Por HispanTV Cuando la escuela Shayare Tayebe, en Minab, situada en la provincia sureña iraní de Hormozgán, fue blanco del ataque terrorista estadounidense-israelí el 28 de febrero de 2026, las maestras que se encontraban en su interior no solo se enfrentaron al peligro, sino también al temor por los niños que estaban bajo su cuidado y a la responsabilidad que habían asumido cada día al atravesar las puertas del centro educativo. Algunas podrían haberse marchado. Algunas tuvieron la oportunidad de salvarse. Pero cuando se produjo el ataque, muchas permanecieron junto a sus alumnos, intentando calmarlos, protegerlos y ayudarlos a regresar con sus familias.
Para algunas, aquella decisión se convirtió en su último acto de servicio. Las maestras que perdieron la vida en la escuela Shayare Tayebe eran mujeres cuyas vidas se extendían mucho más allá de las aulas. Eran madres e hijas, esposas y hermanas, directoras, maestras de aula, una profesora de educación física, una profesora de Corán y una orientadora educativa y cultural. Tenían familias que las amaban, hijos que dependían de ellas, colegas que trabajaban a su lado y alumnos cuyas vidas habían contribuido a forjar.
Algunas soñaban con emprender negocios o realizar viajes; otras habían dedicado gran parte de sus vidas a sus padres, a actividades religiosas, al trabajo cultural o a la educación comunitaria. Sus brutales asesinatos a manos de la maquinaria bélica estadounidense-israelí pusieron fin a aquellos planes y aspiraciones, pero las circunstancias de sus últimos momentos dejaron historias de maestras entregadas que permanecieron junto a los niños cuando marcharse podría haber resultado más fácil. Enseñar era más que un trabajo Nasim Neyestani fue una de las maestras de la escuela Shayare Tayebe de Minab que perdió la vida en el ataque estadounidense-israelí contra el centro, junto con varios alumnos y colegas. Neyestani había estudiado Contabilidad en la Universidad Islámica Azad de Bardsir.
Tras completar sus estudios, decidió dedicarse a la enseñanza y la educación, consagrando sus esfuerzos a formar a los alumnos con un fuerte sentido de responsabilidad y compromiso. Para Neyestani, enseñar no era simplemente un empleo. Lo asumía con fe, responsabilidad y un profundo amor por el servicio, considerándolo una valiosa misión mediante la cual podía contribuir a forjar el futuro de niños y jóvenes. Su presencia en Shayare Tayebe llegó a representar la imagen de una maestra atenta y comprometida que dedicó sus capacidades al desarrollo académico y personal de sus alumnos y permaneció junto a ellos hasta los últimos momentos.
Su martirio dejó un profundo dolor entre su familia y en la comunidad educativa y académica del país. La Universidad Islámica Azad de Bardsir también la recordó como una graduada instruida, devota y entregada que, con su martirio, pasó a formar parte del grupo de maestras que perdieron la vida al servicio de los demás. Hoy, su nombre figura junto al de las demás víctimas de Shayare Tayebe como símbolo de sacrificio, altruismo y responsabilidad de unas maestras que no abandonaron su misión humana ni siquiera en las circunstancias más difíciles. ¿Cómo el imperialismo estadounidense deshumaniza al “otro” para justificar atroces crímenes de guerra? | HISPANTV El imperialismo estadounidense deshumaniza al “otro” para justificar atroces crímenes de guerra y eludir responsabilidades. Una maestra encontrada abrazando a un niño Nargues Zakeri fue otra de las maestras entregadas y afectuosas de la escuela Shayare Tayebe.
El 28 de febrero, cuando el centro fue atacado, permaneció junto a sus alumnos hasta el último momento y finalmente entregó su vida en un intento por protegerlos. Era maestra de cuarto grado, y su fe, sentido de la responsabilidad y amor por la educación le habían granjeado un lugar especial entre alumnos y colegas. Su cuerpo fue enterrado en Bahmani. Zakeri también era madre de dos niñas pequeñas, Fateme y Zahra.
