Por HispanTV La guerra de 40 días librada por la coalición estadounidense-israelí contra Irán, que comenzó el 28 de febrero de 2026, ha puesto esta realidad de manifiesto con mayor claridad que nunca. La guerra, ilegal y no provocada, ha demostrado de manera contundente que el propio aparato militar diseñado para proporcionar seguridad se ha convertido, en cambio, en el principal motor de la inestabilidad y la destrucción. Lo que se presentó como un escudo protector ha demostrado ser un catalizador precisamente del tipo de guerra a gran escala que, en teoría, estaba destinado a prevenir. Esta guerra ha planteado, por tanto, una cuestión fundamental e incómoda sobre la lógica estratégica que sustenta la prolongada e ilegal presencia militar estadounidense en Asia Occidental.
Vale la pena examinar cómo el despliegue de fuerzas estadounidenses, particularmente en las inmediaciones de Irán, ha creado una dinámica profundamente disfuncional. En este esquema, los países anfitriones no están realmente protegidos, sino peligrosamente expuestos, mientras su seguridad nacional es sacrificada sin miramientos en aras de unos objetivos estratégicos estadounidenses que poco tienen que ver con el bienestar de las poblaciones locales. Los aliados se han convertido en rehenes de una agenda que no han creado. Esto genera lo que podría describirse como una “paradoja de la protección”.
Los Estados del golfo Pérsico albergan fuerzas militares extranjeras con la expectativa de que estas refuercen su seguridad. Sin embargo, esa misma infraestructura militar puede transformarse rápidamente en una fuente de vulnerabilidad estratégica cuando la potencia protectora se embarca en aventuras militares temerarias en la región. La presencia de bases militares, centros logísticos, aeródromos e instalaciones de inteligencia vinculadas a la presencia militar estadounidense convierte los territorios de los países anfitriones en objetivos legítimos. Reduce la diferencia entre estar protegido por una alianza y quedar geográficamente expuesto por ella, transformándolos en bases avanzadas de operaciones en una guerra contra un país vecino que nunca buscaron.
La reciente guerra ha derribado, por consiguiente, la antigua premisa de que la presencia militar estadounidense funciona como un “paraguas de seguridad”. La huella militar estadounidense ha convertido a los países anfitriones en escudos; sus territorios se han transformado en objetivos legítimos de las represalias iraníes. Por tanto, una paz sostenible exige que los países anfitriones expulsen a las fuerzas externas hostiles que contribuyen a la desestabilización y exacerban las tensiones entre los países de la región. La falsa promesa de una garantía de seguridad Durante décadas, Estados Unidos ha desarrollado una extensa red de bases militares en toda la región —en Kuwait, Baréin, Jordania, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Irak y Arabia Saudí—, todo ello bajo el pretexto de proporcionar seguridad a los países anfitriones.
Esta vasta infraestructura militar fue presentada a estos países como una garantía férrea frente a las amenazas externas. Sin embargo, la reciente guerra ha dejado al descubierto esta “garantía” como una peligrosa ficción, una vía de sentido único en la que los aliados asumen íntegramente los costos de las temerarias aventuras militares de Washington. Cuando la coalición estadounidense-israelí lanzó su agresión ilegal y no provocada contra Irán el 28 de febrero, la respuesta no solo fue rápida, sino también devastadora para los activos estadounidenses ubicados en esos mismos países. Los países anfitriones pueden haber tenido o no voz en la decisión de atacar a Irán, pero soportaron de lleno y de manera catastrófica las consecuencias.
Fueron arrastrados a una guerra innecesaria que nunca quisieron; sus territorios soberanos se transformaron en campos de batalla activos debido a la infraestructura militar extranjera instalada en ellos. Esta es la esencia de lo que podría denominarse la “trampa de la dependencia”: Estados que buscaron la protección estadounidense para reforzar su seguridad terminaron atrapados, con su destino supeditado a los caprichos de una superpotencia desesperada y moribunda cuyos intereses estratégicos no solo están desalineados con los suyos, sino que son completamente antagónicos a ellos. La ilusión de protección ha resultado especialmente devastadora para los pequeños Estados del golfo Pérsico. Estos países, con capacidades militares limitadas y poblaciones vulnerables, buscaron precisamente garantías de seguridad estadounidenses para compensar sus debilidades estratégicas.
En cambio, han descubierto que esas mismas garantías los han hecho más vulnerables que nunca. Dilema estratégico de los estados del Golfo Pérsico: entre la presión estadounidense y la influencia de Irán en la posguerra | HISPANTV El panorama estratégico del Golfo Pérsico se ha transformado irrevocablemente por los cambios sísmicos de la reciente guerra de agresión entre EE.UU. e Israel contra Irán, que terminó con la capitulación estadounidense ante la represalia militar y la firmeza iraníes. El cálculo letal de Irán La devastadora realidad del efecto de escudo quedó horriblemente clara a medida que avanzaba la guerra. El 28 de febrero, Irán anunció que sus ataques de represalia tendrían como objetivo todas las bases y activos militares estadounidenses en toda la región.
