Durante años, buena parte de Silicon Valley pidió espacio para desarrollar la inteligencia artificial sin demasiadas barreras. En 2026, algunos de sus nombres más importantes empiezan a defender públicamente justo lo contrario: Sam Altman (CEO de OpenAI), Demis Hassabis (CEO de Google DeepMind) y Dario Amodei (CEO de Anthropic) han publicado en las últimas semanas propuestas para regular los modelos de IA más avanzados. Sus recetas son diferentes, pero parten de una preocupación común: consideran que los modelos más potentes necesitan controles externos antes de llegar al público. También coinciden en concentrar esas medidas en los sistemas capaces de plantear riesgos importantes, especialmente en ámbitos como la ciberseguridad o la biología, en lugar de aplicar las mismas restricciones a cualquier herramienta de inteligencia artificial.
Las grandes compañías de IA ya quieren árbitros Amodei plantea un sistema similar al de la Administración Federal de Aviación estadounidense con un organismo federal capaz de impedir inmediatamente el lanzamiento de un modelo considerado demasiado peligroso. Hassabis propone algo más cercano a FINRA, el organismo autorregulador de la industria financiera estadounidense: evaluaciones realizadas por terceros y supervisadas desde el ámbito federal, inicialmente voluntarias, que podrían terminar convirtiéndose en requisitos obligatorios. Altman mira todavía más lejos. Su propuesta toma como referencia al Organismo Internacional de Energía Atómica y plantea una institución internacional liderada por Estados Unidos que establezca estándares, certifique países y compañías y utilice el acceso a los modelos más avanzados como incentivo para cumplir las reglas.
Hassabis recibió incluso elogios públicos de Altman, Satya Nadella, Elon Musk y miembros de Anthropic por su propuesta. Como recoge Axios, el cambio resulta significativo porque Washington también está descubriendo los límites de dejar funcionar el mercado por su cuenta. La administración Trump mantiene públicamente una posición favorable a reducir barreras para competir con China, pero durante este verano ya ha tenido que intervenir ante preocupaciones relacionadas con las capacidades de algunos modelos avanzados. La discusión empieza a desplazarse desde si habrá regulación hacia quién debería encargarse de ella.
Existe, además, una paradoja difícil de ignorar. OpenAI, Google y Anthropic disponen de equipos legales, expertos en seguridad, recursos económicos y relaciones institucionales suficientes para afrontar sistemas complejos de certificación. Una startup pequeña o un proyecto de código abierto lo tendría bastante más complicado, ya que regular la inteligencia artificial podría reducir alguno de sus riesgos, pero también levantar una barrera que proteja a quienes ya están arriba. Sin embargo, ahora son ellos los que están pidiendo construirla.
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