George Lucas lleva medio siglo sin darse por satisfecho con sus propias películas. De ahí las Ediciones Especiales de 1997, el Jabba digital, los bichos cruzando el plano de Mos Eisley y la discusión eterna sobre quién dispara primero en la cantina, si Greedo o Han Solo. Todos sabemos que Han Solo, ¿no?. Lo que casi nadie recuerda es que hubo un momento, muy poco antes, en el que defendió justo lo contrario delante del Congreso de Estados Unidos.
Lo cuentan mis compañeros de AdoroCinema, y la anécdota merece algo de contexto, porque aquello no iba solo de preservar la historia del cine. En marzo de 1988, Lucas se sentó a declarar en Washington junto a Steven Spielberg, John Huston, Woody Allen y James Stewart y otros pesos pesados de Hollywood. El asunto de fondo era legal: pedían que Estados Unidos asumiera los derechos morales del Convenio de Berna, esos que permiten a un autor oponerse a que deformen su obra. El detonante fue Ted Turner, que tras comprar la biblioteca de la MGM por 1.200 millones se puso a colorear los clásicos en blanco y negro para venderlos mejor en televisión.
Cuando anunció que se lo plantearía con Ciudadano Kane, la cosa creó bastante revuelo. Siskel y Ebert, dos famosos críticos de cine, no se andaron con medias tintas y lo describieron como vandalismo de Hollywood. Lucas pidió una ley que protegiera a los autores y se llevó un archivo que acabaría protegiendo al público de él Durante la comparecencia de Washington, Lucas fue el más duro de todos. Dijo que quien altera o destruye obras de arte por dinero o por poder es un bárbaro, y que si la ley seguía amparándolo, la historia clasificaría a su país como una sociedad bárbara.
Estaba a tope George con el tema. Argumentó que el dueño de un copyright no es propietario sino depositario, porque el patrimonio cultural termina siendo del público. Y entonces, para que los congresistas lo entendieran, puso el ejemplo que peor ha envejecido de su carrera: lo que no quería ver era una Star Wars con banda sonora de rock y una princesa Leia desnuda. Como argumento, resulta de lo más sólido.
Pero si has visto la cantina de Mos Eisley de 1997 y la comparas con la original, ya sabes en qué acabó todo. Lucas argumentó que el dueño de un copyright no es propietario sino depositario, porque el patrimonio cultural termina siendo del público En lo que pedía no le hicieron caso. El Congreso ratificó el Convenio de Berna pero dejó fuera al cine, alegando que una película es demasiado colectiva para asignarle un solo autor moral. Lo que sí salió de aquellas sesiones fue la Ley Nacional de Preservación Cinematográfica de 1988, la que creó el National Film Registry: veinticinco películas al año elegidas por su valor cultural y conservadas por la Biblioteca del Congreso.
En 1989 se seleccionaron las primeras veinticinco y Star Wars estaba entre ellas. Hay que decir que Lucas cofundó The Film Foundation en 1990 junto con Martin Scorsese, Steven Spielberg y otros directores destacados para proteger y preservar la historia del cine y que sigue dedicando muchos dinero a restaurar, digitalizar y preservar todo tipo de películas, algunas pagadas de su propio bolsillo, como La insoportable levedad del ser. La Biblioteca del Congreso pidió una copia de Star Wars y Lucasfilm le ofreció la que no era La historia tiene otra curiosidad. Según un correo del bibliotecario Zoran Sinobad difundido por el portal SaveStarWars, cuando la Biblioteca del Congreso pidió a Lucasfilm una copia de archivo lo que le ofrecieron fue la Edición Especial de 1997, no la original.
La Biblioteca la rechazó, porque no era la versión que se había seleccionado en 1989. El debate viene porque Lucas siempre ha declarado que la versión que él, como director y creador de Star Wars, considera como final y definitiva es la de 1997. Pero ¿qué le respondes a un archivo nacional que te pide justo la película que tú ayudaste a proteger? Para Lucas las modificaciones intolerables eran las que otro pudiera hacerle a su obra, no las realizadas por el propio autor Y aquí está lo que más me interesa.
Lucas nunca ha estado conforme con sus propias películas, pero en 1988 tenía clarísimo cómo la ley debería defender la historia del cine y su legado cultural: las modificaciones intolerables eran las que otro pudiera hacerle a su obra, no las realizadas por el propio autor. Tampoco es el primer director que se pasa la vida remontando su obra maestra, y hay un francés, Abel Gance, que dedicó medio siglo a rehacer su Napoleón y ya lleva 19 versiones. Y todavía más: el 19 de febrero de 2027 vuelve a los cines el montaje original de 1977 restaurado, sin Jabba digital y sin el rótulo de Episodio IV que tampoco estaba en el estreno original. Casi cuarenta años después, el mejor alegato contra las Ediciones Especiales sigue siendo el que firmó él.
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