De chaval me encantaba esta peli que mezcla videojuego con ciencia ficción, que ha sido injustamente olvidada y a la que debemos mucho

De chaval me encantaba esta peli que mezcla videojuego con ciencia ficción, que ha sido injustamente olvidada y a la que debemos mucho

Hay películas que uno recuerda porque fueron grandes éxitos, otras porque marcaron una época y unas pocas porque, sencillamente, aparecieron en el momento adecuado de nuestra vida. Starfighter: la aventura comienza, más conocida por su título original, The Last Starfighter, pertenece a esa última categoría. Estrenada en 1984 y dirigida por Nick Castle, la película contaba algo que para un chaval que viviera entre películas de ciencia ficción y primitivos videojuegos de ATARI resultaba casi imposible de resistir: ¿y si ese videojuego al que dedicabas tardes enteras no fuese realmente un juego? ¿Y si tu habilidad con los mandos fuese en realidad una prueba para descubrir a los pilotos capaces de defender una galaxia? ¿Te suena El Juego de Ender? Esa es exactamente la premisa que pone a Alex Rogan, interpretado por Lance Guest, frente a una guerra espacial después de convertir su partida de Starfighter en mucho más que una simple partida de recreativa.

Lo interesante es que la película no se limitaba a utilizar los videojuegos como reclamo en una época en el que las recreativas estaban de moda y las primeras plataformas domésticas empezaban a instalarse en las casas, sino que convertía su propia lógica en parte del relato, muy en la línea de Tron. Alex vive en un parque de caravanas con su madre y su hermano, tiene una novia, un futuro bastante poco prometedor y una máquina recreativa que se convierte en su única puerta de salida. Hola, Ready Player One. El lore del juego funciona además como una especie de piedra de toque narrativa: Centauri, su misterioso creador, descubre que aquel adolescente tiene las habilidades necesarias para convertirse en un auténtico Starfighter.

Lo que para Alex era una sucesión de naves, enemigos, puntuaciones y reflejos pasa a convertirse en una guerra real contra Xur y la armada Ko-Dan. The Last Starfighter y la deuda con el pulp espacial Visto con la perspectiva que dan cuatro décadas, es fácil reducir The Last Starfighter a una película que intentaba aprovechar el éxito de Star Wars. Y sí, hay batallas espaciales, criaturas alienígenas, imperios, héroes improbables y una gigantesca nave enemiga que parece salida de aquel nuevo imaginario cinematográfico de George Lucas. Pero debajo de esa capa hay algo bastante más antiguo: la tradición de la space opera pulp que convirtió el espacio en un escenario para aventuras desmesuradas mucho antes de que George Lucas llevara su propia versión al cine.

Autores como E. E. Smith habían construido desde los años treinta y cuarenta historias de héroes cósmicos, guerras interplanetarias y civilizaciones enfrentadas que forman parte del ADN de este tipo de relato. La película de Castle recoge esa tradición y la pasa por el filtro de los años ochenta.

Alex no es exactamente un héroes espacial clásico, pero sí funciona como una versión adolescente del héroe elegido por las circunstancias, muy a los Luke Skywalker, mientras Grig ocupa el lugar del compañero alienígena y Centauri el del mentor misterioso. Incluso el planteamiento inicial tiene algo de cuento tradicional: Jonathan R. Betuel explicó que la idea nació después de entrar en un salón recreativo y observar a un niño jugando a un videojuego, mientras él mismo estaba leyendo El rey que fue y será de T. H.

White. La pregunta que se hizo fue qué ocurriría si un videojuego fuese una especie de espada en la piedra y una puntuación extraordinaria provocase una reacción en todo el universo. Ese planteamiento también ayuda a entender por qué la película encajaba tan bien con los cómics y la cultura popular de su época. Marvel había llevado a sus propias historias cósmicas buena parte de esa tradición pulp, y en 1984 incluso publicó una adaptación de The Last Starfighter en Marvel Super Special, obra de Bill Mantlo, Bret Blevins y Tony Salmons.

