Por HispanTV Como todas las campañas similares anteriores, esta nueva iniciativa también está destinada a fracasar. A partir del 24 de agosto, el Departamento del Tesoro y otras agencias estadounidenses prevén aplicar lo que Bessent describió como una política de “cero filtraciones”, con el objetivo de cerrar todos los canales mediante los cuales Irán pueda generar ingresos. El objetivo declarado es privar a Irán de recursos. Los países que mantengan relaciones comerciales con Irán podrían enfrentarse a la exclusión del sistema financiero basado en el dólar estadounidense, y Bessent advirtió que incluso grandes potencias como China podrían ser objeto de estas medidas.
Sin embargo, esta estrategia plantea una pregunta fundamental: ¿cuántas veces puede Washington reciclar la misma política fallida antes de que su fracaso sea evidente? Las nuevas medidas no son más que una versión renovada de la estrategia de ‘máxima presión’, la misma apuesta que en el pasado prometió llevar a Irán al colapso, pero que terminó viendo cómo Teherán lograba adaptarse, diversificar sus asociaciones económicas y fortalecer sus defensas estratégicas. Esta nueva ofensiva de sanciones llega después de una agresión militar estadounidense que, en lugar de alcanzar el resultado que Washington buscaba desesperadamente, dejó al descubierto los límites de la coerción estadounidense. Insistir ahora en la guerra económica constituye, según el análisis, una admisión de derrota y un intento desesperado de convertir las sanciones en un arma política.
Tras casi cinco décadas de las sanciones más severas, múltiples formas de guerra económica y dos guerras a gran escala impuestas contra Irán en menos de un año, el historial demuestra que la asfixia económica nunca ha logrado quebrar a Irán y, según el texto, nunca lo logrará. Estados Unidos debería abandonar su fallida guerra económica, levantar las sanciones consideradas ilegales, tal como establece el Memorando de Entendimiento (MoU) firmado tras la Guerra de Ramadán de cuatro días, y optar por la diplomacia en lugar de la coerción. Una cronología de escaladas sin éxito La historia de las sanciones estadounidenses contra Irán es, según el artículo, una cronología de escaladas sin resultados. Desde la Revolución Islámica de 1979, cuando fue derrocado el régimen de Teherán respaldado por Estados Unidos, las sucesivas administraciones estadounidenses han impuesto duras sanciones contra Irán con el objetivo declarado de provocar la caída de la República Islámica o forzar su sometimiento.
Cada campaña fue presentada como la más devastadora de la historia y, según el análisis, todas terminaron fracasando. El patrón, sostiene el texto, revela una profunda falta de visión estratégica que ha costado a Estados Unidos credibilidad, recursos e influencia internacional. En 2012, la Administración Obama calificó sus medidas como las sanciones más devastadoras jamás impuestas. Sin embargo, no lograron doblegar a Irán.
En 2018, el presidente Donald Trump lanzó la campaña de ‘máxima presión’ tras retirarse unilateralmente del Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), conocido como el acuerdo nuclear con Irán. Esa estrategia tampoco produjo los resultados esperados. Joe Biden mantuvo una línea de presión similar sin obtener mejores resultados. Ahora, en su segundo mandato, la Administración Trump ha prometido impulsar la campaña económica más contundente jamás aplicada contra un país.
No obstante, el patrón, según el artículo, es claro y el desenlace previsible. Estados Unidos habría agotado gran parte de su arsenal económico sin alcanzar sus objetivos políticos o militares, pero continúa aferrándose a la idea de que una nueva ronda de presión podría producir un resultado diferente. El texto califica esta situación como “la definición misma de la locura”: hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados distintos. Según el análisis, el liderazgo iraní ha resistido estas presiones durante décadas y ha desarrollado mecanismos para sobrevivir e incluso avanzar bajo condiciones adversas.
Cada nueva ronda de sanciones, sostiene el artículo, ha sido respondida con mayor capacidad de adaptación, una integración regional más profunda y una economía más diversificada. El pueblo iraní no se ha levantado contra su Gobierno como Washington esperaba, y la resistencia de la República Islámica ha desafiado las predicciones y modelos en los que se han basado los responsables políticos estadounidenses. Los fallos estructurales de la diplomacia coercitiva El fracaso de las sanciones estadounidenses contra Irán no es accidental, sino estructural, ya que está arraigado en la propia lógica de la coerción. Durante décadas, expertos y analistas veteranos sobre Irán han advertido de que ni la asfixia económica ni las amenazas militares pueden obligar a Teherán a rendirse.
Según el artículo, las autoridades estadounidenses ya han perdido lo que quedaba de su credibilidad. Washington abandonó el JCPOA en 2018 pese a que Irán cumplía con sus compromisos verificados e impuso dos guerras de agresión en pleno proceso diplomático. Este déficit de credibilidad constituye, según el texto, el punto débil de la estrategia coercitiva estadounidense. A lo largo de sucesivos ciclos de sanciones, Teherán ha demostrado que no solo puede neutralizar las medidas de presión, sino también volverlas irrelevantes.
