Harry El Sucio rompió las reglas del cine policial para siempre, y la culpa es de un asesino real que sigue libre

Harry El Sucio rompió las reglas del cine policial para siempre, y la culpa es de un asesino real que sigue libre

El true crime lleva siendo una apuesta segura para productoras de series y podcasters. Y bueno, es comprensible, como bien sabía la Señora Fletcher de Se ha escrito un crimen, uno no puede resistirse a una buena historia, especialmente si es una de esas historias reales en las que se supera a la ficción. Cada semana aparece un documental nuevo sobre un caso sin resolver, con su recreación en cámara lenta, su música de sintetizador y su voz en off preguntándose si algún día sabremos la verdad, y a mí ese formato se me está haciendo bola. Pero pensando en eso he ido tirando del hilo hacia atrás, hasta el momento exacto en que la industria del entretenimiento descubrió que un asesino sin rostro era material narrativo de primera.

Ese momento tiene fecha, tiene ciudad y tiene, contra todo pronóstico, un dueño de pizzerías como protagonista. Y no, no es el asesino. Que sepamos, al menos. Trece mil dólares, una moto Kawasaki y una sala llena de policías de paisano El caso del Asesino del Zodiaco es uno de los mayores misterios sin resolver en la historia criminal de Estados Unidos.

Consistió en una serie de asesinatos cometidos en el norte de California (principalmente en el área de la Bahía de San Francisco) entre finales de los años 60 y principios de los 70. El asesino, que atacaba sobre todo a parejas jóvenes, se hizo infame por enviar cartas burlonas y complejos criptogramas a los periódicos locales, firmando siempre con un símbolo que simulaba la mira de un arma (un círculo cruzado por dos líneas). Aunque la policía solo pudo confirmarle cinco víctimas mortales (y dos supervivientes), el asesino afirmó en sus cartas haber matado a 37 personas. A día de hoy, su identidad sigue siendo desconocida.

Hanson de la premisa de que el asesino, un tipo obsesionado con su propia leyenda mediática, no iba a poder resistirse a ver su película Tom Hanson tenía varias franquicias de Pizza Man y algunos locales de Kentucky Fried Chicken en California cuando decidió meterse a director. Se gastó unos trece mil dólares y unas pocas semanas rodó El Asesino del Zodiaco (The Zodiac Killer), una película de de pura serie B estrenada el 7 de abril de 1971 en el RKO Golden Gate de San Francisco, cuando el caso real seguía completamente abierto. Hasta aquí, una historia normal de cine de barrio. Lo que no era normal es que Hanson no rodó la película para contar el caso, sino para resolverlo.

Partió de la premisa de que el asesino, un tipo obsesionado con su propia leyenda mediática, no iba a poder resistirse a ver su película. La cosa mejora. Ya entrando en la segunda década de los 2000 Hanson explicó que el montaje que preparó para tenderle la trampa al asesino, que me parece digno de su propia película. Había una moto Kawasaki expuesta como premio de un sorteo, y para participar había que rellenar una tarjeta completando a mano la frase "creo que el Zodiaco mata porque".

Las tarjetas caían por una ranura a un cuarto donde un grafólogo las cotejaba con la letra de las cartas auténticas publicadas en la prensa, y si aparecía una coincidencia se activaba una señal luminosa para que los agentes de paisano repartidos por la sala hicieran su trabajo. Según contó el propio Hanson años después, uno de sus colaboradores estuvo a punto de asfixiarse escondido dentro de una cámara frigorífica. No pescaron a nadie, la película desapareció de la circulación durante décadas y seguramente nunca sepamos si el asesino llegó a verla. Que el primer intento serio de convertir al Asesino del Zodiaco en producto audiovisual fuese también un intento literal de detenerlo dice bastante sobre este curioso fenómeno cinematográfico del que os quiero hablar hoy.

Scorpio no tiene motivos y eso cambió el cine de policías para siempre Ocho meses después de la maniobra de Hanson, el 23 de diciembre de 1971, Don Siegel estrenó Harry el Sucio con guion de Harry Julian Fink, R.M. Fink y Dean Riesner. El villano se llama Scorpio, manda cartas amenazantes, secuestra un autobús escolar y pide dinero y un avión para salir del país, y está construido a partir del Asesino del Zodiaco con algún ingrediente añadido del secuestrador Gary Steven Kristm porque otra cosa no, pero en Estados Unidos hay una galería de personajes de este tipo para elegir sorprendente. La coincidencia con el caso real no es sutil: el Asesino Zodiaco había empezado a escribir a la prensa de San Francisco entre el 31 de julio y el 4 de agosto de 1969, y el 13 de octubre de ese mismo año amenazó por carta con disparar a los niños de un autobús escolar.

