En este engranaje, el cristianismo evangélico neopentecostal y su vinculación simbiótica con el sionismo político ocupan un papel central en el impulso de agendas ultraderechistas. Este fenómeno no es casual ni espontáneo; responde a un cuidadoso trabajo de ingeniería ideológica, en el que operan activamente centros de influencia y diplomacias paralelas de la llamada "hasbará" sionista, diseñado para naturalizar el apoyo incondicional al régimen de ocupación israelí a partir de mitos bíblicos descontextualizados. La instrumentalización de la fe se ha convertido así en un arma geopolítica de primera magnitud, capaz de movilizar millones de votos y legitimar regímenes autoritarios bajo una supuesta pátina de mandato divino. Las consecuencias de esta hegemonía ideológica se manifiestan con crudeza, por ejemplo, en América Latina, operando como un motor clave para el ascenso de liderazgos de ultraderecha.
El caso paradigmático es el de Brasil, donde la alianza, absolutamente surrealista, entre sectores del neopentecostalismo y el sionismo político allanó el camino para la elección de Jair Bolsonaro y se proyecta hoy con fuerza en la disputa electoral de su hijo Flavio Bolsonaro frente al proyecto progresista de Luiz Inácio Lula da Silva que se enfrentarán el próximo 25 de octubre en la segunda vuelta presidencial. Esta estrategia demuestra cómo la manipulación de la escatología religiosa no sólo subordina las conciencias a intereses geoestratégicos ajenos, sino que redefine el tablero electoral latinoamericano en función de la defensa de un proyecto colonial y hegemónico global. La narrativa dominante en la historiografía oficial contemporánea suele presentar al sionismo como un movimiento secular de emancipación nacional judía, surgido como una respuesta ineludible al antisemitismo europeo y exacerbado por la tragedia del holocausto. Sin embargo, un análisis geopolítico e histórico riguroso, que entronca con las tesis expuestas por este cronista, en obras como Sionismo: La ideología que extermina (Ceibo Ediciones, 2023) devela una realidad profundamente distinta: el sionismo político y su postulado central sobre el "retorno a Sion" no nació en las sinagogas de la Europa oriental, sino en los púlpitos del protestantismo fundamentalista británico y norteamericano siglos antes de que el sionista de origen húngaro Theodor Herzl redactara el panfleto Der Judenstaat (El Estado Judío).
Lejos de ser el judaísmo tradicional el artífice de esta ideología, las comunidades judías europeas fueron históricamente reacias u opositoras al sionismo en sus orígenes, viéndolo como una ruptura con su tradición espiritual y teológica. Fueron los círculos cristianos fundamentalistas, impulsados por cálculos escatológicos e intereses imperiales, quienes concibieron, financiaron y exigieron la transferencia de la población judía europea hacia Palestina. En este entramado, el pueblo palestino ha debido pagar un altísimo precio por un mito de ingeniería teológica y colonial occidental. Matriz cristiana y el dispensacionalismo: Los verdaderos arquitectos del falso “Retorno" Contrario al mito fundacional, la idea de forzar un retorno físico de los judíos a Palestina para acelerar el cumplimiento de profecías bíblicas, el llamado milenarismo o restauracionismo, floreció en el mundo protestante mucho antes de la emergencia del movimiento político sionista secular.
Ya en el siglo XVII, en plena resaca de la Reforma y el puritanismo inglés, figuras como el jurista y teólogo Sir Henry Finch publicaron obras capitales como fue el texto he World’s Great Restauration (1) donde postulaba que los judíos debían retornar a su tierra ancestral como condición previa para la segunda venida de Cristo. Esta corriente teológica se consolidó en el siglo XIX a través del dispensacionalismo, popularizado por el pastor anglicano reconvertido John Nelson Darby (1800–1882) y sistematizado en la Biblia de Referencia Scofield (1909) considerada una de las biblias más influyentes de la historia del cristianismo protestante, especialmente dentro del fundamentalismo y el dispensacionalismo (2) El dispensacionalismo introdujo una lectura geopolítica de las Escrituras que condicionaba la salvación y el favor divino a la restauración política del que denominaban pueblo judío en Palestina, convirtiendo la geografía de aquellas tierras de Asia occidental, en un tablero escatológico. Teólogos y políticos británicos de la aristocracia imperial adoptaron esta doctrina con fervor mesiánico y pragmatismo estratégico. El puente entre la teología protestante y la acción imperial británica tuvo un nombre central: Anthony Ashley-Cooper, 7º Conde de Shaftesbury (1801–1885).
