SAN JACINTO Y SUS COMBATES DEL 5 Y 14 DE SEPTIEMBRE DE 1856 Jorge Eduardo Arellano Las armas de Walker habían sido completamente derrotadas en San Jacinto, donde perdió a la flor de sus voluntarios a manos de los legitimistas. Antonino de Barruel: “Para la historia”. (Gaceta Oficial, San José, Costa Rica, núm. 130, lunes 2 de septiembre de 1861, p. 3). SAN JACINTO fue el resultado de seis meses de resistencia del Ejército del Septentrión al filibusterismo. Organizado por los generales Tomás Martínez y Fernando Chamorro en el Norte del país, sus oficiales legitimistas declararon en Matagalpa —el 20 de abril de 1856—, estar dispuestos a sostener, hasta derramar la última gota de sangre, la independencia nacional. ¡Antes que Gettysburg!
Quienes ignoran este origen inmediato no ubican correctamente la memorable batalla, que no lo fue en términos específicos, y quizás no llegue siquiera a categoría de combate, según Adolfo Ortega Díaz en artículo de 1928; pero fue la primera jornada que se ganó en América contra la esclavitud: ¡está antes que Gettysburg! (la batalla ganada por Abraham Lincoln del 1º al 3 de julio de 1863, en la cual el Ejército Federal derrotó al de la Confederación del Sur de los Estados Unidos, constituyendo una derrota determinante del esclavismo). De manera que San Jacinto, no obstante su ínfima dimensión, la precede. Me quedo y gobierno, señor Mas, para contextualizarla en su momento histórico preciso, es necesario recordar que el 12 de junio del 56 el presidente provisorio Patricio Rivas (al frente nominal del gobierno de coalición controlado por William Walker desde el 23 de octubre de 1855) destituyó al filibustero. Frederick Rosengarten narra este diálogo significativo: El país ––expresó Rivas a Walker–– está destruido.
Usted se está apoderando del gobierno y nombra a funcionarios incompetentes que no hablan nuestro idioma, ni conocen nuestras leyes. No podemos permitir la confiscación de propiedades. Eso solo acarrea enemigos. Con esa política es imposible que haya paz.
A usted no se le necesita más aquí. Su presencia nos perjudica. El poder que lo trajo aquí, colocándolo a nuestro lado, puede también eliminarlo. Es necesario, señor general, que licencie sus tropas y se vaya. ––Páguele a mis soldados ––respondió calmadamente, pero con firmeza, Walker. ––Les pagaré su sueldo completo, pero usted debe salir del país.
Va a pagársele a todos, pero todo americano hostil debe salir. El rostro del filibustero se ensombreció. Con gesto arrogante adelantó un paso, sacó su revolver y sacudiéndolo en la cara al Presidente Rivas respondió: ––Me quedo y gobierno, señor. Obligado a firmar por el filibustero el 10 de junio de 1856 un decreto convocando a elecciones, don Patricio huyó de León a Chinandega y su gobierno fue reconocido por los de Guatemala, El Salvador y Honduras, quienes lo respaldaron enviando a León sus ejércitos Walker entonces se vio libre para iniciar su proyecto esclavista.
O sea: convertir a Centroamérica en un territorio al servicio de la causa del Sur. De ahí que haya llegado a visitarle y a auxiliarle el 20 de agosto de 1856 Pierre Soulé —Senador del Estado de Louisiana—, considerado —según un periódico hispanoamericano— campeón perdurable de la anexión de Cuba para aumentar el número de los Estados Libres en que se hiciera eterna la esclavitud. Five or None! El 12 de julio del mismo 56, como es sabido, Walker había tomado posesión de su presidencia espuria y no por casualidad la bandera de Nicaragua, enarbolada por sus fuerzas, fue sustituida por una nueva.
En ella la franja blanca era más el doble de ancho que las azules y, en vez del viejo escudo federal con cinco volcanes y la leyenda Dios, Unión, Libertad, llevaba una estrella roja de cinco puntas. Aludía dicha estrella a las cinco repúblicas centroamericanas, ya que el lema walkerista era Five or None! (¡Cinco o ninguna!). Muerte de Ubaldo Herrera En los últimos días de julio una partida de 60 hombres —entre soldados filibusteros y mozos de campo, a las órdenes de Ubaldo Herrera, al servicio de Walker— merodeaban en las haciendas a orillas del Lago de Managua para proveer de bestias y reses al ejército filibustero. Volvían desprevenidos arriando los animales robados cuando un grupo de 25 sabaneros legitimistas (comandados por Julián Urbina y Domingo Salgado) los atacó de improviso en la hacienda San Benito, echando al aire sus sogas.