Siegel no inventó nada, simplemente pescó en los periódicos lo que ya estaba pasando e hizo una película haciendo buena aquella máxima de que el arte es un reflejo de sus tiempos. Este nuevo tipo de asesino funciona porque es una fuerza letal que no admite lógica. Esto convierte al policía que se salta el procedimiento en la única respuesta posible Lo importante no es lo que tomaba la peli de Harry Callahan de la realidad, es lo que se quedó fuera. Scorpio no tiene infancia traumática, no tiene motivo, no tiene explicación de ningún tipo, y esa ausencia de respuestas se convirtió en la plantilla narrativa del asesino de cine durante los siguientes quince años.

El personaje funciona precisamente porque es una fuerza letal sin causa, algo que aparece, hace daño y no admite lógica. Esto convierte al policía que se salta el procedimiento en la única respuesta posible. El agente de la ley de la cultura pop norteamericana había cruzado definitivamente la línea moral del antihéroes y eso no pasó desapercibido para los grandes críticos de la época. Pauline Kael escribió que la película era profundamente inmoral y que el género había acabado enseñando su potencial fascista, y por su parte Roger Ebert defendió la tesis contraria, aunque coincidió en el diagnóstico moral pero señalando que como thriller era eficacísimo.

Los dos tenían razón, pero al público le dio igual porque la película recaudó unos 36 millones de dólares frente a los 4 de presupuesto. El planteamiento de la película tenía sentido. Tanto es así que si el asesino real no fue capturado es precisamente porque la policía fue incapaz de establecer un perfil que le llevara a identificar a un solo sospechoso más allá de la duda razonable. A nivel cultural la película estableció ante el público que si el asesino no tenía motivos o metodología clara, el policía llamado a capturarle tampoco podía seguir reglas o ver limitado moralmente por sus acciones.Aunque el cine (y especialmente las novelas y el mundillo del pulp) ya había presentado algunos antecedentes de defensores de la ley y el orden que se movían en una zona ética más bien gris, seguramente fue a partir de Harry El Sucio parece que ya todo vale con tal de capturar al malo.

El justiciero acaparó el género hasta reventarlo En julio de 1974 llegó El justiciero de la ciudad (Death Wish), con Michael Winner detrás de la cámara y Charles Bronson como árido protagonista, adaptando una novela de Brian Garfield de 1972 que decía justo lo contrario que la película. Garfield había escrito un libro contra el vigilantismo y se encontró con una adaptación que lo celebraba, hasta el punto de calificar las secuelas de rancias e inútiles, según cuenta el libro sobre el rodaje de la película de Paul Talbot. Cannon Films, que no se pierde una, se hizo cargo de las secuelas a partir de 1982 y las fue sacando a cholón, cada una más barata y más casposa que la anterior. Tampoco podemos decir que fuera la primera vez que la industria del entretenimiento vendía la fantasía de que el orden se restaura con una pistola, justo mientras la respuesta institucional real al problema se parecía quedarse de brazos cruzados: ahí está el western que es lo más norteamericano que uno puede imaginar junto a las hamburguesas de cuatro pisos.

A nivel cultural Harry El Sucio estableció ante el público que si el asesino no tenía motivos o metodología clara, el policía llamado a capturarle tampoco podía seguir reglas El punto de agotamiento del género de vigilantes y justicieros tiene nombre y año. Al filo de la medianoche, dirigida por J. Lee Thompson para Cannon en 1983, cogió la fórmula y le añadió un asesino que mata desnudo, con una insistencia de la cámara en el terror de sus víctimas que a Ebert le pareció directamente indecente. Le puso cero estrellas y la mandó una alcantarilla.

Lo que más le indignó no fue la violencia sino la hipocresía de rematar con un alegato en favor de la ley y el orden después de haberse recreado durante hora y media en lo contrario. El mismo crítico le había dado tres estrellas a El justiciero de la ciudad nueve años antes, así que el problema no era Bronson ni el género. El problema era que la fórmula ya no tenía nada relevante que decir y las novedades que se introducían eran cada vez más rocambolescas. Cuando un ciclo llega a ese punto, o muere o se reinventa.

En el FBI alguien estaba tomando notas La reinvención venía de un sitio que no era el cine. El FBI había creado su Unidad de Ciencias del Comportamiento en 1972, y a lo largo de la década agentes como John Douglas y Robert Ressler se dedicaron a recorrer prisiones de todo el país entrevistando a asesinos condenados, treinta y seis en total, para construir una base de datos sobre patrones de conducta. ¿La serie Mindhunter que incomprensiblemente Netflix canceló a pesar de ser una auténtica joya? Pues esa. La idea de que al monstruo se le podía leer y entender en lugar de simplemente perseguirlo era nueva, incómoda y bastante poco cinematográfica La idea de que al monstruo se le podía leer y entender en lugar de simplemente perseguirlo era nueva, incómoda y bastante poco cinematográfica de entrada.