Su familia y sus allegados la recordaron como una mujer piadosa y bondadosa que se preocupaba profundamente por la cultura del sacrificio. Creía que enseñar implicaba mucho más que impartir conocimientos académicos e intentaba transmitir valores religiosos y morales a sus alumnos, al tiempo que los familiarizaba con principios éticos. Cuando la escuela se convirtió en objetivo de aquel atroz ataque, permaneció con los niños e intentó cuidarlos y mantenerse en contacto con sus familias. Después del incidente, su cuerpo fue encontrado mientras sostenía a un niño entre sus brazos.
La imagen se convirtió en una representación permanente de la maestra que había sido: alguien que, incluso en los últimos instantes de su vida, no olvidó su responsabilidad ni el afecto que sentía por los niños bajo su cuidado. Su vida es recordada como la de una maestra que concebía la educación no simplemente como la transmisión de conocimientos, sino como un compromiso de cuidar a los niños, acompañarlos y ayudar a construir su futuro, un compromiso al que permaneció fiel hasta el final. Una madre cuyos hijos eran el centro de su vida Para Neda Solhizade, enseñar tampoco fue nunca simplemente una profesión. Era una maestra entregada de la escuela primaria Shayare Tayebe de Minab y pertenecía a ese tipo de educadoras que consideraban su trabajo una responsabilidad arraigada en el amor y el compromiso.
Nacida en Kerman, comenzó su vida en Minab después de casarse. Era una madre cariñosa para Hami y Nila y una maestra querida por sus alumnos. Su buen carácter, su vida sencilla y su sentido de la responsabilidad le otorgaron un lugar especial entre su familia, sus colegas y sus estudiantes. Solhizade también tenía una marcada faceta artística y creativa.
Confeccionaba vestimenta tradicional bandari , cultivaba flores y plantas y desarrollaba con entusiasmo diversas actividades artísticas. Quienes la conocieron destacaban especialmente su bondad y la atención especial que dedicaba a los niños. Para sus alumnos, no era simplemente la persona que impartía las clases, sino un refugio sereno y afectuoso en cualquier circunstancia. El día del ataque terrorista, permaneció junto a sus alumnos.
Una estudiante superviviente recordó cómo Solhizade intentó calmar a los niños, abrazándolos y dándoles esperanza. Solhizade perdió la vida en el ataque junto con su hijo de 11 años, Hami Sadeqi. Su hija, Nila, sobrevivió y quedó como recuerdo viviente de una madre y un hermano. Hoy, Neda Solhizade es recordada como madre, maestra y ser humano que llevó consigo el amor y la responsabilidad hasta el último instante.
De Minab a Kuhestak: maquinaria bélica de EEUU y sus crímenes contra el pueblo iraní | HISPANTV De Minab a Kouhestak, los ataques estadounidenses contra civiles iraníes revelan una guerra sin líneas rojas ni respeto por la vida humana. Una joven con sueños más allá del aula Mahsa Ranybari tenía solo 28 años cuando perdió la vida en el ataque estadounidense-israelí. Trabajaba como orientadora educativa y cultural de la escuela Shayare Tayebe. Graduada en Ingeniería Industrial, había sido seleccionada para el puesto entre tres candidatas.
Quienes la conocían la describían como trabajadora, artística, sociable y sencilla en su forma de vida. Sus talentos se extendían mucho más allá de sus responsabilidades profesionales. Tenía habilidad para el dibujo al carboncillo, la fabricación de muñecas, la repostería, la costura y la peluquería, y albergaba el sueño particular de crear un taller de costura que proporcionara empleo e ingresos a mujeres necesitadas. Ranybari se había casado cuatro años antes de su martirio y era madre de un niño de dos años y medio.
