Livia Rodríguez Delis Corresponsal jefe en India Chennai no se entrega de golpe: se va revelando entre el tráfico denso, los tuk-tuk que zigzaguean con una lógica propia y el golfo de Bengala que asoma, a ratos, entre edificios y palmeras. Llegué para un acto en homenaje a Fidel Castro en su centenario, el 13 de agosto, y que se tornó en oda a la justicia, la paz y a la solidaridad con Cuba. Fue un primer día de emociones, en una sala modesta pero digna y concurrida, hermanos indios, muchos con décadas de militancia, otros iniciando el camino de la lucha social y de clases, se reunieron para recordar a un hombre que, aun cuando no vieron en persona, consideran parte de una geografía moral compartida. Hubo discursos, música, danza ante una foto inmensa del Comandante con su uniforme verde olivo, que parecía satisfecho atestiguando el apoyo a Cuba, su Isla rebelde que enfrenta la guerra económica más cruel e inhumana que haya sufrido país alguno.
Yo no pude comprender en su mayoría las palabras pronunciadas en la lengua tamil, pero las intervenciones, en idioma inglés, las capturé como se toma nota de algo que ya se conoce pero que conmueve por su persistencia: la solidaridad como un idioma que no necesita traducción. Al día siguiente, con la agenda libre, decidí visitar tres lugares que me habían recomendado con insistencia. Tres distancias largas, me advirtieron. En Chennai, todo queda lejos, incluso lo que está cerca.
La primera parada fue la Basílica de Santo Tomás, en el barrio de Mylapore, a pocos metros del mar. Lo que la hace extraordinaria no es la arquitectura, sino lo que guarda. Bajo el altar mayor, reposan —según una tradición que se remonta a los primeros siglos del cristianismo— los restos de Tomás, uno de los 12 apóstoles. A poca distancia se alza el templo de Kapaleeshwarar.
Mylapore, el mismo barrio que alberga la basílica del apóstol, es también uno de los centros del hinduismo tamil. Para Chennai, este templo es lo que el Malecón es para La Habana: una referencia fundacional, un lugar donde la ciudad se reconoce a sí misma. Lo frecuentan desde ancianos que llegan al amanecer hasta oficinistas que se detienen unos minutos antes de subir al tren. Es el corazón devocional de una metrópoli que crece sin pausa, pero que en este rincón conserva el ritmo de otra época.
Y por último, Dakshina Chitra, un museo de patrimonio a unos 25 kilómetros al sur de la ciudad, sobre la carretera que bordea la costa, que exhibe casas autóctonas y tradicionales de los cuatro estados del sur de India: Tamil Nadu, Kerala, Karnataka y Andhra Pradesh. La concepción que derivó en Dakshina Chitra, fundado en 1996, entiende que el patrimonio no es solo lo que se conserva, sino lo que se practica. Chennai no se deja resumir. La ciudad, con su paciencia de siglos, es una urbe de distancias largas, sí, pero también de cercanías inesperadas: entre lo cristiano y lo hindú, entre lo antiguo y lo vivo, entre la fe y la artesanía. ool/lrd