TRUMP AMENAZA A OMÁN

TRUMP AMENAZA A OMÁN

Por Xavier Villar El fracaso es tal que, según apuntan medios estadounidenses, el Pentágono está evaluando su presencia militar en la región, lo que supone una señal de que la guerra con Irán ha transformado la presencia estadounidense en Asia occidental. Estamos de lleno en un momento post-estadounidense y solamente queda resolver la cuestión de si se trata de un momento regional o, como apuntan varios expertos, global. Las opciones geopolíticas sobre la mesa son, para los Estados Unidos, malas o peores. Así se puede entender la frustración de Trump con Irán.

Pero en los últimos días la frustración del presidente estadounidense ha alcanzado a otro país de la región: Omán. Esta semana, Trump dijo al periodista de Fox News Trey Yingst que Estados Unidos bombardearía Omán si este país “se interpone en el camino”, empleando un exabrupto para enfatizar la amenaza. No es la primera vez que formula una amenaza de este tipo. En mayo, durante una reunión de gabinete celebrada el 27 de ese mes, un periodista le preguntó qué opinaba de la posibilidad de que Omán e Irán supervisaran conjuntamente el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz. “¿Aceptaría un acuerdo a corto plazo que permitiera a Irán y Omán controlar el estrecho?”, indagó el reportero.

Trump respondió con una amenaza aparentemente improvisada: “Nadie va a controlarlo. Son aguas internacionales, y Omán se comportará como todos los demás o tendremos que volarlos por los aires”. Trump amenazó a Omán porque, como es evidente, no está satisfecho con que el país esté cerca de alcanzar un acuerdo con Irán sobre el estrecho de Ormuz, lo que dejaría su control en manos de los dos países ribereños. Lo que el acuerdo implica, más allá del control material, es una expresión performativa de soberanía, mediante la cual Irán afirma su capacidad para configurar el orden regional y definir los términos de la disuasión.

Lo que debería sorprender es que Omán no tenga malas relaciones con Estados Unidos. De hecho, los lazos entre ambas naciones se remontan a 1833, con la firma del Tratado de Amistad y Comercio. Desde entonces, han mantenido una relación de cooperación política y comercial que se vio reforzada por el Tratado de Amistad, Relaciones Económicas y Derechos Consulares de 1958, el Acuerdo Bilateral de Libre Comercio de 2006 y el Acuerdo de Cooperación Científica y Tecnológica entre Estados Unidos y Omán de 2016. Al mismo tiempo, Omán mantiene una relación muy cercana con Irán, un país que valora la discreción, la neutralidad y la coherencia que el sultanato ha demostrado durante las últimas décadas.

Pero hay otro punto de vista desde el cual se pueden entender las amenazas de Trump al sultanato de Omán: el del “buen musulmán” que se atreve a mantener una independencia política que lo aleja de los Estados Unidos y que, por eso mismo, lo convierte en “mal musulmán” y por lo tanto, en objeto de amenazas. Uno de los principales marcos utilizados para disciplinar a los musulmanes en la época contemporánea es la dicotomía entre el “buen musulmán” y el “mal musulmán”. Este discurso sanciona qué formas de ser musulmán son de algún modo aceptables y cuáles son percibidas como una amenaza o deben ser rechazadas. En términos generales, podemos decir que un “buen musulmán” es alguien que se ajusta a la lógica de la modernidad, el liberalismo y la occidentalización.

El “buen musulmán” también concibe el islam como una creencia y, por supuesto, como algo que no tiene nada que ver con la política. No se quiere decir que Omán funcione como el paradigma del “buen musulmán” en sentido estricto, como, por ejemplo, lo hacen los Emiratos o Arabia Saudí. El sultanato, como se ha visto, mantiene una política independiente y neutral, pero nunca ha sido visto por Estados Unidos como un país “rebelde” o “desobediente”, como sí lo está Irán. Lo relevante es que un país como Omán, que no ha dado problemas en sentido político o geopolítico a Occidente, puede ser amenazado por segunda vez cuando se aleja demasiado de lo que Estados Unidos considera aceptable.

Es decir: la división que parecía rígida y no dialéctica entre el “buen” y el “mal” musulmán, y que parecía dar garantías a aquellas poblaciones y países catalogados como “buenos musulmanes”, colapsa al más mínimo movimiento que los aleje de los deseos de Estados Unidos. Las etiquetas funcionan hasta cierto punto, tal y como se ha visto. Funcionan de manera provisional, siempre sujetas a la “obediencia” o al respeto a las normas liberales. Es decir, es Occidente quien reparte las etiquetas de “buen” y “mal” musulmán, dependiendo de sus propios intereses y sus propias narrativas políticas.

Y siempre mantiene la capacidad de retirar, modificar y reetiquetar de manera diferente. Aceptar el marco del “buen” y “mal” musulmán implica, por tanto, estar siempre en un estado de provisionalidad, estar en un mundo sin seguridad, a merced de los caprichos políticos de otros. Al convertir a los musulmanes en amigos mediante la islamofilia o en enemigos mediante la islamofobia, la dicotomía entre el “buen musulmán” y el “mal musulmán” constituye un discurso y una función del poder que deben ser reconceptualizados para dar cuenta de la longue durée de la colonialidad y de la persistencia de los órdenes antimusulmanes. La condición de musulmanidad es la que hace difícil habitar un mundo propio, más o menos seguro.

Habitar, como explica el filósofo alemán Heidegger, “es la manera en que los mortales están sobre la tierra”. Implica no solamente vivir, sino hacerlo desde una gramática propia, sin estar continuamente sujeto a los caprichos o las frustraciones de un Otro. La guerra con Irán ha servido no solo para dar comienzo al momento post-estadounidense, sino también para hacer evidentes las herramientas discursivas de un hegemón en decadencia.