La psicología dice que los niños de los años 90 que jugaron a Game Boy en el coche entrenaron una habilidad que las nuevas generaciones han perdido

La psicología dice que los niños de los años 90 que jugaron a Game Boy en el coche entrenaron una habilidad que las nuevas generaciones han perdido

Jugar con la Game Boy en el coche era lo más habitual cuando éramos niños en los años 90. En unos viajes previos a las grandes autopistas, ir a cualquier lado era algo que se hacía eterno, así que ponerte a jugar terminaba siendo la opción más recomendable para dejar correr el tiempo. Lamentablemente para tu yo del pasado, aquello suponía enfrentarte a tres jefes finales a la vez. El primero eran las pilas, que podían terminar en cualquier momento y dejarte completamente vendido sin partida guardada o nada que se le pareciese mínimamente.

El segundo era tu madre diciendo que te ibas a quedar ciego forzando la vista y recordándote constantemente el vicio que tenías. Aún quedaba el peor. Los niños de los años 90 tienen una habilidad más desarrollada que el resto El tercero era la luz, que sólo en los túneles te daba un respiro y te obligaba a recomponer tu estructura ósea de la forma más demencial posible para colocarte de forma que pudieses ver un carajo en la pantalla. Y sin embargo, pese a esa mezcla de nostalgia y desesperación que te conlleva recordar aquello, la psicología cree que dicha experiencia hizo de tu cerebro "un músculo" más fuerte.

La clave, según explica la neurociencia, es que aquellas limitaciones implícitas en una pantalla de apenas 160 por 144 píxeles y cuatro tonos verdosos no nos impedía reconocer patrones de peligro, reconstruir mapas mentales y leer en un idioma que apenas entendíamos, pero en el proceso nuestro cerebro hacía un esfuerzo sobrehumano que con el tiempo se conoce como aprendizaje perceptivo. Porque sí, nuestra madre tenía razón, estábamos forzando la vista por encima de nuestras posibilidades y las dioptrías que ahora atesoramos muchos así lo certifican, pero las conexiones formadas frente a ese desafío también siguen entre nosotros a día de hoy. Lo que explican la psicología y la neurociencia es que, el reto que suponía jugar a una Game Boy en el coche, terminaron desarrollando unas mejoras en atención y cognición espacial (lo que implica procesar información, catalogarla y manipularla en nuestra cabeza) a las que otras generaciones no se han enfrentado. Lo que Game Boy provocó en nuestro cerebro Poca broma con esto.

Hay más de 60 estudios que mantienen que ese tipo de entrenamiento con videojuegos produce cambios más que significativos por una sencilla razón: aquella experiencia nos estaba empujando a extraer mucho de muy poco, la mayor cantidad de información posible de una pantalla minúscula y pésimamente iluminada. Con apenas un puñado de píxeles reconocíamos dónde estábamos en todo un mundo, recordábamos a dónde debíamos dirigirnos, evitábamos los peligros que podían entrometerse en nuestro camino y, en el proceso, nuestro cerebro estaba entrenando lo que los expertos llaman capacidad visoespacial. O en cristiano, la capacidad cerebral que tenemos especialmente entrenada para tareas como calcular proporciones al cocinar, pronosticar la trayectoria de una pelota antes del golpeo o, una que os gustará especialmente, saber si puedes aparcar el coche en ese hueco. Por una mera cuestión de falta de datos, desconocemos si, el día de mañana, esa experiencia extra supondrá que nuestras conexiones cerebrales sean capaces de hacernos luchar mejor contra enfermedades como el Alzheimer, por ejemplo.

Pero lo que sí podemos certificar a ciencia cierta es que aquellas limitaciones, aquellos jefes finales, estaban entrenando nuestro cerebro por encima de sus posibilidades sin que ni siquiera nos diésemos cuenta.