Su familia la recordaba como la hija mayor y uno de los pilares del hogar, una hija bondadosa, generosa y sencilla que siempre estaba al lado de sus padres y nunca dudaba en ayudar a los demás. Incluso trabajó junto a su padre mientras construían su casa y lo ayudó en su tienda de informática. El espíritu de servicio, la responsabilidad y el amor por educar a los niños figuraban entre los rasgos más destacados de su personalidad. Después del ataque, la familia Ranybari pasó cuatro días buscando su cuerpo.
La dolorosa búsqueda terminó finalmente la noche que debía conmemorar el cuarto aniversario de su matrimonio. En lugar de celebrar otro año de vida conyugal, su familia celebró esa misma noche su funeral y entierro. La fuerza de la explosión fue tan grande que entre los escombros solo se encontró parte de su rostro. Para su madre, la pérdida estuvo acompañada de otro dolor devastador: afirma que ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse de su hija ni de realizar los rituales tradicionales de despedida.
La vida de Mahsa fue breve, pero estuvo llena de trabajo, creatividad, servicio y sueños. Hoy, su nombre figura junto al de las demás mártires, como recuerdo de una joven que dedicó su vida a la educación y dejó tras de sí una memoria de responsabilidad y altruismo. “Los hijos de otras personas están bajo mi cuidado” Entre las maestras cuyas últimas decisiones se han convertido en un elemento central de la historia de Shayare Tayebe se encontraba Mahdie Rasuli, de 41 años. Era una de las maestras más atentas y apreciadas del centro, licenciada en inglés, y durante años enseñó a alumnos de segundo y tercer grado. Más tarde, también ejerció como subdirectora de la escuela.
Sus colegas, alumnos y las familias de estos la conocían por su disciplina, bondad, imparcialidad y extraordinario compromiso con todo lo que hacía, especialmente con la enseñanza. Era conocida por llegar a la escuela antes que todos y marcharse después que todos. En 1392, se casó y junto a su esposo tuvo dos hijos, Mohamad Taha y Nika. La mañana del 28 de febrero de 2026, cuando comenzaron a circular informaciones sobre un posible ataque, Rasuli podría haberse marchado de la escuela junto con los demás.
En cambio, decidió permanecer allí hasta que el último alumno hubiera regresado sano y salvo con su familia. Cuando se escuchó el sonido de la primera explosión, intentó calmar a los niños. Los abrazó y trató de expulsar el miedo de sus corazones. Entonces un misil impactó contra la escuela.
En ese momento se encontraba junto a varios alumnos y la última frase que se le atribuye fue: “Dios, ayúdame; los hijos de otras personas están bajo mi cuidado”. Su esposo la recuerda como una mujer responsable, organizada y altruista que nunca hacía distinciones entre su propio hijo y los demás alumnos. Incluso cuando tenía que atender asuntos personales, no utilizaba las instalaciones de la escuela para sí misma. Amaba enseñar y, pese a las numerosas responsabilidades de su vida, permanecía paciente y serena en compañía de sus alumnos y colegas.
Su familia también recordó que durante los pocos días anteriores al incidente había algo diferente en su estado de ánimo, como si, según ellos, su corazón hubiera percibido de algún modo que se avecinaba un gran viaje. El recuerdo de su sonrisa, su amor por la enseñanza y su última oración por el rescate de “los hijos de otras personas” la han convertido en una de las figuras más perdurables asociadas a la escuela Shayare Tayebe. La campana de la escuela de Minab resuena en medio del dolor mientras 168 pupitres vacíos permanecen como testigos silenciosos | HISPANTV En la primera semana de Mehr, que corresponde a finales de septiembre, un sonido familiar regresa a todo Irán. Suenan las campanas.
Los niños entran en masa a las escuelas con sus cuadernos nuevos en las manos, hablando de las vacaciones y preguntando por sus nuevos maestros. Una vida dedicada a la familia y a los alumnos Fareshte Sangarzade fue otra de las maestras afectuosas de la escuela de Minab, una mujer que había dedicado años de su vida a educar y formar a sus alumnos. Era conocida entre colegas y estudiantes por su buen carácter, bondad y sentido de la responsabilidad, y para muchos de los niños a los que enseñó representaba una presencia comprensiva y protectora. Según su familia, Sangarzade tenía alrededor de 40 años y no se había casado.
