Iba a ser un artículo sobre el “mejor bocadillo de jamón del mundo” de Dabiz Muñoz, pero me ha parecido demasiado caro hasta para escribir sobre él

Iba a ser un artículo sobre el “mejor bocadillo de jamón del mundo” de Dabiz Muñoz, pero me ha parecido demasiado caro hasta para escribir sobre él

Comer en el aeropuerto es una estafa, pero a diferencia de otra clase de robos, todos lo aceptamos sin rechistar. Es el orden natural de las cosas. No tendría por qué ser así. Al fin y al cabo, los aeropuertos, al menos en España, son espacios gestionados por una empresa pública y no hay ninguna razón real por la que comerse un bocadillo dentro de una terminal sea más caro que hacerlo fuera.

Pero, a sabiendas de que un espacio por el que transitan a diario miles de personas es un buen negocio, se ha montado todo un entramado de licencias y compraventa de espacios que hacen que todo cueste el doble -si no el tripe- que al otro lado de la verja. Teniendo en cuenta que el aeropuerto garantiza la afluencia constante y masiva de clientes obligados a comer allí, no es tan atrevido soñar con concesiones públicas como las que hay en universidades o centros de trabajo públicos, con precios justos fijados por contrato. Pero en vez de eso tenemos un bocadillo de jamón que me cabe en la palma de la mano, recién sacado de su sobre envasado al vacío, por 18,95 euros. Es lo que cuesta el autoproclamado “mejor bocadillo de jamón del mundo”, la novedad más reciente de la carta del Hungry Club, el restaurante de aeropuerto de Dabiz Muñoz, chef del triestrellado Diverxo.

Inaugurado hace ya dos años, hoy cuenta con varios establecimientos en los aeropuertos de Barcelona, Madrid y Málaga. Entre su oferta, sándwiches calientes a entre 14 y 17 euros, perritos calientes a 13 euros o platos de ramen o fideos asiáticos a 20 euros. Ese bocadillo es un mondadientes Iba yo decidido a comerme el “mejor bocadillo de jamón del mundo”, al menos para ver qué le habían echado -además del muy reputado jamón Joselito- para sostener tamaña afirmación, pero se me quitaron las ganas al ver que se lo traían a mi compañero de barra, al que le pedí amablemente que me dejara hacer una foto. El bocadillo es sorprendentemente pequeño.

Mide en torno a 15 cm de largo, por tres de ancho. Pero lo peor de todo es que el jamón, que se promociona como “cortado a cuchillo”, se ve claramente recién sacado de un sobre de envasado al vacío. En el aeropuerto hay cadenas que te cobran entre 12 y 15 euros por un bocata más grande y con una persona cortando el jamón a la vista. Además del pan y el jamón, el bocadillo tiene una especie de aliño, “secreto del chef”, que no sabemos si justifica los 18,50 euros.

Tras ver que con ese bocadillo me iba a quedar con hambre, intenté pedir un ramen, pero no les quedaba pasta -y eso que eran las 14 horas de un martes-, así que me quedé con las ganas. Por recomendación del camarero, pedí un bikini de pollo spicy (16,25 euros). Si te pides una cerveza, que cuesta 4,50 euros (30cl), te sale a cuenta pedir el menú de 17,95 euros, que además de la bebida incluye unas patatas fritas. Supuestamente están “diseñadas” por Dabiz Muñoz, pero a mi me parecieron unas patatas chips exactamente iguales a las que comercializa su fabricante, San Nicasio, que por obligación figura en el envase.

Si algo hay que decir a favor de Hungry Club es que es muy rápido. En solo unos minutos tenía mi sándwich, que me comí en cuatro bocados. Toda la comida está ya casi lista para consumir. No hay cocina como tal, los camareros se limitan a regenerar los alimentos envasados.

El negocio es redondo; la comida, como casi todo lo precocinado, aceptable sin más. El sándwich, ligeramente picante, estaba jugoso, pero jamás en la vida me volvería a gastar lo que cuesta. Me quedé con ganas de probar el ramen, pero no tengo claro que vuelva para comprobar si está bueno. Con tamaña sableada, casi prefiero ir al Burger King: allí al menos hay gente cocinando.

Imágenes | Miguel Ayuso