Si me preguntas si vale la pena ir a la Gamescom, lo que te puedo decir tras esta última edición es que va camino de morir de éxito

Si me preguntas si vale la pena ir a la Gamescom, lo que te puedo decir tras esta última edición es que va camino de morir de éxito

A lo largo de los años, he ido varias veces a Gamescom, en diferentes situaciones y de diferentes formas. A veces invitado por la organización, otras por mi propia cuenta. A veces a los días principales del evento, y otras a los días previos, solo para desarrolladores y profesionales del sector. Este año he ido tres días con acceso al público general, donde la afluencia de gente es muy considerable.

Mis experiencias han sido muy dispares, pero sin duda, la de este año ha sido la peor. Es cierto que hay una confluencia de factores y que no toda la responsabilidad se puede arrogar a la Koelnmesse, el gigantesco espacio de ferias de la ciudad que lleva casi veinte años albergando la Gamescom. Que el problema es multifactorial y muy complejo. Pero el resultado es el que es.

Un evento en clara decadencia con un futuro muy cuestionable. Un gigante con pies de barro Los números que la organización ha publicado son espeluznantes. Este año la feria ha recibido la visita de 368.000 personas de 131 países. 36.000 expositores y 1743 compañías de 66 países. Esa es la población de Alicante en una ciudad de poco más de un millón de habitantes.

Es un shock económico tremendo para Colonia y durante la última semana de agosto, se percibe en todas las esquinas de la ciudad, aunque principalmente en el centro, a lo largo del río y frente a la catedral. Es evidente que es un evento muy lucrativo, no solo para la organización en sí, sino para todo tipo de comercios y restaurantes, que están saturados intentando lidiar con la masa sobrevenida de gente. Sin embargo, lo que he podido constatar este año es que las costuras se están rompiendo por todos lados. El éxito arrollador de la convocatoria está en posición de amenazar y dar al traste con todo lo que se ha trabajado durante las últimas dos décadas.

Empecemos por la cuestión logística. Los precios de los hoteles en la ciudad y en los alrededores son absolutamente descabellados. Gran parte de las plazas hoteleras están reservadas con un año de antelación, y si puedes tomar la decisión de acudir o no hasta solo unos pocos meses antes de la cita, te enfrentas a la tesitura de tener que pagar habitaciones a 400 o 500 euros la noche. Y no estamos hablando precisamente de hoteles de lujo, sino de sitios austeros, con lo mínimo para pernoctar sin muchos incidentes.

Las cosas siempre han sido difíciles en este apartado, pero ahora están completamente fuera de control. Si quieres encontrar precios más razonables, tienes que desplazarte hasta las ciudades vecinas de Düsseldorf y Bonn, a unos 50 kilómetros de distancia. Para hacerlo, la mejor forma es el tren. O lo era.

Porque lo de este año ha sido un esperpento. En España nos quejamos mucho del declive del servicio ferroviario a cargo de un ministro más preocupado por antagonizar a los ciudadanos en redes sociales que por encargarse de sus competencias. Sin embargo, lo de estos días en Alemania ha sido una experiencia incluso peor. Trenes retrasados sistemáticamente, trenes cancelados, cambios de vía sobrevenidos, información incorrecta.

Todo a precios alemanes, por supuesto. Los lugareños trataban de explicarlo con que eran consecuencia natural de las obras que estaban llevando a cabo y lo aceptaban con una paciencia infinita, pero tengo que decir que el atasco de las comunicaciones no parecía ser una cosa puntual. Carreteras y aeropuertos estaban en las mismas, con atascos masivos y retrasos sistemáticos. Coger el tren era una auténtica lotería.

La información que podías percibir de Google Maps, totalmente fiable en otras ocasiones, parecía destinada a confundir y a frustrar. Y si el tren lo tenías que coger por la noche, el riesgo de quedarse colgado era máximo. Seguridad insuficiente Una vez establecido que todo lo que rodea a la Koelnmesse está a un nivel muy precario, ¿cómo han sido las cosas en el interior del recinto? Pues no mucho mejor.

Siendo justos, he de reconocer que el proceso de entrada y acreditación fue muy rápido. Escaneas un código QR en los tornos, te imprimen una acreditación física y la utilizas durante los días del evento sin problemas. El primer día que acudí, no había apenas colas y todo fluía con rapidez. Pero es que había una razón evidente para eso.

