Por: Xavier Villar Un tercer portaaviones estadounidense y una segunda unidad expedicionaria de Marines, con más de 2.000 efectivos, ya se dirigen hacia la región. De este modo, en torno a Irán habría tres portaaviones y dos grupos anfibios desplegados de cara a noviembre. Según una teoría defendida por varios analistas geopolíticos, Trump se sentiría completamente “liberado” después de las elecciones de noviembre, pensando que le quedan dos años en el cargo y, probablemente, no mucho más tiempo en este planeta. Y en ese momento de puro nihilismo (si él está muerto, entonces nada más importa), podría enviar tropas estadounidenses a morir en Irán en una misión absolutamente suicida.
Sea cierto o no ese impulso nihilista del presidente estadounidense, lo cierto es que Irán no esperará hasta después de las elecciones para saber si finalmente será atacado o no. En este sentido, Irán está adoptando una estrategia definida por la escalada y la ofensiva continua. La República Islámica está decidida a responder con contundencia a cualquier provocación estadounidense. Su objetivo permanente será hacer que la permanencia de Washington en la región resulte tan costosa que Estados Unidos no tenga más remedio que retirar la mayor parte de sus tropas, aceptar el control iraní sobre el estrecho de Ormuz y reconocer a la República Islámica como una potencia con vocación de permanencia.
Es decir, la actual estrategia de Irán es escalar el conflicto para alcanzar lo que los expertos en estrategia militar llaman “escala de dominación”: cualquier aumento de la fuerza por parte del adversario será superado con una respuesta aún más contundente, de modo que el enemigo decida no escalar el enfrentamiento. Teherán también busca degradar sistemáticamente la infraestructura militar y de inteligencia estadounidense en la región. En este sentido, la República Islámica está desarrollando su propia estrategia, que consiste en llevar a cabo ataques repetidos y limitados destinados a debilitar las capacidades de su adversario entre grandes rondas de conflicto. Al hacerlo, espera reducir la capacidad de Estados Unidos para proteger a sus aliados y a sus propias fuerzas frente a futuros ataques iraníes y, por tanto, hacer menos probable que Washington permanezca en la región.
Teherán también está sopesando los riesgos políticos que un conflicto prolongado podría suponer para Trump. Las encuestas muestran que la guerra no goza de popularidad entre los estadounidenses, mientras que el aumento de los precios de los combustibles sigue siendo una preocupación de cara a las elecciones de mitad de mandato. ¿Y qué pasa con la vía diplomática? Es un camino que Irán no ha descartado del todo. Pero, si bien en el pasado había quienes pensaban que era posible negociar una coexistencia pacífica con Estados Unidos, lo cierto es que hoy en día cada vez menos gente cree que esto sea posible; no por culpa de Irán, sino porque Estados Unidos ha dado muestras más que sobradas de no actuar de buena fe en las negociaciones.
Cuando Washington atacó Irán tanto en junio de 2025 como en febrero de 2026, ambos países se encontraban en medio de negociaciones. Y, desde la perspectiva de Teherán, Estados Unidos es responsable del colapso de su más reciente intento de alcanzar la paz, el “memorando de entendimiento” que ambos países firmaron en junio, al intentar abrir un nuevo corredor marítimo a través del estrecho de Ormuz. Además, la administración estadounidense continúa viendo el memorando de entendimiento como un error, una concesión a Irán, y está haciendo todo lo posible para revertirlo. Para Trump, el memorando es la constatación de una humillación, y por eso se niega a cumplirlo.
Por último, para que la vía diplomática fuese una solución al conflicto, necesitaría que China estuviese mucho más presente y activa. Porque, a diferencia de Pakistán, China sí tiene la capacidad de influir en las decisiones que tome Trump. Los próximos treinta días son cruciales. Pero en este periodo hay que tener claro que Irán no estará simplemente observando qué sucede en Estados Unidos y esperando la decisión de Trump de atacar o no.
Es más que probable que, de acuerdo con la estrategia anteriormente mencionada, decida protegerse de manera activa. Irán podría, por ejemplo, reforzar su capacidad para limitar los flujos de petróleo y gas procedentes del Golfo Pérsico. Teherán ya ha restringido una parte importante de este comercio mediante el cierre del estrecho de Ormuz. En este contexto, Irán dispone de distintas formas de ejercer presión sobre las infraestructuras energéticas y portuarias de la región si el conflicto continúa escalando.
También podría coordinarse con Ansaralá en Yemen, que ha demostrado su capacidad para afectar el tráfico marítimo en el mar Rojo durante la guerra de Gaza. La posición de Ansaralá se ha visto reforzada por los cambios en el equilibrio territorial dentro de Yemen y por su capacidad para condicionar las rutas marítimas que conectan el Golfo con el Mediterráneo. También podría intensificar sus operaciones contra las fuerzas estadounidenses desplegadas en la región y contra los buques militares de Estados Unidos. Ya hemos visto cómo Irán ha respondido a las acciones estadounidenses en los últimos días: por ejemplo, lanzó alrededor de 20 misiles hacia Jordania en respuesta al ataque estadounidense contra buques cisterna iraníes, dejando claro que cualquier acción contra Irán puede tener consecuencias para la presencia militar estadounidense y su red regional.
Ojo a las próximas semanas.