Mientras la República Islámica ha aprendido a adaptarse, Estados Unidos no lo ha hecho, sostiene el análisis. Los consumidores estadounidenses también están pagando un alto precio por esta política fallida. Los precios internacionales del petróleo aumentaron tras el anuncio de las nuevas sanciones. Los precios de la gasolina en Estados Unidos han subido aproximadamente un 29 % durante el último año, lo que ha incrementado la presión sobre los hogares estadounidenses que ya afrontan las consecuencias de la inflación.
Si el estrecho de Ormuz permaneciera cerrado incluso durante un trimestre, algunos informes señalan que el aumento de los precios del petróleo podría provocar un importante repunte de la inflación en Estados Unidos. La paradoja, según el artículo, es cada vez más evidente: las sanciones contra Irán se están convirtiendo progresivamente en sanciones contra los consumidores estadounidenses y contra la economía mundial. La guerra económica estaría generando un importante efecto de retroceso sobre el propio Estados Unidos. La cuestión ya no sería si Irán puede soportar la presión, sino si Estados Unidos puede permitirse continuar una política que castiga a sus propios ciudadanos mientras no alcanza sus objetivos.
El pueblo estadounidense, afirma el texto, no se beneficia de una estrategia que eleva los costes energéticos, altera las cadenas globales de suministro y aumenta las tensiones regionales sin producir resultados. El análisis de coste-beneficio de las sanciones se ha vuelto cada vez más desfavorable, pero Washington parece incapaz o poco dispuesto a cambiar de rumbo, lo que el artículo interpreta como una señal de inercia estratégica: una adhesión automática a políticas fallidas porque las alternativas parecen políticamente difíciles. La opción militar fue probada y resultó insuficiente Las recientes dos guerras de agresión contra Irán representan, según el artículo, uno de los ejemplos más claros del fracaso estratégico de Washington. Después de años de guerra económica sin alcanzar los resultados esperados, la maquinaria militar estadounidense recurrió a una acción directa contra Irán, imponiendo dos guerras que el texto califica de no provocadas, en junio del año pasado y febrero de este año.
Según el análisis, ambas guerras fracasaron y ninguno de los objetivos militares estadounidenses fue alcanzado. El coste financiero de estos conflictos asciende a cientos de miles de millones de dólares para los contribuyentes estadounidenses, sin producir, según el artículo, más que la muerte de iraníes inocentes, incluidos científicos, deportistas en Teherán y escolares en Minab. La opción militar estaba concebida como la máxima garantía de la hegemonía estadounidense, el recurso definitivo cuando otros instrumentos habían fracasado. Sin embargo, también demostró ser incapaz de alcanzar los objetivos declarados por Washington.
El Ejército iraní y la población del país mostraron una capacidad de resistencia que, según el texto, sorprendió a los planificadores militares estadounidenses. En lugar de doblegar a Irán, las guerras reforzaron la determinación iraní y profundizaron sus alianzas regionales. El fracaso de la vía militar debería haber servido, según el artículo, como una señal de alerta para una revisión fundamental de la estrategia estadounidense. En cambio, Washington simplemente volvió a la misma guerra económica que ya había demostrado ser ineficaz.
Este patrón de escalada y fracaso revela, según el análisis, una profunda incapacidad para aprender de la experiencia. Estados Unidos habría agotado tanto sus herramientas económicas como militares sin lograr sus objetivos, pero continúa recurriendo a los mismos enfoques fallidos. El liderazgo iraní, concluye el texto, ha observado esta dinámica y ha llegado a la conclusión de que Washington carece de una estrategia real y actúa mediante respuestas automáticas que terminan siendo contraproducentes. Por qué más sanciones no funcionarán ahora La nueva ronda de sanciones prevista por la Administración Trump se enfrenta a los mismos obstáculos fundamentales que han frustrado todas las campañas de presión anteriores.
La economía iraní ya se ha adaptado a la estrategia de máxima presión. Las redes y mecanismos desarrollados para sortear las sanciones ya están establecidos y continúan perfeccionándose. Cada nueva ronda de sanciones «ilegales y draconianas», según el artículo, tiene rendimientos decrecientes, ya que las medidas más efectivas ya han sido aplicadas. Las sanciones adicionales probablemente no impondrán un daño significativo nuevo a Irán, mientras que sí implican riesgos importantes para la economía mundial.
Además, el contexto actual es fundamentalmente distinto al de hace algunos años. El panorama geopolítico ha cambiado de manera profunda. China y Rusia han fortalecido sus relaciones económicas y estratégicas con Irán, proporcionando mercados alternativos, financiación y respaldo diplomático. Estados Unidos ya no disfruta del dominio económico incuestionable que tuvo en el pasado, y su capacidad para imponer sanciones de manera unilateral es más limitada que nunca.