La película, por tanto, no apareció de la nada: fue uno de los puntos en los que varias generaciones de imaginación espacial se encontraron en un momento de máxima popularidad de todos sus ingredientes. El cine digital que estaba por llegar Hay otra razón por la que esta película merece ser recordada y que probablemente hoy damos por sentada: sus efectos visuales. The Last Starfighter pertenece, junto con Tron, a ese pequeño grupo de películas que demostraron que los ordenadores podían dejar de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una herramienta cinematográfica. Tron había abierto esa puerta en 1982, pero dos años después Castle y el equipo de Digital Productions la llevaron más lejos al utilizar gráficos generados por ordenador para representar naves, escenarios y batallas espaciales.

En lugar de construir cada nave como una maqueta física, buena parte de ese universo podía existir directamente dentro de un ordenador. Ahora nos parecen de lo más rudimentario, pero a principios de los años 80 eran unos efectos especiales de locura… Raros, pero de locura. La dimensión del experimento resulta todavía más sorprendente vista desde hoy. Digital Productions generó alrededor de 27 minutos de efectos para la película mediante un superordenador Cray X-MP, con aproximadamente 300 escenas que contenían gráficos por ordenador.

Cada fotograma podía contener una cantidad enorme de polígonos para la tecnología de la época y el estudio calculaba que aquella animación podía reducir tanto los tiempos como los costes respecto a determinados efectos tradicionales. No estamos hablando todavía del CGI invisible que terminaría dominando Hollywood a partir de PArque Jurásico o Terminator-2 una década después, sino de imágenes claramente digitales, geométricas y reconocibles como tales. Precisamente por eso tienen tanto encanto: son la fotografía de un momento en el que el cine todavía estaba descubriendo qué podía hacer con una herramienta que hoy consideramos imprescindible. Y ahí está su auténtico carácter de película bisagra.

The Last Starfighter conserva el espíritu artesanal de la aventura espacial clásica, con decorados, maquillaje, vehículos físicos y criaturas construidas mediante efectos tradicionales, mientras utiliza el ordenador para representar aquello que habría resultado extraordinariamente caros mediante técnicas anteriores. El propio Starcar, diseñado por Gene Winfield, era un vehículo real basado en sus trabajos para Blade Runner, mientras las naves espaciales podían existir simultáneamente como diseños físicos e imágenes digitales. Ese modelo sigue siendo el que se usa a día de hoy en Hollywood. Una película que hablaba el idioma de las recreativas En España, además, llegó con un ingrediente que la hacía especialmente reconocible para una generación que había crecido viendo Star Wars y jugando a las máquinas recreativas.

Su título fue Starfighter: la aventura comienza y su estreno comercial en nuestro país se produjo el 5 de julio de 1985, prácticamente un año después de su llegada a Estados Unidos. Esa diferencia temporal contribuyó a que se asentaran en la imaginación de los chavales otros fenómenos culturales, como Star Wars, que tras el estreno de El Retorno del Jedi había dejado a sus fans hambrientos de toda película que se pareciera mínimamente. ¿Qué ocurriría si un videojuego fuese una especie de espada en la piedra y una puntuación extraordinaria provocase una reacción en todo el universo? No hace falta convertir esa experiencia en una leyenda imposible de demostrar para entender por qué terminó adquiriendo una dimensión de culto. En junio de 1991, El País la recuperaba para la programación de Canal+, describiéndola como una película de aventuras agradable y amena y destacando precisamente la combinación entre extraterrestres y máquinas de videojuegos.

Aquella presencia posterior resulta significativa porque The Last Starfighter no necesitó convertirse en un fenómeno masivo para sobrevivir: le bastó con encontrar espectadores que recordasen aquella extraña sensación de que el videojuego que tenían delante podía ser la puerta hacia algo mucho más grande. Y quizá por eso su historia en España se entiende mejor como la de una película de culto que como la de un fracaso. No fue Star Wars, nunca tuvo detrás una maquinaria de franquicia comparable y tampoco disfrutó de una secuela cinematográfica que mantuviera su nombre circulando durante décadas. Pero sí dejó una huella particular entre quienes descubrieron en ella una combinación que parecía diseñada para sus intereses: videojuegos, naves espaciales, monstruos, adolescentes y la promesa de que alguien aparentemente insignificante podía resultar imprescindible.

Incluso hoy, el título conserva esa identidad gracias a una comunidad de fans que se niega a dejarlo desaparecer. Este mismo fin de semana, y de la mano del próximo estreno cinematográfico de la saga de George Lucas, Star Wars: Starfighter, yo mismo he pasado un buen rato hablando de ella con los amigos. La novela iniciática galáctica que Hollywood quiso olvidar Lo más bonito de The Last Starfighter, sin embargo, no está en sus polígonos ni en la nostalgia por los arcades. Está en Alex.

