Hace medio siglo, el vuelo CU-455 cubría la ruta desde Guyana hacia La Habana, con escalas previstas en Trinidad y Tobago, Barbados y Jamaica, y después de despegar del aeropuerto Seawell, en Bridgetown, dos explosiones provocaron la caída de la aeronave sobre el mar. Ninguno de sus ocupantes sobrevivió y las 73 personas que viajaban a bordo —57 cubanos, 11 guyaneses y cinco ciudadanos de la República Popular Democrática de Corea— quedaron como víctimas de uno de los episodios más dolorosos de la historia contemporánea de Cuba y el Caribe. Entre ellos se encontraba el equipo cubano de esgrima que regresaba de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Caracas, donde había alcanzado destacados resultados, junto a trabajadores y ciudadanos de tres países que simplemente regresaban a sus hogares. Detrás de aquella cifra quedaron familias, proyectos, afectos, sueños y vidas que tenían todavía mucho por delante.
El crimen de Barbados ocurrió en un período particularmente convulso de la historia de Cuba y del Caribe, cuando durante las décadas de 1960 y 1970 se sucedieron sabotajes, atentados y otras acciones violentas contra Cuba, algunas de ellas con consecuencias mortales. Barbados no fue un episodio aislado dentro de aquella historia, aunque su gravedad adquirió una dimensión singular por el escenario elegido: un avión civil en pleno vuelo, con pasajeros de tres países, convertido en objetivo de una acción que terminó con la vida de todos sus ocupantes. Las investigaciones posteriores condujeron a Venezuela, donde fueron detenidos Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, posteriormente procesados por su participación en el atentado, mientras Luis Posada Carriles y Orlando Bosch fueron señalados en las investigaciones por su presunta implicación en la planificación del crimen. Documentos estadounidenses desclasificados registran vínculos de Posada Carriles con la CIA y contienen información relacionada con personas investigadas por el atentado.
La conmoción provocada por Barbados recorrió Cuba de un extremo a otro y acompañó durante décadas a las familias que recibieron la noticia de que aquellos seres queridos ya no regresarían. La presencia de ciudadanos guyaneses y coreanos otorgó además al crimen una dimensión internacional y convirtió aquella tragedia en una página dolorosa de la historia del Caribe. Para Cuba, Barbados quedó inscrito en una historia más amplia, la de un pueblo que ha sufrido numerosos actos terroristas y otras acciones violentas dirigidas contra sus ciudadanos y su territorio. Por esa razón, el 6 de octubre ocupa un lugar particular en el calendario nacional y aquí se conmemora como el Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado.
Medio siglo separa aquel 6 de octubre de 1976 del presente, pero el tiempo no consigue borrar las consecuencias de aquella tragedia. Han cambiado las generaciones, las tecnologías y buena parte del mundo que rodeaba a Cuba cuando ocurrió el crimen, mientras los jóvenes que regresaban de Caracas tendrían hoy edades avanzadas y quienes aguardaban su regreso envejecieron con una ausencia que nunca eligieron. Quizás esta sea una de las dimensiones más dolorosas: la historia puede registrar una fecha, una ruta aérea, un lugar y una cifra, pero ninguna estadística alcanza a explicar lo que aquella pérdida significó para quienes quedaron esperando. Recordar el crimen significa entonces mucho más que reconstruir la secuencia de una explosión, porque supone devolver dimensión humana a quienes viajaban en aquel avión y reconocer las consecuencias que la violencia deja mucho después de ocurrido el hecho.
También significa examinar la historia con rigor, preservar los documentos, esclarecer responsabilidades y reclamar justicia. Barbados permanece como una de las heridas más profundas de la historia contemporánea de Cuba y del Caribe. El 6 de octubre de 1976, un avión cayó sobre el mar y con él terminó el viaje de quienes regresaban a casa, pero para sus familias aquella fecha nunca terminó. mem/raj