Vivía con sus padres y había dedicado gran parte de su vida a su familia y a sus responsabilidades profesionales, especialmente a la enseñanza de los alumnos. Tras su martirio, su familia lloró la pérdida de una hija bondadosa, altruista y responsable cuya presencia había llevado amor y tranquilidad a quienes la rodeaban. Al igual que las demás maestras de Shayare Tayebe, permaneció junto a sus alumnos el día del ataque estadounidense-israelí. Su nombre permanece entre el de las maestras que se perdieron en la escuela, recordado por los años que dedicó a educar a los niños y por la bondad y el compromiso que dejó en la memoria de su familia, sus colegas y sus alumnos.
La directora que subió al piso superior La directora de la escuela, Fateme Taherifard, también entendía que sus responsabilidades iban mucho más allá de la administración. Para ella, la escuela no era simplemente un edificio educativo. Era un lugar donde había que cuidar a los niños, brindarles tranquilidad y crear las condiciones necesarias para su crecimiento y desarrollo. Sus colegas y las familias de los alumnos la recordaban como una mujer bondadosa, comprometida y atenta cuyo espíritu de servicio le había otorgado un lugar especial entre quienes la rodeaban.
El día del ataque, Taherifard, junto con otros miembros del personal escolar, trabajó para informar a las familias y facilitar la salida de los alumnos lo más rápidamente posible. Pero cuando el peligro se intensificó, no abandonó la escuela. Al darse cuenta de que todavía había alumnas en el piso superior, decidió dirigirse hacia ellas y permanecer a su lado. Fue una decisión que reflejó la profundidad de su responsabilidad hacia los niños que sus familias le habían confiado.
Su esposo y sus familiares describieron a una mujer para quien ayudar a los demás era una parte importante de la vida. Ayudaba a familias necesitadas, se preocupaba por la memoria de los mártires y los valores espirituales y consideraba la enseñanza una misión. Al final, su máxima prioridad era la seguridad de los alumnos. Una profesora de Corán y un viaje inconcluso a Mashhad La historia de Fatemeh Askari también estaba profundamente arraigada en la educación, la fe y el servicio.
Era una de las maestras populares y queridas de la escuela primaria Shayare Tayebe y durante años enseñó el Corán, educó a alumnos y participó en actividades culturales. Era una hafiza —memorizadora del Sagrado Corán—, una Jademyar Razavi —servidora del santuario del Imam Reza (P)— y una de las figuras coránicas reconocidas de la provincia de Hormozgán. Muchos la conocían como una maestra bondadosa y comprometida y como un refugio para los alumnos. Askari no consideraba la enseñanza simplemente un trabajo.
La veía como una misión divina para contribuir a formar a la próxima generación. Los programas coránicos, los concursos culturales y las actividades educativas constituían una parte importante de su vida, y siempre intentaba enseñar a sus alumnos no solo materias académicas, sino también ética, fe y esperanza. Entonces llegó el día del ataque estadounidense-israelí. Apenas unos minutos antes de que comenzara, Askari llamó a su madre y habló con entusiasmo sobre un próximo viaje a Mashad.
Le preguntó a su madre si también debía anotar su nombre para el viaje. Se suponía que sería un viaje que realizarían juntas, pero el destino le tenía reservado otro destino. Momentos después de terminar la llamada, comenzó el ataque. Su madre pasó el resto de la noche desplazándose entre hospitales y el lugar del incidente en busca de su hija, sin saber que Fatemeh ya había emprendido lo que se convertiría en un viaje eterno.