No vi en ningún momento a vigilantes de seguridad comprobando el interior de las mochilas o maletas con las que entrábamos al recinto. En un evento de estas características, lo lógico es que si entras con algo muy voluminoso te pidan echar un vistazo para cerciorarse de que no introduces algo potencialmente peligroso a lo que es, en más de un sentido, una ratonera. La respuesta de la organización a los problemas de seguridad parecía a medio camino entre la mafia de los años 20 y la distopía cyberpunk El staff de coordinación y apoyo a los visitantes compartía la misma tónica. Una mezcla de desidia absoluta y confusión generalizada.

Gente que no parecía haber recibido ninguna formación previa para saber cómo ayudar a los visitantes y resolver dudas. Les preguntabas por dónde estaban las cosas y no tenían ni idea, ni tampoco te proponían soluciones. Pedí un mapa para conocer la geografía de los expositores y se encogieron de hombros. Luego me pasaron una revista que estaban entregando de forma libre que incluía toda la información necesaria.

Pero al primero al que pregunté no tenía ni idea de que algo así existía. La mayoría pasaban las horas mirando el teléfono con cara aburrida y deseando estar en otro lugar. Otra cuestión es la de los precios. Las entradas a la Gamescom no son precisamente baratas.

En los tiers más altos pueden llegar a varios cientos e incluso miles de euros. Pues bien, dentro del recinto, toda la comida y la bebida se ofrece a unos precios abusivos. Ni siquiera se preocupaban de dispensar agua de forma gratuita a pesar del calor que hacía esos días de agosto todavía en Colonia. En las partes reservadas a profesionales, sí que los expositores ofrecían agua, café e incluso refrigerios, pero no había nada parecido para el visitante de a pie.

Todos a pasar por caja, otra vez. La sensación generalizada era de codicia irrefrenable. Y luego está el tema de la seguridad, probablemente el más grave de todos y del que se ha hablado ya mucho. No me podía creer las historias que me llegaban los días que pasé allí.

El robo de hardware era constante. No solo había que preocuparse de vigilarlo todo durante el día, sino que varias sustracciones de material tuvieron lugar durante la noche, cuando en teoría el público ya ha evacuado el recinto y solo los trabajadores de Koelnmesse transitan por los pasillos. Muchos desarrolladores indies han salido a la palestra a denunciar, pero los robos también han afectado a publishers grandes, con espacios mucho más grandes que albergan más equipos y más caros. Ha sido un esperpento vergonzoso, y la respuesta de la organización, ofreciendo un tier de seguridad adicional, parecía a medio camino entre la mafia de los años 20 y la distopía cyberpunk.

Gamescom ahora mismo está en una posición privilegiada. Sin la competencia del E3 y con una GDC en horas bajas, se ha convertido en el evento de la industria del videojuego por antonomasia. Es la referencia mundial y todos los actores principales quieren estar ahí. La presencia de las compañías chinas era apabullante.

Pero es obvio que la organización está centrada únicamente en facturar más cada año y han descuidado por completo los controles de calidad. Están centrados en consolidar sus spin-off en Asia y Latinoamérica, en posicionar la marca a nivel global, en firmar más acuerdos y atraer más inversión. Pero el servicio cada vez es peor, las dificultades más numerosas y los inconvenientes no dejan de crecer. Convendría que se pusieran las pilas y taponaran la hemorragia, sin descartar a priori ninguna solución.

Incluso trasladar la sede. Ya lo hicieron una vez. No sería nada descabellado si llegan a la conclusión de que Colonia no puede ofrecer las garantías de seguridad, la logística, las comunicaciones o las plazas hoteleras para absorber la demanda. Lo que está claro es que si siguen así, en esta abierta decadencia, se pueden despertar un día y descubrir que el negocio se les ha evaporado.

Pasó con el E3, casi de la noche a la mañana, cuando todos daban por sentado su inevitabilidad. Cabrearon a suficientes personas con poder y les retiraron el apoyo. El suelo desapareció bajo sus pies, y ahora el E3 ya no existe. A Gamescom le puede pasar lo mismo, por mucho que se nieguen a reconocerlo.

Tienen tarea por delante. Que se pongan manos a la obra o que no se quejen si alguien decide romper la baraja. Imagenes | Gamescom En 3DJuegos | La psicología dice que los niños de los años 90 que jugaron a Game Boy en el coche entrenaron una habilidad que las nuevas generaciones han perdido