahora confirmado formalmente y ascendido al rango de general de división. Todo hace pensar que estos cambios pretenden institucionalizar las lecciones de la guerra y preparar a Irán para una posible confrontación prolongada. A este respecto, Abdollahi tiene el mandato de completar la integración del Cuartel General Central de Jatam al-Anbia (mando militar) en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, con el objetivo de centralizar el mando y la coordinación en tiempos de guerra. Su mandato también hace hincapié en la preparación frente a “amenazas convencionales, modernas, cognitivas e híbridas”.

Las propias palabras del Wali en relación con Vahidi apuntan a que la tercera fase de la República Islámica ha dejado atrás su tradicional paciencia estratégica, ya que entiende que en la nueva situación es necesario articular una estrategia ofensiva. El ayatolá Seyed Moytaba Jamenei pide alcanzar la “máxima disuasión”, pero al mismo tiempo ordena explícitamente al CGRI mantener la preparación para “poderosas operaciones ofensivas contra el enemigo”. La tercera fase implica, por tanto, mantener la capacidad de tomar la iniciativa y de imponer costes. Esta nueva línea no solo se enfoca hacia el exterior, sino que tiene su necesaria aplicación en el interior, y es aquí donde la figura de Taeb, como nuevo responsable de Basich, es central.

Su nuevo mandato pide explícitamente reforzar la “red de inteligencia pública” de Basich, aprovechar las tecnologías modernas y ampliar la organización a escala de los barrios. Este mandato sugiere que el “frente interno” se considera vital dentro de la confrontación con Estados Unidos e Israel. También merece una mención especial, más en estos momentos donde el estrecho de Ormuz se ha convertido en punto central de todo el conflicto, el nombramiento de Ali Ozamai como el nuevo responsable de la Armada del CGRI. Ali Ozamai está considerado uno de los comandantes con mayor experiencia de esa rama.

Durante más de una década estuvo al frente de la Quinta Región Naval de ese mismo cuerpo, responsable de asegurar algunas de las zonas marítimas más estratégicamente sensibles de Irán, incluido dicho paso y buena parte del Golfo Pérsico. En su primera declaración pública como comandante, Ozamai afirmó que la Armada continuaría con su misión como “guardiana del estrecho de Ormuz”. Otro de los cambios fue la designación de Mohsen Rezai como representante del ayatolá Jamenei ante el CSSN, además de asumir el cargo de nuevo secretario del organismo, en sustitución de Mohamad Baqer Zolqadr, quien ha sido nombrado asesor del Wali. Las recientes declaraciones de Rezai también son importantes porque indican que el CSSN adopta la misma orientación ofensiva.

Rezai explicó que el Wali inicialmente prefería un rumbo diferente al establecido en el memorando de entendimiento de junio, pero fue persuadido por los responsables del CSSN de que las negociaciones podían alcanzar sus objetivos, asumiendo estos responsables la responsabilidad por el resultado. Estos movimientos, en su conjunto, sugieren que la tercera fase de la República Islámica, que se inició en condiciones nada favorables, está articulando su propia arquitectura político-estratégica: centralización del mando militar, nombramiento de cuadros experimentados en puestos clave, refuerzo del aparato de inteligencia y movilización interna, así como el despliegue de una postura claramente ofensiva. Como apuntan varios analistas iraníes, la diplomacia no ha sido descartada dentro de este plan, pero todo apunta a que la idea de las autoridades es la de un conflicto largo y continuado.