Irán: EEUU no podrá eludir la responsabilidad por sus crímenes al salir del CDHNU | HISPANTV Irán ha advertido que EE.UU. no podrá eludir su responsabilidad por los ataques en Minab y Lamerd mediante su salida del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Una familia marcada ya por la pérdida Los testimonios de familiares, colegas y testigos indican que incluso en los últimos momentos de su vida, Askari pensaba en los demás. Cuando se produjo el ataque, abrazó a los niños e intentó protegerlos del peligro. Sus acciones reflejaron las cualidades que habían marcado su vida: sacrificio, responsabilidad y un profundo afecto maternal por quienes estaban bajo su cuidado.
La propia Askari provenía de una familia ya marcada por la pérdida. Antes que ella, la familia había perdido a dos hijos durante la guerra impuesta de la década de 1980, y ella se convirtió en la tercera mártir de la familia. Sus familiares dijeron que durante años había albergado el deseo de partir por el camino de Dios. A pesar de haber tenido numerosos pretendientes, dedicó la mayor parte de su vida a servir a su madre, participar en actividades culturales y educar a las nuevas generaciones.
Su tío materno la recordaba como una mujer bondadosa, de buen carácter, sociable y trabajadora. En su tiempo libre bordaba, confeccionaba ropa bandari y realizaba trabajos artísticos, mientras mantenía una profunda preocupación por servir a la gente y preservar los valores religiosos. Incluso antes del atroz ataque, había dicho varias veces que, después de completar su ciclo de recitación del Corán, esperaba que se cumpliera su deseo de larga data. Hoy, su nombre permanece junto al de las profesoras de Corán y memorizadoras del país.
Dedicó su vida a enseñar, educar y servir a los niños y, en sus últimos momentos, dejó una lección de humanidad no mediante palabras, sino a través de su propio sacrificio. Una maestra cuya sobrina estaba entre las víctimas Jadiye Kamali, otra de las maestras de Shayare Tayebe, había dedicado su vida a enseñar el Corán y conceptos religiosos y a proporcionar a los alumnos una educación coránica. Memorizadora del Sagrado Corán, era conocida por su buen carácter, su espiritualidad y su amor por el Corán. Para sus alumnos, era más que una maestra: era un ejemplo de fe, bondad y sinceridad.
Muchos de ellos aprendieron de ella sus primeros versículos coránicos y lecciones de moral y conservaron recuerdos imborrables de su presencia cálida y sincera. Cuando Shayare Tayebe fue atacada, Kamali murió junto con sus alumnos y colegas. La tragedia resultó especialmente devastadora para su familia porque su sobrina, Zahra Sharafi, que también era alumna de la misma escuela, murió en el mismo ataque. Después de horas de búsqueda, la familia encontró el cuerpo de Kamali entre los escombros.
Fue enterrada en la aldea de Kenareyu. Su recuerdo permanece ligado a la labor que definió su vida: enseñar el Corán, memorizar la Palabra de la Revelación y servir a la educación y la formación. Expertos de ONU exigen que EEUU e Israel rindan cuentas por ataque a escuela iraní | HISPANTV Expertos de la ONU exigen una investigación independiente sobre el bombardeo de la escuela en Minab para hacer rendir cuentas a EE.UU. e Israel por el asesinato de 168 niños iraníes. Una maestra que regresó al peligro La profesora de educación física de la escuela, Fateme Shahdadi, era recordada por llevar entusiasmo, energía y bondad al centro educativo.
Era originaria de Bashagard y, además de enseñar, contaba con cualificaciones especializadas y credenciales como entrenadora de balonmano. Era trabajadora y responsable y mostraba un gran interés por aprender. Fuera del deporte, también tenía habilidades para la costura, las manualidades, la fabricación de velas y los trabajos con resina. Para Shahdadi, enseñar no era simplemente una profesión.
Era una misión en la que creía de todo corazón. Había desarrollado una relación estrecha con sus alumnos y trataba constantemente de crear para ellos un entorno alegre, saludable y seguro. Solo un día antes del ataque estadounidense-israelí contra la escuela, pasó horas en el patio preparando y marcando el campo deportivo para que sus alumnos dispusieran de un lugar adecuado para hacer ejercicio. El día del ataque, no abandonó la escuela.