Líder evangélico y político de vasta influencia, Shaftesbury quien fue el primer estratega en articular la necesidad de poblar Palestina con europeos de creencia judía, para servir a los intereses de la Corona británica en Asia Occidental. Ya en 1839, Shaftesbury publicó un influyente artículo en la Quarterly Review donde acuñó la famosa fórmula geopolítica de "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra", invisibilizando deliberadamente a la sociedad palestina preexistente. Presionado por sus convicciones milenaristas y por la conveniencia de crear un protectorado cristiano-occidental en el corazón del Levante mediterráneo, para debilitar al Imperio Otomano y asegurar las rutas hacia la India, Shaftesbury escribió en su diario personal: "Inglaterra debe dar el primer paso [...] para conceder a los judíos posesión de su antigua tierra; un país sin nación para una nación sin país". La narrativa oficial sobre la creación de Israel se presenta como un relato romántico y milagroso de un pueblo milenariamente exiliado que "retorna" a una tierra vacía para así florecer.
Sin embargo, un análisis riguroso de la historia desmantela esta falacia mitológica. Esta visión, adoptada por el mencionado Lord Palmerston, canciller británico quien en 1840 instó formalmente al sultán otomano a facilitar el asentamiento judío en Palestina bajo protección europea, expone una realidad radicalmente distinta. El sionismo nació como un proyecto geopolítico imperialista y cristiano, concebido en Londres décadas antes de que apareciera el sionismo político judío secular. Desde la perspectiva de la defensa de los derechos del pueblo palestino y de la crítica anticolonial, este trasfondo revela cómo Palestina no fue el escenario de un reencuentro espiritual, sino el tablero de ajedrez de los intereses hegemónicos occidentales.
Décadas antes de que Theodor Herzl escribiera Der Judenstaat (1896) o se convocara el Primer Congreso Sionista, las altas esferas del Imperio británico ya maquinaban la ocupación y colonización de Palestina. Tal como documenta Donald M. Lewis en su obra (3) figuras de la elite imperial y evangélica impulsaban esta idea impulsada tanto por dogmas teológicos escatológicos como por un pragmatismo absolutamente cínico: asegurar un enclave leal que debilitara al Imperio otomano y protegiera las rutas estratégicas hacia la India. Los despachos de Lord Palmerston en 1840 son la prueba fehaciente de que la idea de plantar una colonia protegida por Europa en Oriente Medio responde a la cartografía del imperialismo británico, no a un deseo de emancipación espontánea de los pueblos de la región.
Para legitimar esta transferencia poblacional, la diplomacia occidental y los ideólogos sionistas recurrieron a uno de los mitos coloniales más perversos y falsificadores de la modernidad: la falacia de que Palestina era una "tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Como señala el historiador palestino Nur Masalha (4) Palestina estaba densamente habitada, cultivada y contaba con una vibrante sociedad urbana y rural. Invisibilizar al nativo era el requisito indispensable para justificar su desposesión. El mito operaba como un borrador ideológico que despojaba a los palestinos de su humanidad y de sus derechos inalienables sobre su propio suelo.
A esto se suma otra de las aristas más oscuras y documentadas del proceso: la convergencia entre el antisemitismo europeo y el diseño colonial. Las potencias occidentales, que veían con recelo a sus propias poblaciones judías o buscaban canalizar las olas migratorias procedentes de los pogromos en el Imperio ruso, encontraron en el sionismo una vía de escape funcional. Se trataba de deshacerse de minorías consideradas "incómodas" en casa mientras se establecía una avanzada de poder estratégico. El catedrático Rashid Khalidi detalla cómo este proyecto se consolidó posteriormente bajo el Mandato Británico y la Declaración de Balfour.
El Estado resultante no nació como un refugio humanitario autónomo, sino como una "cabeza de playa" (bridgehead) permanente del poder hegemónico occidental en el corazón del mundo árabe, diseñada para contener cualquier atisbo de nacionalismo emancipador y controlar los recursos energéticos de la región (5) La tragedia histórica del pueblo palestino no es solo la pérdida sistemática de su territorio, sino haber sido el peón sacrificado bajo una coartada mítica e ideológica que mercantilizó la fe, manipuló el sufrimiento judío en Europa y redujo a los habitantes originarios a la categoría de estorbos geopolíticos de un imperio extranjero. La resistencia del judaísmo tradicional. En sus orígenes, la gran mayoría de las comunidades de europeos de creencia judía de las zonas de Europa occidental y oriental rechazaron categóricamente el sionismo. Para el judaísmo rabínico tradicional, el exilio (diáspora) era un decreto divino derivado de los mandatos del Talmud (específicamente el pacto de los Tres Juramentos), que prohibía a los judíos retornar en masa a Palestina mediante la fuerza política o alterar el orden geopolítico antes de la llegada del Mesías.
Las principales asociaciones judías, tanto en el Berlín de finales del siglo XIX como en el seno del judaísmo reformista y ortodoxo, consideraban al sionismo como una peligrosa distorsión secular que alimentaba el antisemitismo al cuestionar la lealtad nacional de los judíos a sus respectivos países de adopción. El rabinato de Alemania llegó a impedir que el Primer Congreso Sionista (1897) se celebrara en Múnich por considerarlo una amenaza existencial para las comunidades judías integradas en Europa. Fueron sectores minoritarios y secularizados, encabezados posteriormente por Theodor Herzl, quienes capitalizaron el creciente antisemitismo europeo (culminado más tarde en la catástrofe del Tercer Reich) para alinearse con los intereses de las potencias coloniales. El sionismo no surgió como una emanación natural de la identidad judía, sino como una herramienta ideológica que se benefició de la convergencia entre el antisemitismo europeo, que deseaba expulsar a los judíos de Europa y el mesianismo cristiano occidental, que exigía su concentración en Palestina.