Herrera y seis filibusteros fueron lazados y muertos el 2 de agosto. Cunaguás Siete días después ––el 9 de agosto de 1856–– un representante de las clases populares, el capitán Dámaso Rivera, dirigía la poca conocida refriega de Cunaguás, en la jurisdicción de Acoyapa, consistente en una carga a la bayoneta contra una banda de filibusteros desertores, encabezada por el capitán Andrew J. Turley. Veintiuno fueron los muertos.
Y Rivera, al final del parte de guerra, arengó: Es impotente el filibustero en presencia del soldado de la patria. Atacad, nicaragüenses; una fe mercenaria poco da que temer el valor. Por victoria hallará el escarmiento, y su triunfo será el deshonor. Rivera combatía en las filas legitimistas.
El combate del 5 de septiembre Sin el contexto anterior no se puede comprender la batalla de San Jacinto el domingo 14 de septiembre de 1856, precedida de un primer rechazo el viernes 5 del mismo mes a unos 40 filibusteros. Estos, dejando seis muertos en el campo, se llevaron sus heridos. Dos horas y media de fuego duró esa acción en la que los atacantes abandonaron armas, cantidades de municiones y otros pertrechos. En su parte oficial, el coronel José Dolores Estrada refirió desde San Jacinto ––desplazado allí para impedir el merodeo filibustero–– que en su huida los atacantes dejaron quince rifles, muchas paradas, cuatro espadas, un botiquín con su correspondiente repuesto de medicinas, un estuche de cirugía, quince bestias mulares y otras tantas caballares con sus correspondientes monturas, diez botes de latas y otros muebles de menos importancia como chamarras, gorras, sombreros, cuchillos, espuelas, botas y pistolas descompuestas.
Los defensores sufrieron un muerto (el cabo primero Justo Rocha, de Managua) y tres heridos (entre ellos “el bravo capitán Carlos Alegría” y el joven oficial ayudante Abelardo Vega, ambos de Masaya). El coronel Edmund H. McDonald comandaba la fuerza walkerista. Su destacamento con otros de las compañías A, B y C del Segundo Batallón de Rifleros [120 soldados en total], recorrían ––desde el 2 de agosto–– la zona de Tipitapa y Chontales.
Y el 29 del mismo mes Byron Cole había salido de Granada con un cuarto contingente de 50 montados, con órdenes de aplastar a los “renegados nicaragüenses”. Habiendo reconcentrado a casi todos sus soldados dentro de la hacienda, las pérdidas del coronel José Dolores Estrada fueron mínimas. En su auxilio, el 11 llegó a San Jacinto a pie un contingente de indios con arcos y flechas procedentes de Matagalpa, al mando del capitán Francisco Sacasa [Bermúdez]; pero no quedó prueba documental de que hayan participado en la acción, excepto su jefe. A este, Juan Iribarren (1827-1864) dedicó el soneto subtitulado “Al joven Francisco Sacasa, muerto de una herida recibida el 14 de septiembre de 1856, después de haber peleado como un bravo en la Plaza de Granada en 1854 y de haber sido herido allí en dos ocasiones”.
Concluían los últimos seis versos: Una página de oro en nuestra historia / reclama tu espada vencedora, / y debía un laurel de eterna gloria // tus sienes coronar en tu última hora. / Disputando tu patria al extranjero / exhalaste tu aliento postrimero. Desde el 12 de septiembre los filibusteros organizaron en Granada otra expedición a San Jacinto. En su libro La Guerra en Nicaragua (1860) Walker afirmó: “La presencia del enemigo en San Jacinto era un inconveniente serio para el abastecimiento de víveres, y cuando fue conocida en Granada, un gran número se presentó para ir a desalojar a los Legitimistas en la casa que ocupaban. El estado de los caminos —especifica— hacía imposible enviar contra San Jacinto, aún cuando hubiese, las balas y bombas necesarias para emplear con provecho un cañón contra adobes”.
