'Días de agosto' arranca con un paradisíaco recorrido por la costa de las Islas Canarias. El que hace la pareja protagonista, formada por los veinteañeros Juan y Gabriela, a la imponente casa de verano de los padres de él. Por delante, días de playa, piscina, descanso y, por qué negarlo, mucho sexo. El sueño de cualquier joven.
Sin embargo, ya dice el refrán que del cielo al infierno solo hay un paso, y el de Juan no tarda ni unos minutos en materializarse con un inesperado primer gatillazo. A partir de aquí, la película va transformando poco a poco el entorno del joven en una explosiva olla a presión. La llegada por sorpresa de su padre y la nueva novia de él, mucho más joven, a la casa común de veraneo es solo un detonante para echar a andar una trama que esconde mucho más. Una historia que rápidamente se ve fortalecida por la cuidada fotografía, obra de Dani Salo, que juega con unos colores tremendamente cálidos.
El sonido incesante de la chicharra. La cuidada iluminación de la casa, tenue y nunca cenital. Los planos con dos y hasta tres ventiladores que golpean las camisetas de los personajes, marcadas con grandes surcos de sudor... Elementos que pronto transforman el cálido ambiente en algo infernal.
La película cuenta a su favor tener un reparto muy acotado, casi íntimo, en el que los cuatro personajes principales llevan todo el peso de la trama. Entre ellos, destaca la labor de Maggie Civantos (Mónica, la novia del padre), que cumple a la perfección con su tarea de dar vida a un personaje misterioso, casi místico, que lo dice prácticamente todo con la mirada. Fantasmas del pasado Pero, aunque 'Días de agosto' a veces falle a la hora de colocar correctamente su centro de gravedad, el filme es, sobre todo, la historia de Juan. Un joven al que rápidamente se le ve la fragilidad en las costuras de sus relaciones, desde las familiares a las de pareja.
Y es que, aunque lo más llamativo sea sin duda los vínculos instintivos que empiezan a unir a Juan con el personaje de Mónica, la historia que firma David Sueiro tiene desde luego mucha más profundidad. 'Días de agosto' no es, para nada, una película histriónica. Aquí los silencios y las miradas dicen mucho más que las discusiones, apenas inexistentes. Casi nadie se levanta la voz, y sin embargo se dicen, y se intuyen, historias mucho más importantes de las que se podrían gritar. Ninguna de las escenas sexuales son, en este caso, gratuitas.
El trabajo de Chema de la Peña busca ese equilibrio entre el ritmo y el desarrollo de los personajes que tan difícil es de conseguir. Aunque lo ligero del metraje es otro de los puntos a favor de la película (95 minutos que se hacen muy amenos), sí es cierto que el desenlace, por muy previsible que se vaya volviendo a medida que se va acercando, se hace algo precipitado y desdibujado, y al acabar termina desluciendo un trabajo que, en grandes rasgos, goza de unos detalles muy cuidados y trabajados. Al final, 'Días de verano' acaba siendo una metáfora perfecta de la juventud actual. Una generación que aparentemente parece tenerlo todo pero que, en el fondo, no tiene de nada.