Porque debajo de todas esas batallas hay una historia muy sencilla sobre un adolescente que cree que su vida no va a ninguna parte y descubre que el mundo es muchísimo más grande de lo que imaginaba. La beca que no consigue, la vida que quiere abandonar, su relación con Maggie y la responsabilidad que le cae encima convierten el viaje espacial en una historia de iniciación. Alex no quiere ser un héroe al principio; de hecho, intenta volver a casa cuando comprende lo que está ocurriendo. Era la fantasía perfecta para una generación que empezaba a entender que los videojuegos podían ser algo más que juguetes El esquema básico de esa historia lo has visto mil veces, es ese viaje del héroe del que hablaba el mitólogo Joseph Campbel, y ahí es donde la película conecta con otras historias de jóvenes elegidos que aparecieron alrededor de aquellos años.

El Juego de Ender llegaría en forma de novela en 1985, prácticamente pegada en el calendario (lo que invita a hacerle algunas preguntas a Orson Scott Card; Starman compartía también con ella el gusto por colocar lo extraordinario en contacto con una vida cotidiana reconocible. Pero The Last Starfighter tenía una particularidad: convertía la competencia del videojuego en una prueba de aptitud para una aventura cósmica. Era, en cierto modo, la fantasía perfecta para una generación que empezaba a entender que los videojuegos podían ser algo más que juguetes. Por eso resulta un poco injusto que haya quedado relegada a la categoría de curiosidad ochentera.

La crítica de su época ya detectó sus virtudes y sus limitaciones: Variety destacó su argumento sencillo pero ingenioso, el ritmo de la acción y el encanto de sus personajes, mientras que Gene Siskel llegó a considerarla la mejor de las imitadoras de Star Wars. Rotten Tomatoes conserva actualmente un 76 % de aprobación a partir de 90 críticas, y con el paso del tiempo la película ha desarrollado precisamente aquello que muchas producciones mucho más grandes no consiguieron: una auténtica condición de clásico de culto. Quizá Hollywood no la olvidó exactamente, pero sí dejó que el tiempo la apartase del foco de atención social mientras otras franquicias crecían hasta convertirse en gigantes culturales. Hubo intentos de continuarla, desde proyectos anunciados a partir de 2008 hasta propuestas posteriores de Gary Whitta y Jonathan R.

Betuel, que llegaron a plantear una combinación de secuela y reinicio y hasta generaron un concepto titulado The Last Starfighters. En 2021 incluso se presentó un concept reel con diseños de Matt Allsopp y música de Chris Tilton y Craig Safan. Y resulta revelador que, más de cuatro décadas después, la historia haya seguido encontrando nuevas formas de continuar, incluso en cómic, señal de que aquel viejo sueño todavía tiene seguidores. Con todo, no ha encontrado el apoyo suficiente como para confiar en un desarrollo real y ambicioso.

The Last Starfighter es una vieja película que llegó demasiado pronto para convertirse en lo que hoy llamaríamos una franquicia Porque al final quizá eso sea The Last Starfighter: una vieja película que llegó demasiado pronto para convertirse en lo que hoy llamaríamos una franquicia. Fue una aventura espacial de la vieja escuela contada con una tecnología que todavía estaba dando sus primeros pasos, y también una película sobre videojuegos cuando Hollywood aún no sabía muy bien qué hacer con ellos. Para quienes la descubrimos de chavales, eso era suficiente. Quizá no necesitábamos que fuese la nueva Star Wars.

Nos bastaba con saber que, al otro lado de aquella máquina recreativa, podía existir una galaxia entera esperando a que alguien consiguiera la puntuación más alta. Hazte hueco en el sofá: Llega el club que tu lado más fan necesitaba ¡Prepara tu bol de snacks porque en 3DJuegos nos ponemos en modo seriéfilo! Acabamos de lanzar Sofá y Palomitas, nuestro nuevo rincón de cultura pop en Instagram para los amantes del cine, las series y la cultura pop. Aquí compartimos impresiones en caliente, teorías, análisis de los estrenos más comentados y también curiosidades de los grandes clásicos.

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