El precio de la coartada colonial: El calvario palestino La implantación de esta ideología de matriz eurocéntrica en el Levante mediterráneo requirió la destrucción sistemática de la sociedad palestina. Como se documenta en las investigaciones sobre la impunidad de la barbarie colonial, el mito del "retorno" funcionó como la coartada perfecta para legitimar la limpieza étnica de 1948, Al Nakba y el posterior régimen de apartheid y ocupación. El pueblo palestino, una sociedad plural, agraria, arraigada a su tierra durante milenios y completamente ajena a las contradicciones religiosas y raciales de la Europa moderna, ha tenido que pagar con sangre, desposesión y el desconocimiento absoluto de sus derechos inalienables el cumplimiento de una profecía teológica gestada en los salones del imperio británico y sostenida hoy por el fundamentalismo evangélico estadounidense y con apoyo de grupos cristianos sionistas de países como Brasil. Desmitificar el origen del sionismo no es un mero ejercicio historiográfico; es una necesidad analítica insoslayable para comprender que la opresión en Palestina no es el resultado de aquella narrativa falsaria de un conflicto milenario entre religiones, sino la consecuencia directa de un proyecto colonial de ingeniería geopolítica occidental, de raíz cristiana y de ejecución despiadada.
Esa relación entre cristianos del evangelismo neopentecostal, el sionismo y el imperialismo genera enormes repercusiones en ámbitos muy alejados de la espiritualidad. Tal como lo he señalado y acontece en países como Brasil, donde un porcentaje importante de la población brasileña de creencia evangélica neopentecostal, asume el apoyo al régimen sionista como un dogma de fe. Dura tarea para un Lula que nunca ha ocultado su apoyo a palestina y su critica al genocidio sionista. Tomo como ejemplo de lo señalado a Brasil por la evidente confirmación que la alianza entre cristianismo evangélico y sionismo lleva consigo la impronta de hegemonía, de secuestro de la creencia religiosa.
En los laboratorios de la ingeniería imperial, donde se diseñan las rutas de dominación mental y territorial para Nuestra América, se comprendió hace tiempo que los fusiles ya no bastan para doblegar a los pueblos. Se requería un mecanismo más sutil y penetrante: secuestrar el alma, colonizar la esperanza y transformar la fe en un rebaño de electores dóciles. Como regla general, no suele referirse ni cuestionar las creencias religiosas de las personas, un ámbito que pertenece a la esfera más íntima y respetable de la conciencia humana. Sin embargo, el foco actual es radicalmente distinto: lo esencial aquí no es la devoción o la fe en una divinidad, sino el hecho inocultable de que dicha creencia está siendo instrumentalizada por una ideología genocida, supremacista, racista, delictiva como es el sionismo, destinada a allegar agua a su molino.
Me refiero a la confluencia del sionismo y los intereses geoestratégicos de Estados Unidos, operados a través de políticos oportunistas que manipulan a millones de cristianos evangélicos para asegurar su hegemonía. Pablo Jofré Leal Periodista. Analista Internacional. Artículo para HispanTV 1.
Finch Henry “The World’s Great Restauration” cuyo título completo original es The Worlds Great Restauration, or, the Calling of the Jewes Una obra que corresponde al influyente tratado teológico-escatológico publicado en 1621 por el mencionado jurista y teólogo inglés Impreso en Londres por Edward Griffin (1621). 2. La obra original se basó en el texto de la Versión King James (KJV) en inglés. Su gran innovación fue integrar notas explicativas al pie de página y esquemas proféticos que popularizaron la teología dispensacional, es decir, la división de la historia bíblica en diferentes "dispensaciones" o eras. Tuvo múltiples reimpresiones y adaptaciones posteriores, como la Old Scofield o revisiones al español 3.
Lewis M. Donald “The Origins of Christian Zionism: Lord Shaftesbury and Evangelical Support for a Jewish Homeland (Cambridge University Press, 2009, Reino Unido/EE. UU.), 4. Esta afirmación y la cita de Chaim Weizmann sobre el concepto inicial del movimiento sionista ("a country without a people, and, on the other hand, there exists the Jewish people, and it has no country") se encuentran en Masahla Nur, Expulsion of the Palestinians: The Concept of "Transfer" in Zionist Political Thought, 1882–1948 (Washington, D.C.: Institute for Palestine Studies, 1992.
Pág. 6 5. Khalidi Rashid. “The Hundred Years' War on Palestine: A History of Settler Colonialism and Resistance, 1917–2017 Metropolitan Books, 2020, EE. UU. Paráfrasis que sintetiza el argumento central del libro en torno a la alianza entre el movimiento colonial-de-asentamiento y las potencias hegemónicas occidentales.