Por Xavier Villar «Anuncio la OPERACIÓN ECONÓMICA MÁS DEVASTADORA JAMÁS EMPRENDIDA CONTRA NINGÚN PAÍS», afirmó el presidente estadounidense en una publicación en su plataforma Truth Social el miércoles por la noche. «Este será un DÍA D económico, y necesitamos que todos nuestros aliados se unan a Estados Unidos para aislar y derrotar la amenaza iraní». Es evidente que Estados Unidos se ha quedado sin opciones militares. Como señalan varios expertos, la señal más clara de ello es que la administración Trump ha dejado de atacar objetivos iraníes, incluso cuando Teherán continúa atacando buques que transitan por el estrecho, a pesar de que la segunda ronda de la guerra se inició precisamente porque EE. UU. había advertido que no podía aceptar estos ataques.
Además, todo esto se produce en un contexto marcado por los informes sobre el agotamiento de las reservas estadounidenses de municiones clave. Según Reuters, las fuerzas estadounidenses han utilizado prácticamente todas sus reservas mundiales de misiles ATACMS y Precision Strike Missiles durante los cinco meses de conflicto con Irán. A esto se suma que se ha consumido aproximadamente el 65 % de los interceptores Patriot, el 38 % de los interceptores THAAD y casi la mitad de los misiles de crucero Tomahawk. Por este motivo, en las últimas semanas, la Casa Blanca ha anunciado un cambio de estrategia hacia un mayor endurecimiento de la presión económica sobre Irán.
El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, afirmó la semana pasada que Estados Unidos intensificaría sus esfuerzos para aislar económicamente al país. Desde hace meses, el Tesoro lleva a cabo una operación denominada Operation Economic Fury, cuyo objetivo es cortar las fuentes de financiación de Irán mediante sanciones selectivas, mientras que un bloqueo naval en el estrecho de Ormuz trata de impedir que los puertos iraníes exporten el petróleo esencial para mantener a flote su economía. Irán se ha enfrentado a importantes sanciones estadounidenses desde prácticamente los inicios de la República Islámica, en 1979. La campaña de presión económica se intensificó después de que Trump se retirara en su primer mandato del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), un acuerdo alcanzado en 2015 entre Irán y las principales potencias mundiales para limitar su programa nuclear.
Pero las autoridades iraníes han entendido que el objetivo de esta nueva guerra económica no es simplemente continuar con las sanciones como ha hecho tradicionalmente Estados Unidos. La meta va más allá de reducir el número de barriles exportados; se trata de hacer que el funcionamiento normal de la economía iraní resulte cada vez más costoso, complicado y políticamente perjudicial, al tiempo que se incentiva a terceros países a concluir que facilitar el comercio con Irán implica unos costes que ya no están dispuestos a asumir. Estados Unidos ya no busca concentrarse únicamente en el número de barriles de petróleo iraní que llegan al mercado; también está atacando las infraestructuras que permiten a Irán convertir esas exportaciones en ingresos disponibles, incluidas las redes de transporte marítimo, las transferencias financieras, las casas de cambio, los intermediarios, los servicios de registro y los canales comerciales que involucran a terceros países. La eficacia de estas sanciones dependerá en gran medida de cómo reaccionen los países que, en última instancia, resulten afectados, entre los que podrían encontrarse aliados de Estados Unidos como Turquía e Irak, así como China (que, según todo indica, no cumplirá con las sanciones).
Irán resistió cuarenta días de guerra sin dar muestras de fracturas internas y consiguió imponer costes masivos con su estrategia militar ofensiva. Pero la siguiente fase del conflicto, y todo apunta a que la confrontación será larga, puede suponer dificultades aún mayores que las ya atravesadas. La nueva ofensiva económica de Washington está diseñada para dañar una economía que lleva años debilitándose a base de sanciones. Es cierto que, por el momento, las autoridades iraníes no se muestran especialmente preocupadas.
El control del Estrecho de Ormuz les garantiza la posibilidad de regular el tráfico de los grandes petroleros para el transporte de crudo. Cabe destacar que, aunque Trump continúa insistiendo en que tiene «control total sobre el estrecho de Ormuz», los envíos de petróleo a través de la vía seguirán siendo mínimos, a menos que el mandatario encuentre la manera de sacar el petróleo de contrabando en carros de catering, o hasta que logre un acuerdo con Irán. Y no habrá tal acuerdo hasta que afronte la realidad de que perdió la guerra que él mismo decidió librar. El cierre de Ormuz, tal y como apunta el economista Paul Krugman, significa que los precios del petróleo, que habían caído brevemente hasta situarse cerca de los niveles previos a la guerra ante la esperanza de que realmente se alcanzara un acuerdo, se mantendrán elevados en el futuro. ¿Y qué supondrá esto para Estados Unidos?
Lo más inmediato es que la inflación, que se había mantenido contenida durante los últimos dos meses gracias a la caída de los precios de los combustibles, volverá a repuntar en los próximos datos. La actual ofensiva económica estadounidense no va a provocar ni la rendición de Irán ni un cambio sustancial en su postura. Irán considera que ganó la guerra de los cuarenta días y que, por tanto, la presión económica también hay que enmarcarla en la negativa de la administración Trump de aceptar la derrota. Desde este punto de vista, y sin dejar de prestar atención tanto a las dificultades internas como a las presiones externas, la República Islámica sigue convencida de que tiene el tiempo a su favor y que Estados Unidos, citando a John Mearsheimer, no cuenta con posibilidades reales de ganar.