Teherán llevaba mucho tiempo advirtiéndolo y ahora estaba preparado para llevarlo a cabo. En los días siguientes, los ataques de represalia iraníes con misiles y drones alcanzaron con devastadora precisión múltiples instalaciones militares estadounidenses y de sus aliados en toda la región. Los ataques no estaban dirigidos contra los países anfitriones, sino contra la infraestructura militar estadounidense instalada en sus territorios. La magnitud de los daños fue asombrosa.
Las estimaciones apuntaban a que se habían causado miles de millones de dólares en destrucción en numerosas instalaciones militares estadounidenses de varios países. La Actividad de Apoyo Naval de Baréin, sede de la Quinta Flota de la Armada estadounidense, fue una de las más afectadas, sufriendo enormes daños en su cuartel general, barracones y almacenes; los propios símbolos del poder naval estadounidense en la región quedaron reducidos a ruinas humeantes. Otras bases estadounidenses en la región sufrieron daños aún mayores, y costosos sistemas de defensa aérea fueron completamente destruidos, dejando a las bases y a los países anfitriones cada vez más expuestos. Si Estados Unidos estaba dispuesto a utilizar bases ubicadas en países anfitriones para lanzar ataques agresivos contra Irán, entonces esas bases constituían objetivos militares legítimos según cualquier interpretación razonable del derecho internacional.
El liderazgo iraní había advertido reiteradamente que atacaría las bases y los activos militares estadounidenses en toda la región si la maquinaria bélica estadounidense atacaba Irán. Eso fue precisamente lo que ocurrió. La represalia iraní siguió el guion que había anunciado durante mucho tiempo, atacando toda la infraestructura militar estadounidense crítica en la región y exponiendo inevitablemente a los países anfitriones al fuego. La solución diplomática La mejor prueba de que la presencia militar estadounidense constituye el problema reside en su papel central en los actuales esfuerzos diplomáticos para poner fin a la guerra impuesta.
El borrador del Memorando de Entendimiento entre Teherán y Washington consagra una exigencia fundamental de Teherán: la expulsión de las fuerzas de ocupación estadounidenses de la región, particularmente de las zonas que rodean Irán. Se trata de una condición fundamental sin la cual no puede alcanzarse una paz duradera, ni en la región ni en el mundo. El memorando constituye una respuesta política directa a las duras realidades de la guerra impuesta a Irán. Estados Unidos debe retirar sus fuerzas de las zonas que rodean Irán y levantar su bloqueo naval.
A cambio, Irán se comprometería a restablecer la navegación comercial a través del estrecho de Ormuz, una arteria vital para el suministro energético mundial. La propia existencia del memorando, así como su énfasis explícito en la retirada de las fuerzas estadounidenses, confirma que la presencia de estas tropas no era simplemente una molestia, sino uno de los principales obstáculos para la paz regional. El memorando ya ha sido violado por la parte estadounidense mediante la agresión militar y la piratería marítima, repitiendo lo que hizo con el acuerdo nuclear de 2015. Durante décadas, Estados Unidos justificó su presencia militar como algo esencial para la seguridad regional, presentando sus bases como pilares de estabilidad en un vecindario volátil.
Ahora, tras la reciente guerra, incluso los países anfitriones las reconocen como el principal obstáculo para la paz en la región. El memorando representa un rechazo total de toda la justificación que ha sustentado el establecimiento de bases militares estadounidenses en la región. Reconoce lo que los Estados de la región han comprendido desde hace mucho tiempo, pero que políticamente no habían podido expresar hasta ahora: que la ocupación militar extranjera genera inseguridad, no estabilidad; que la presencia de fuerzas externas provoca guerras en lugar de disuadirlas; y que la única arquitectura de seguridad duradera es aquella construida por los propios países de la región. Pacto de defensa Arabia Saudí-Pakistán: Reconfigurando la arquitectura de seguridad en la región | HISPANTV Pacto de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán redefine la seguridad en Asia Occidental y Meridional ante el declive del compromiso estadounidense.
Una región reevalúa su futuro La guerra de 40 días que terminó con el descalabro estadounidense ha dado lugar a un reajuste histórico de las alianzas, de una magnitud que la región no había presenciado en generaciones. Una fuente diplomática de alto rango, en declaraciones a Press TV, señaló que los países de la región que albergan bases estadounidenses están ahora profundamente decepcionados y desilusionados con sus alianzas con Estados Unidos. Estos países buscan activamente abrir nuevos capítulos en sus relaciones bilaterales con Irán, un acontecimiento que habría resultado impensable hace apenas unos meses. No se trata de un ajuste menor en la postura diplomática, sino de un cambio tectónico en el equilibrio regional, que apunta al desmoronamiento de la arquitectura de seguridad existente y al surgimiento de Irán como superpotencia regional.