Al respecto, Fabio Carnevalini, en su traducción de La Guerra en Nicaragua, anota que Walker hizo aparecer tan débil y desorganizada su fuerza que envió a San Jacinto “para esconder a los ojos de los habitantes del Sur, cuyas simpatías pensaba emplear para una nueva expedición a Nicaragua, la importancia de la terrible derrota sufrida por sus tropas en San Jacinto”. De día fatal para su causa calificó el filibustero el 14 de septiembre del 56. Incorporación de Byron Cole En Tipitapa, la mañana del 13, se incorporó el coronel Byron Cole, a quien le ofrecieron el mando con Wiley Marshall de subjefe. Cole había recorrido varios lugares de Chontales con el objeto de conseguir ganado para el ejército walkerista.
Por lo menos 65 filibusteros llegaron a las 5 de la mañana, deteniéndose unos momentos para disponer el plan de ataque. Este tuvo dos momentos: el primero de tanteo por las tres columnas —dirigidas por los oficiales Calvin O'Neal (mayor), Lewis T. Watkins (capitán) y Robert Milligan (teniente)—; y el segundo de penetración por el punto vulnerable: la trinchera del lado izquierdo de los defensores. Estos se organizaron también en tres grupos, aprovechando las características del sitio y rechazando tres veces la embestida; a la cuarta, Estrada concibió un efectivo movimiento envolvente (o a la retaguardia de los invasores) enviando a Bartolo Sandoval, Liberato Cisne, José Siero, Tomás Fonseca y Juan Estrada con 17 hombres, detrás de la Casa-hacienda, para atacar sorpresivamente a la bayoneta.
Los potros de la victoria A ello se sumó la estampida de caballos, al servicio de los soldados de San Jacinto, que determinaron la fuga de los atacantes: al oír el tropel de los cascos, los filibusteros creyeron que les caía encima una caballería enemiga. Al respecto, el mismo Walker en su libro La Guerra de Nicaragua (1860), reconoció su derrota: Casi simultáneamente, y cuando las tropas se encontraban a pocas varas de la casa-hacienda, todos los jefes y casi un tercio de las fuerzas quedaron muertos y heridos. Entonces los demás, viendo que ya nada podía hacerse, retrocedieron y se retiraron en forma irregular y desordenada. En soldados como los que tenía McDonald en Tipitapa, la llegada de los derrotados causó un efecto alarmante.
Fue tal el pánico que destruyeron el puente del río para que no lo aprovechase el enemigo […] La noticia de la defensa de San Jacinto alentó mucho a los Aliados. Trascendencia de San Jacinto Dos días después de la segunda acción de San Jacinto, el jefe de los filibusteros e iniciador del movimiento esclavista en Nicaragua, Byron Cole, fue capturado en la hacienda de San Ildefonso, a cuatro leguas de San Jacinto y colgado de un árbol por el cabo primero Faustino Salmerón. Charles Callahan, corresponsal de El Picayune de Nueva Orleans, fue visto por última vez, herido y exhausto. Marshall y Milligan también murieron.
O'Neal y Watkins salieron heridos. San Jacinto ––reconoció Ricardo Fernández Guardia, historiador costarricense, en 1924–– tuvo una inmensa resonancia en Nicaragua; no obstante la cortedad numérica de las fuerzas que en él tomaron parte, contribuyó a desalentar a los filibusteros y a dar ánimo a los centroamericanos. Muy anteriormente, José D. Gámez lo había señalado, agregando que dicho combate dio el convencimiento de que los filibusteros no eran invencibles.
Por su parte, el historiador mexicano Ernesto de la Torre Villar confirmó en septiembre de 1956: "La batalla de San Jacinto, ganada por el coronel José Dolores Estrada, significó el deseo de vencer y de ser libre en un pueblo sometido". En realidad, el encuentro bélico fue desigual entre los patriotas con fusiles de chispa y los invasores del Destino Manifiesto con sus rifles de repetición Mississippi y revólveres Colt; superioridad de las armas que fue desvirtuada por el ardor patriótico y la habilidad táctica de los nicaragüenses. Testimonio del filibustero Bell Cinco horas había durado el combate: de las siete a las once de la mañana. Y en ella se destacó Andrés Castro, valiente sargento primero, quien mató de una pedrada al filibustero Isidore Peilson, mientras este saltaba una trinchera.