La economía mundial se ha vuelto más multipolar y cada vez más países se muestran menos dispuestos a alinearse con las políticas de sanciones estadounidenses cuando estas perjudican sus propios intereses económicos. El liderazgo iraní también ha desarrollado una comprensión más sofisticada sobre cómo resistir las sanciones. La economía ha sido reestructurada para reducir la dependencia de las exportaciones petroleras, se han ampliado las exportaciones no petroleras y se ha incentivado la producción nacional mediante diversas políticas. Aunque estas medidas no han eliminado el impacto de las sanciones, han hecho que la economía iraní sea más resistente que durante anteriores campañas de presión.
Además, Teherán ha desarrollado una estrategia diplomática más compleja, fortaleciendo sus vínculos con potencias regionales y creando alianzas que dificultan que Estados Unidos pueda aislar internacionalmente a Irán. El marco para una solución sostenible El actual estancamiento exige, según el artículo, un cambio fundamental de enfoque. El Memorando de Entendimiento firmado entre Teherán y Washington tras la Guerra de Ramadán de 40 días proporciona un marco definido, al establecer el levantamiento de todas las sanciones primarias y secundarias impuestas contra Irán durante décadas como condición para poner fin definitivamente al conflicto. El texto considera este punto una condición previa para cualquier acuerdo sostenible.
El documento, sostiene el artículo, debe ser tomado en serio como base para las negociaciones, ya que sus disposiciones fueron diseñadas para abordar las preocupaciones de ambas partes y ofrecer un camino hacia una paz y estabilidad regionales a largo plazo. Para que un acuerdo tenga posibilidades de éxito, las demandas iraníes deben cumplirse «en letra y espíritu», afirma el análisis. El alivio de sanciones debe ser real, integral y duradero. Medidas parciales o reversibles solo reforzarían el escepticismo iraní y fomentarían la continuidad de la resistencia.
Estados Unidos debe demostrar que está dispuesto a cumplir sus compromisos y que la diplomacia no es simplemente una fase previa a una nueva guerra o a más sanciones. Esto requiere, según el artículo, un cambio profundo en la forma en que Washington aborda las negociaciones, abandonando los ultimátums de «todo o nada» que han caracterizado intentos anteriores y avanzando hacia una diplomacia basada en concesiones mutuas. El estrecho de Ormuz solo será reabierto cuando se cumplan las demandas legítimas de Irán, no una sola, sino todas ellas. La reapertura del estrecho beneficiaría a la economía mundial, pero el artículo sostiene que la dinámica ha cambiado y que la administración de esta vía marítima será ahora determinada por Irán.
El imperativo estratégico del cambio Estados Unidos se enfrenta a una decisión estratégica crucial: continuar por un camino de fracaso demostrado o adoptar un nuevo enfoque basado en las realidades sobre el terreno y en el nuevo orden mundial. Según el artículo, la política actual no ha alcanzado ninguno de sus objetivos declarados. La credibilidad estadounidense se ha deteriorado, las alianzas se han debilitado y la economía mundial se ha visto afectada. La denominada campaña de ‘máxima presión’ se ha aplicado bajo distintas formas durante más de una década y, según el texto, en cada ocasión ha fracasado.
La opción militar también habría sido probada y, de acuerdo con el análisis, habría demostrado ser catastrófica para la maquinaria bélica estadounidense. El único camino restante sería la diplomacia y una comprensión clara de las líneas rojas de Irán. El artículo sostiene que el principal defecto de la estrategia estadounidense es la ausencia de una vía de salida. La presión económica no genera capitulación, sino que alimenta la resistencia y aumenta los incentivos para encontrar mecanismos alternativos.
Según el análisis, Estados Unidos ha creado una situación en la que el pueblo iraní no tiene incentivos para negociar porque carece de confianza en que cualquier acuerdo sea respetado. Restablecer esa confianza, afirma el texto, requiere más que promesas; exige acciones concretas que demuestren un compromiso real con la diplomacia en lugar de la coerción. El artículo concluye que ha llegado el momento de reconocer que la maquinaria de guerra estadounidense ha agotado sus opciones, tanto militares como económicas. La vía hacia adelante, según el análisis, sería levantar todas las sanciones primarias y secundarias contempladas en el (MoU) y permitir la reapertura del estrecho de Ormuz.
Estados Unidos, sostiene el texto, debe comprender que no puede obligar a Irán a someterse mediante la agresión militar o la presión económica, y debe aceptar, según esta perspectiva, que Irán se ha convertido en una nueva potencia regional. Asimismo, el artículo afirma que Washington debe reconocer que su actual enfoque no solo no logra sus objetivos, sino que también perjudica sus propios intereses. Las sanciones impuestas durante décadas son calificadas en el texto como “ilegales e inhumanas”. Según el análisis, su continuidad no responde a ningún interés estadounidense, salvo mantener una política fallida.
Para la población estadounidense, añade, esto solo se traduce en una pérdida de influencia internacional y en un deterioro de las alianzas. El artículo concluye que la única vía coherente sería la eliminación total e irreversible de todas las sanciones, junto con una garantía vinculante frente a futuras imposiciones, como reconocimiento de que una política sin fundamento legal, justificación moral ni viabilidad estratégica no tiene lugar en el actual mundo multipolar.