“Esto no va de morir por Mou, sino de morir por el Real Madrid”, vino a decir Mourinho en la previa del estreno oficial del conjunto blanco ante el Espanyol. La expectación era máxima en torno al regreso del técnico portugués a LaLiga. Trece años después de su partida, el luso ha aterrizado en un Madrid deprimido que acumula dos temporadas en blanco a merced de un Barça de Flick que, ya con Lamine y ahora con Rodri, amenaza con imponer una tiranía incontestable en el fútbol español mientras persigue el sueño de la Champions 12 años después. Ya en la primera jornada, un Madrid a medio hacer las pasó canutas para sumar los tres puntos ante un corajudo Espanyol sostenido por Dmitrovic.
Pero donde no llegaron las estrellas, lo hizo el recién llegado más inesperado: Carlos Espí. Su fichaje relámpago cocinado en solo unas horas pilló a todo el mundo con el pie cambiado y sobre el verde del RCDE Stadium nadie lo vio venir. Vini, Diomande y Mbappé atraían todas las atenciones y Espí se llevó el gato al agua. La celebración de todo el banquillo da buena cuenta de lo necesitado que está de alegrías este Madrid en construcción.
Si el plan inicial no funciona, el Madrid de Mou se abraza al plan B. A la espera de que el Madrid sea el Madrid de Mou, el equipo blanco sigue siendo un conjunto deslavazado de estrellas incapaces de jugar a lo mismo dentro del terreno de juego. Vinicius sigue librando mil batallas por partido, Bellingham quiere ser el amo y señor de todas las parcelas del campo y Mbappé sigue dependiendo de su producción goleadora: si no marca, su aportación queda reducida casi a la nada. Y eso que el francés fue el delantero más activo en Cornellà-El Prat.
Los nuevos fichajes no tuvieron el impacto esperado salvo Konaté y Espí. El central galo jugó como si fuese un veterano y no un debutante y el delantero valenciano se disfrazó de héroe improvisado. En un Madrid que acabó con Vini, Diomande y Mbappé, quien encontró el gol fue Espí en el tiempo de descuento. De los otros debutantes, poco o nada.
Bernardo Silva no acabó de mezclar bien con Valverde en la medular y Dumfries pasó de puntillas por la banda derecha. Cucurella fue recibido con aplausos pero se le ve falto de ritmo y a Diomande le faltó el desparpajo que se le presuponía. Por el Madrid van pasando los entrenadores pero quien permanece inalterable al paso del tiempo es Vinicius. Ni la llegada de Mou ni su esperada renovación hasta 2032 han apaciguado el incorregible carácter del brasileño.
En el arranque se las tuvo primero con Omar y Calatrava (que le propinó una patadita sin venir a cuento) después dedicó algún gesto provocador a la grada y el respetable respondió entonando el ya tradicional “balón de playa, Vinicius balón de playa”. El gol de Bellingham en el minuto 8 fue un mazazo para el RCDE Stadium, pero el Madrid, lejos de aprovechar la inercia del resultado, dio un paso para potenciar la velocidad de Vinicius y Mbappé al contragolpe. Superadas las dudas iniciales, y calibrando la poca intensidad de su rival, el Espanyol dio un paso al frente y encontró el 1-1 en un golazo de Calatrava propiciado por la pasividad defensiva de los hombres de Mou, que observaron parsimoniosamente cómo el Espanyol movía el balón de lado a lado y el volante perico remataba a placer totalmente solo en el punto de penalti. Al Madrid, que empezó como un tiro, le sucedió lo que tantas otras veces: se fue enfangando sin remedio en el barro de Vinicius mientras cada uno hacía la guerra por su cuenta.
Al entrenador portugués se le llevaban los demonios en la banda. Se pasó casi todo el primer tiempo sentado en el banquillo pero el tanto del empate despertó su enfado y los jugadores del Madrid retomaron el hilo del partido de inmediato. En el asedio del segundo tiempo, el luso fue metiendo los cambios con cintura y precisión clínica: Abrió el campo con Diomande y Cucurella, puso un nueve puro y jugadores con buen pie a su alrededor. Al final, Espí hizo bueno el ansiado debut de Mourinho.