Thomas Harris visitó Quantico a finales de los setenta durante los dieciocho meses que dedicó a documentar y escribir El dragón rojo, y de ahí salió Jack Crawford, modelado sobre Douglas. Ese es el momento exacto en que el género cambia de bando: el protagonista deja de ser el que dispara y pasa a ser el que pregunta. La transición no fue inmediata. Manhunter, la primera adaptación de esa novela, dirigida por Michael Mann en 1986 con Brian Cox como Hannibal Lecter y William Petersen como Will Graham, se pegó un batacazo comercial de aúpa con apenas ocho millones y medio de dólares en Estados Unidos.

Cinco años después, El silencio de los corderos de Jonathan Demme hacía lo mismo con otro reparto y se llevaba los cinco Oscar en la ceremonia de 1992, la tercera película de la historia en conseguirlo. Douglas y su equipo asesoraron a los actores, y una agente acompañó a Jodie Foster durante dos días para enseñarle cómo se movía y cómo hablaba un auténtico agente del FBI metido en estos berenjenales. Clarice Starling, al contrario que los personajes de Eastwood o Bronson, no dispara antes de comprender, trata de comprender para andar por ahí disparando a lo loco pegando tiros al aire, y esa inversión es la que explica por qué el mismo público que había aplaudido a Callahan veinte años antes aplaudía ahora a una estudiante de la academia Quantico haciendo preguntas en un sótano mal iluminado. ¿Fue un cambio moral de la sociedad estadounidense o simplemente el público se había cansado de las otras películas? Seven cierra el círculo del Asesino del Zodiaco En septiembre de 1995 David Fincher (que luego haría la mencionada Mindhunter) estrenó Seven con guion de Andrew Kevin Walker, 33 millones de presupuesto y una recaudación mundial que superó los 327.

La decisión formal que sostiene la película entera es una renuncia al morbo: los crímenes no se ven, se interpretan en lo que dejan detrás, en las fotos del expediente, en las evidencias forenses. Vamos, todo lo contrario que la Cannon. John Doe no es una fuerza de la naturaleza como Scorpio ni una bizarra y fascinante personalidad como Lecter, es un tipo con una tesis y una nutrida biblioteca de clásicos de la literatura. Seven le concede a su asesino en serie algo que el cine de los setenta jamás le habría dado, que es tiempo para explicarse.

Y es que ahora, casi 30 años después, el asesino vuelve a tener un motivo para hacer lo que hace, por incomprensible que nos pueda resultar El espectador de 1995 ya tenía entrenamiento suficiente para unir los puntos entre las pistas que la cámara no enseñaba, y ese aprendizaje nace del estudio real, durante 25 años, de cartas cifradas, perfiles psicológicos y casos truculentos de todo tipo que desde finales de los años 60 asolaron las primeras páginas de todos los periódicos. Y queda una última vuelta de tuerca. La película Zodiac, dirigida por Fincher en 2007, es un thriller policiaco que relata la investigación real detrás de los crímenes del Asesino del Zodiaco. El misterio que generó el Asesino del Zodiaco y su repercusión cultural ayudó a impulsar a pasos agigantados el desarrollo de herramientas para evitar y contrarrestar acciones similares En lugar de centrarse solo en los asesinatos, la trama sigue la creciente y destructiva obsesión de un dibujante de prensa, un periodista y un inspector de policía a lo largo de varias décadas por identificar al asesino.

La cinta muestra cómo la búsqueda desesperada por descifrar los códigos y descubrir la identidad del criminal consume por completo sus vidas personales y profesionales, reflejando la frustración de un misterio que queda sin solución. Y aquí está lo que a mí me tiene fascinado. En 1969, el Asesino del Zodiaco entendió que la prensa podía convertir sus acciones criminales en mitología, una que Hollywood no ha dejado de recrear desde entonces. En paralelo, la investigación forense ha dado lugar a la creación de unidades especiales en las fuerzas del orden dedicadas a la creación de descripciones psicológicas y de comportamiento de este tipo de agresores, perfeccionando la perfilación criminal.

El Caso del Asesino del Zodiaco sigue sin respuesta, pero el misterio que generó y su repercusión cultural ayudó a impulsar a pasos agigantados el desarrollo de herramientas para evitar y contrarrestar futuras acciones de ese mismo tipo. Y eso a su vez se ha traducido en un nuevo cambio en el modo en el que el cine retrata estas historias. Mi pregunta es, ¿hemos aprendido a comprender a estos individuos o simplemente a crear mejores historias sobre ellos? Hazte hueco en el sofá: Llega el club que tu lado más fan necesitaba ¡Prepara tu bol de snacks porque en 3DJuegos nos ponemos en modo seriéfilo!

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