Sam Altman era uno de esos hombres de Silicon Valley obsesionados con esquivar a la muerte. Controlaba sus horas de sueño, levantaba pesas tres veces por semana, hacía rutinas HIIT e incluso ayunaba durante 15 horas diarias a la vez que analizaba periódicamente su sangre para reajustar sus hábitos alimenticios. Y de repente, todo cambió para el CEO de OpenAI: "Ahora todo se ha ido a la mierda". No fue un cambio en la bolsa de valores que conllevase un estrés adicional, ni ChatGPT se volvió idiota de la noche a la mañana creando un caos en la compañías, ni sufrió una lesión irreversible que le impediría entrenar de ahí en adelante.
Lo que cambió por completo la obsesión por la productividad y la salud de Sam Altman fue convertirse en padre y descubrir una experiencia "significativamente infravalorada". Cuando la productividad no entiende de horarios o esfuerzo Su obsesión por controlar el envejecimiento, una dinámica cada vez más habitual entre los ricachones de todo el mundo, no suponía sólo un considerable agujero en su calendario, también en su bolsillo. Llegó a pagar 180 millones de dólares a Retro Biosciences para poder añadir 10 años de vida saludable a su colección y, para conseguirlo, seguía a rajatabla un plan de ejercicio, sueño, alimentación y medicación que, por razones obvias, no tardó en irse al traste. Lo cierto es que, incluso con dinero a espuertas, la paternidad es un cambio mucho menos anecdótico y controlable de lo que proponen estos gurús de la productividad.
Según recogía un estudio entre más de 4.600 padres, ni siquiera 6 años después del nacimiento del primer hijo se recuperaban los niveles de sueño previos a la llegada del crío. Lo mismo ocurre para la actividad física y, en general, casi cualquier hábito escrito en piedra que se tuviese antes. De alguna forma, las señales que llamaban a esa rutina desaparecen. El resultado no podría ser más paradójico.
Incluso para Sam Altman, uno de los hombres con más capacidad para comprar tiempo y ganar años de vida, hay variables que son imposibles de controlar y optimizar. Castillos de naipes que, bajo la promesa de la productividad perfecta, se desmontan sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo porque, más tarde o más temprano, algo se cruza en tu vida capaz de obligarte a aceptar que el sueño, el entrenamiento y tu agenda ya no son algo capaz de funcionar de forma regular y controlada. En 3DJuegos | Jensen Huang y su filosofía sobre el esfuerzo a los 62 años: "La gente que entrena para los Juegos Olímpicos también se queja"