Este sentimiento se hace eco en todo el panorama estratégico regional. La confianza de los Estados del golfo Pérsico y de los países árabes en los compromisos de seguridad de Estados Unidos se ha erosionado significativamente, ya que el enfoque de Washington es percibido cada vez más como selectivo, poco fiable y fuertemente centrado en los intereses militares de Israel, a expensas de sus socios árabes. Estados Unidos está pasando de ser un garante absoluto de la seguridad a convertirse en un gestor reactivo de las crisis, un cambio fundamental que ha erosionado la confianza de sus aliados árabes. Las potencias regionales ya están explorando nuevos acuerdos de seguridad que no dependan de la protección estadounidense.
La reciente firma de nuevos acuerdos de defensa entre algunos Estados de la región representa un desafío directo y claro a la arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos. Estos acuerdos reflejan un claro deseo de construir un marco de seguridad regional autónomo, que no dependa por completo de una única potencia externa poco fiable. La dimensión económica de esta reevaluación es igualmente significativa, si no más. Cuando Irán tomó represalias interrumpiendo el transporte marítimo a través del estrecho de Ormuz, el impacto se sintió en todos los ámbitos.
El bloqueo provocó una enorme caída de la producción de petróleo respecto a los niveles anteriores a la guerra y desencadenó una crisis energética regional y mundial, dejando al descubierto la profunda inseguridad económica que implica albergar al aparato militar más fuera de la ley del mundo. El costo económico de albergar bases estadounidenses ha resultado ser enorme, y esta carga financiera constituye un poderoso factor que impulsa el deseo de establecer un nuevo orden regional más independiente y estable. El camino a seguir El camino hacia una Asia Occidental estable no pasa por profundizar la dependencia de la seguridad respecto de actores externos, sino por empoderar a los actores regionales para que tracen su propio rumbo soberano. El memorando entre Irán y Estados Unidos, con su inequívoca exigencia de la retirada de las fuerzas estadounidenses, constituye un testimonio de esta nueva realidad.
La creciente desilusión de los Estados del golfo Pérsico con su aliado estadounidense, unida a su decidido giro hacia la diplomacia regional y las estructuras de seguridad autónomas, señala un cambio profundo e irreversible en el panorama político de la región. El viejo orden se está desmoronando rápidamente y, de sus ruinas, está surgiendo una nueva visión, definida por la soberanía regional y no por la dominación externa. Los Estados de la región están comenzando a comprender una verdad fundamental que durante mucho tiempo ha quedado oculta tras la niebla de la política de alianzas: solo ellos pueden llevar la paz a su región, no los actores externos. Estados Unidos no tiene un interés genuino en la estabilidad a largo plazo de Asia Occidental más allá de sus propios intereses estratégicos limitados y los de su aliado sionista.
Cuando esos intereses divergen de la estabilidad regional —como inevitablemente ocurre una y otra vez—, los países anfitriones quedan obligados a soportar las consecuencias devastadoras. La reciente guerra lo demostró con absoluta claridad. Los aliados que confiaron en la protección estadounidense fueron abandonados a las llamas de una guerra que nunca buscaron. La arquitectura de seguridad del futuro en Asia Occidental no puede construirse sobre las promesas de una potencia externa.
Debe edificarse sobre el respeto mutuo, el diálogo genuino y el reconocimiento inquebrantable de que los países de la región son los únicos que pueden garantizar su propia paz. Exige valentía, visión y voluntad para forjar nuevas alianzas basadas en intereses compartidos, en lugar de rivalidades heredadas. La retirada de las fuerzas estadounidenses —tanto terrestres como navales— creará el espacio necesario para que prosperen el diálogo y la cooperación regionales. Los Estados del golfo Pérsico e Irán comparten intereses comunes: mantener unos mercados energéticos estables, garantizar la libertad de navegación y prevenir la propagación del extremismo.
Estos intereses compartidos pueden constituir la base de un nuevo marco de seguridad regional, uno que no dependa de actores externos, sino de la voluntad colectiva de los países de la región de coexistir pacíficamente. La disposición de Irán a distinguir entre los objetivos militares estadounidenses y los países anfitriones durante sus represalias demuestra un reconocimiento maduro de la necesidad de la coexistencia regional. El creciente deseo de los países anfitriones de abrir nuevos capítulos en sus relaciones bilaterales con Irán refleja una comprensión pragmática de que su seguridad no puede alcanzarse mediante la confrontación. La era de Estados Unidos como policía regional está llegando a su fin y, por el bien de los pueblos de Asia Occidental, no se puede permitir que regrese.
El verdadero camino hacia la paz pasa por la expulsión de las fuerzas militares extranjeras y por el establecimiento de una región en la que la seguridad se defina por la coexistencia, no por la presencia de un ejército. Todas las bases militares estadounidenses en la región deben ser desmanteladas sin excepción, y la presencia naval estadounidense en la región —particularmente en las aguas próximas a Irán— también debe llegar a su fin de manera inequívoca. La mayor base militar estadounidense en la región —el régimen sionista— morirá lentamente una vez que se le retire su soporte vital: la presencia militar estadounidense en la región.