El filibustero Horacio Bell, quien atendió en Tipitapa a los derrotados, narró en sus Memorias que sus camaradas cayeron el 14, abatidos por decenas y veintenas y dejaron el campo cubierto de cadáveres. Los sobrevivientes, con algunos heridos, corrieron en busca de sus caballos que habían amarrado bajo unos árboles, y apenas tuvieron tiempo de montarse cuando los soldados de Martínez [al mando de Estrada] los iban persiguiendo. Wiley Marshall iba con una pierna destrozada, pero lo subieron a la montura y cabalgó 18 millas a galope tendido con la canilla meciéndose en el aire solo para ir a morir a Tipitapa. Y añade Bell: Mi amigo Watkins fue uno de los heridos.
Fue un desastre terrible. Los enfermos y heridos de las dos expediciones se refugiaron en la iglesia de Tipitapa convertida en fortaleza, y vuestro narrador fue el encargado de enterrar a los muertos, de enviar los heridos a Granada y de sostener el punto hasta que se evacuaron los restos de las despedazadas expediciones. Según El Nicaraguense, semanario walkerista (en su edición 46, p. 2, del sábado 20 de septiembre), los filibusteros que tomaron parte en la batalla fueron 64 e incluían un coronel (Byron Cole), un mayor, cinco capitanes, siete tenientes, dos sargentos, un cabo, dos médicos (Dickson y Royaton), un native boy (ayudante del doctor Royaton), un agrimensor y un músico o corneta (W. A.
Sawer). También enumera siete heridos (el capitán Will Morris, los tenientes Crowell y Musgrave, más los voluntarios Dan Flowery, J. Rogers, Erasmus Norton y Chas Fisher). El parte oficial de Estrada En su parte oficial, el comandante de la División Vanguardia y de Operaciones del Ejército del Septentrión, coronel José Dolores Estrada, afirmó el propio 14 de septiembre: Yo me congratulo al participar el triunfo adquirido en este día sobre los aventureros.
Doce muertos tuvieron los atacantes (más 12 heridos y 3 desaparecidos) contra cincuenta y uno de los defensores. Añadía Estrada: Se le tomaron, además, 20 bestias, entre ellas algunas bien aperadas (…); 25 pistolas de cilindro [revólveres Colt] y hasta ahora se han recogido 37 rifles [Mississippi], 47 paradas, fuera de buenas chamarras de color, una buena capa, sombreros, gorras y varios papeles que se remiten. Dicho parte ––en palabras de Luis Alberto Cabrales–– “es un documento revelador del carácter austero y modesto de su autor. No hay en él una sola expresión de vanagloria personal.
Todo el mérito lo hace recaer sobre sus oficiales para quienes tiene los mejores elogios. Para él, nada”. Entre otros, los nombres gloriosos de quienes combatieron en San Jacinto, al lado del coronel Estrada, fueron un teniente coronel (Patricio Centeno), cinco capitanes (Bartolo Sandoval, Liberato Cisne, Francisco Sacasa, Carlos Alegría y Francisco de Dios Avilés), cinco tenientes (Miguel Vélez, Adán Solís, Alejandro Eva, Manuel Marenco y José Siero), un subteniente (Juan Fonseca), cinco sargentos primeros (Andrés Castro, Macedonio García, Francisco Estrada, Vicente Vijil y Francisco Gómez, quien pereció tratando de dar alcance a los fugitivos), dos cabos primeros (Julián Artola y Faustino Salmerón), más dos rasos (Basilio Lezama y Espiridión Galeano). San Jacinto cantado por Salomón de la Selva La hacienda ganadera de San Jacinto había sido confiscada por el usurpador a sus propietarios: Miguel Bolaños y hermanos.
Y el acontecimiento bélico significó el inicio del fin de la intrusión del filibusterismo esclavista en Centroamérica, además de ser cantada muy pronto por nuestros poetas. Salomón de la Selva (1893-1959) fue uno de ellos: También en San Jacinto, en Nicaragua / (¡la dulce tierra que inventó Darío / y desde entonces vive de poesía!) / un día de septiembre de impecable gloria / (como la de Junín, como la de Maipú, como la de Ayacucho) / pudo el valor de un pueblo débil, consagrado / a la más alta esencia de los libres, / derrotar al esclavista rubio / que atentaba también contra Sonora / desde entonces en toda nuestra América / hemos sabido repulsar con las armas / al invasor: nunca nos ha vencido / en limpia lucha, sino solo en treta de Caínes. Comparte Síguenos