A pesar del peligro, regresó al interior del edificio para ayudar a los alumnos y consiguió alejar a varios niños de la zona de peligro. En los últimos momentos, sostenía a uno de los alumnos entre sus brazos cuando el misil impactó y parte del edificio se derrumbó. Quedó atrapada bajo los escombros y murió. El niño que estaba en sus brazos sobrevivió.
Su supervivencia se convirtió en una de las historias más perdurables del ataque: un niño que vivió porque una maestra había permanecido lo bastante cerca y había tenido el valor suficiente para intentar protegerlo. El cuerpo de Shahdadi fue enterrado en Minab. Su nombre figura ahora junto al de las demás maestras que perdieron la vida en Shayare Tayebe, como recordatorio de compromiso, responsabilidad y amor por la educación. El recuerdo de ella y de los años que dedicó a la educación, la felicidad y el desarrollo de sus alumnos continúa vivo en la memoria de su familia, sus colegas, sus estudiantes y los habitantes de Minab.
Las vidas detrás de los nombres Las historias de estas maestras revelan vidas diferentes en innumerables aspectos, pero unidas por la labor que habían elegido. Neyestani llegó a la educación después de estudiar Contabilidad. Zakeri era maestra de cuarto grado y madre de dos niñas pequeñas. Solhizade era madre de un hijo de 11 años, Hami, que también murió en el ataque.
Ranybari era una joven orientadora educativa y cultural que soñaba con abrir un taller de costura para ayudar a mujeres necesitadas. Rasouli fue la maestra que decidió permanecer hasta que el último niño pudiera regresar con su familia. Sangarzade había dedicado años de su vida a sus alumnos y a sus padres. Taherifard fue la directora que se dirigió hacia los alumnos que todavía estaban en el piso superior.
Askari era una profesora de Corán que habló con su madre sobre un viaje a Mashhad apenas unos minutos antes de que terminara su propia vida. Kamali se dedicó al Corán y murió junto a su sobrina, que también era alumna de la escuela. Shahdadi regresó al peligro para ayudar a los niños y murió mientras sostenía a uno de ellos. Algunas eran madres; otras, hijas que cuidaban de sus padres; algunas eran esposas; una era madre de un niño que murió a su lado; otras nunca se habían casado.
Tenían distintas profesiones dentro del ámbito educativo y diferentes ambiciones fuera de él. Practicaban oficios distintos, cultivaban intereses diversos e imaginaban futuros diferentes. Sin embargo, el significado que atribuían a la enseñanza era extraordinariamente similar. Para ellas, enseñar no consistía simplemente en impartir lecciones.
Era responsabilidad, servicio y cuidado. Era una promesa de permanecer al lado de los niños y ayudarlos a crecer hasta convertirse en adultos inteligentes. El día en que la escuela Shayare Tayebe fue atacada, aquella promesa adquirió una dolorosa dimensión real. Permanecieron junto a los niños aterrorizados y los abrazaron.
Intentaron calmarlos después de las primeras explosiones. Trataron de alejarlos del peligro. Procuraron mantenerse en contacto con sus familias. Algunas regresaron al interior del edificio, mientras otras permanecieron junto a los niños incluso cuando ellas mismas estaban en peligro.
Algunas murieron mientras sostenían a los pequeños. Los nombres de las maestras de Shayare Tayebe figuran ahora junto a los nombres de los alumnos y de otros miembros de la comunidad escolar que fueron martirizados. Sus historias se han convertido en parte de la memoria de Minab, no simplemente porque fueron martirizadas, sino por las vidas que llevaron y las decisiones que tomaron cuando realmente importaba. Las aulas de Shayare Tayebe pueden estar ahora en silencio, pero las historias de las mujeres que enseñaron allí continúan transmitiendo el significado que ellas dieron a su profesión.
Sus últimas lecciones no fueron escritas en una pizarra ni pronunciadas desde el frente de un aula. Se expresaron a través de las decisiones que tomaron cuando la vida de sus alumnos estaba en peligro.