La Lisa, presentada en 1983, fue una de las primeras computadoras comerciales en incorporar una interfaz gráfica con ventanas, íconos y manejo mediante mouse, funciones que hoy resultan básicas pero que en su momento resultaban revolucionarias. El problema fue el precio: salió al mercado a 9.995 dólares, el equivalente a cerca de 30.000 dólares actuales, una cifra que la dejó fuera del alcance de la inmensa mayoría de los hogares y las pequeñas empresas. Un año después, Apple lanzó la Macintosh a 2.495 dólares, apenas una cuarta parte del precio de la Lisa, con una propuesta similar pero mucho más accesible. La Lisa quedó relegada casi de inmediato, y la compañía terminó con miles de unidades sin vender acumuladas en sus depósitos.
El comerciante que le encontró una segunda vida Ahí entró en escena Robert Bob Cook, fundador de la empresa Sun Remarketing , con sede en Utah. Según documenta el diario Herald Journal de Logan , Cook adquirió o recibió en consignación entre 5.000 y 7.000 unidades de la Lisa a partir de 1985, además de miles de computadoras Apple III también descontinuadas. Su empresa modernizó las máquinas con unidades de disco de mayor capacidad y las revendió con éxito durante varios años bajo el nombre Lisa Professional. El reclamo repentino y sin explicación © Load It Up Dumpster Rental, LLC Unsplash En septiembre de 1989, sin aviso previo ni justificación pública, Apple le exigió a Cook la devolución de todas las unidades de Lisa que todavía permanecían sin vender bajo consignación en su empresa: unas 2.700 computadoras.
Sun Remarketing no tuvo margen de negociación frente al poder legal de Apple y entregó el stock restante. Camiones contratados por la propia Apple trasladaron esas 2.700 computadoras hasta el vertedero municipal de Logan, Utah, donde fueron enterradas y aplastadas por maquinaria pesada bajo la vigilancia de guardias de seguridad, en un operativo que ocupó más de 22 camiones de escombros. La explicación oficial (y las teorías no oficiales) Carleen Lavasseur, vocera de Apple en aquel momento, ofreció una explicación estrictamente contable: con el cierre del año fiscal acercándose, la compañía prefirió no seguir cargando ese inventario en sus libros contables, calificando la destrucción como una mejor decisión de negocios. Bajo las normas tributarias vigentes en 1989, dar de baja el stock de esa manera le permitía a Apple registrar la pérdida y obtener beneficios impositivos asociados.
Más allá de la explicación oficial, distintos análisis posteriores plantearon otra motivación probable: Apple no quería que miles de computadoras obsoletas, aunque modernizadas, circularan en el mercado a precios muy por debajo de sus productos vigentes, en especial de la propia Macintosh, protegiendo así el valor percibido de su marca en un momento clave de expansión comercial. Un capítulo insólito que sigue generando asombro El propio guardia de seguridad presente aquel día no imaginaba la reacción que generaría el episodio con el correr de los años: hoy sigue citándose como uno de los ejemplos más llamativos de destrucción deliberada de tecnología funcional por decisión puramente empresarial, en una época anterior a que existieran regulaciones específicas sobre el desecho de residuos electrónicos.