Entrar en esta casa no consiste solamente en cruzar una puerta. También significa abrir un periódico de hace un siglo. En el escritorio todavía puede leerse la cobertura del vuelo transatlántico de Charles Lindbergh. El mueble de la radio habla de la campaña presidencial de Herbert Hoover.
Un reloj de pie reúne publicaciones procedentes de las capitales de los 48 estados que entonces componían Estados Unidos. Alaska y Hawái no aparecen porque todavía no se habían incorporado al país. Todo forma parte de la Paper House, una pequeña vivienda levantada en Rockport, Massachusetts , con aproximadamente 100.000 periódicos. Su creador utilizó un material pensado para desaparecer al terminar el día y lo convirtió en paredes, mesas, sillas, lámparas, cortinas y estanterías que continúan existiendo más de cien años después.
La casa comenzó con una pregunta bastante sencilla © Flickr / misterbisson. Elis F. Stenman era un ingeniero mecánico de Cambridge que diseñaba maquinaria para fabricar clips y dedicaba parte de su tiempo a experimentar con inventos domésticos. En 1922 comenzó a construir una casa de verano para él y su esposa, Esther.
El proyecto arrancó de manera completamente convencional. La vivienda tenía un esqueleto, un suelo y un tejado de madera. Cuando llegó el momento de completar las paredes, Stenman decidió utilizar periódicos viejos como aislamiento. Su plan inicial era cubrir después el material con tablones, como en cualquier otra casa de Nueva Inglaterra.
Sin embargo, el papel prensado quedó tan duro que decidió dejarlo visible y comprobar cuánto tiempo podía resistir. “Era curioso. Quería ver qué le ocurriría al papel”, explicó décadas después su sobrina nieta Edna Beaudoin en una entrevista conservada por la propia Paper House. La casa quedó terminada hacia 1924. En ese momento, Stenman había convertido una vivienda de verano en un experimento de durabilidad sin fecha de finalización. 215 capas y un pegamento con pieles de manzana © Flickr / misterbisson.
Las paredes no están formadas por periódicos sueltos. Cada panel contiene alrededor de 215 capas prensadas hasta alcanzar aproximadamente 2,5 centímetros de grosor. Para unirlas, Stenman preparaba un pegamento casero compuesto principalmente por harina y agua. También añadía sustancias pegajosas que tenía a mano, entre ellas pieles de manzana.
Después cubría la superficie exterior con varias capas de barniz marino para mantener alejada la humedad. La combinación resultó mucho más resistente de lo esperado. Tanto que, una vez terminadas las paredes, el ingeniero comenzó a fabricar los muebles. Enrollaba los periódicos hasta convertirlos en pequeños cilindros rígidos, los cortaba a distintas medidas y los unía con pegamento o clavos.
El resultado fue un comedor, escritorios, mesas, sillas, estantes, lámparas y un reloj. El piano es auténtico y solo está revestido con papel, mientras que la chimenea fue construida con ladrillos por razones bastante evidentes. Pese a su nombre, el edificio tampoco se sostiene únicamente gracias a los periódicos. La madera soporta la estructura principal.
El papel actúa como cerramiento, aislante y materia prima del mobiliario, una distinción que ayuda a explicar su extraordinaria supervivencia. Según Smithsonian Magazine , vecinos y amigos entregaron buena parte de los periódicos utilizados. Stenman transformó así el desperdicio cotidiano de toda una comunidad en material de construcción. Una casa que debe conservarse sin dejar de ser legible © Flickr / misterbisson.
El barniz exterior ha tenido que renovarse periódicamente. También ayudó el gran porche añadido durante los años treinta, cuyo techo protege las zonas más vulnerables frente a la lluvia y la nieve de Massachusetts. En el interior ocurre algo curioso: aplicar demasiado barniz oscurecería las hojas e impediría leerlas. Por eso la familia intenta mantener un equilibrio entre proteger el papel y conservar visibles los textos.
Los Stenman utilizaron la vivienda hasta 1930. Para entonces, la noticia de la casa de periódicos ya había atraído visitantes. Con el tiempo se convirtió en un museo familiar, hoy atendido por Edna Beaudoin, quien vive en la propiedad contigua y continúa abriéndolo durante varios meses del año, según Harvard Magazine. Las páginas amarillean, algunos bordes se desgastan y las noticias se vuelven más frágiles.
Sin embargo, la paradoja permanece intacta: Stenman tomó miles de objetos fabricados para perder su valor en 24 horas y construyó con ellos algo capaz de sobrevivir durante generaciones.