Arabia Saudí puede ser el caso paradigmático de esta construcción. Tras la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, las élites políticas del Reino impulsaron con mayor fervor dos proyectos paralelos, la conmemoración histórica y la construcción estatal, con el objetivo de imponer su visión de posguerra sobre el Estado, la nación y la economía. No solo el Reino ha estado “ocultando” los intercambios intelectuales transnacionales y transoceánicos anteriores a 1932 desde su fundación, sino que, en los últimos años, el rey Salman ha impulsado agresivamente una narrativa histórica reformulada y secularizada. El “desempeño archivístico” del país, marcado por ineficiencias, sabotajes y coerción, revela sus “visiones conflictivas del pasado” y su a veces frágil control del poder.
La autoridad de la familia real dependió, desde su establecimiento, en gran medida de las corporaciones estadounidenses —ARAMCO en particular— y del Gobierno de Estados Unidos, que protegieron a la familia gobernante de las generalizadas, aunque borradas, movilizaciones anticoloniales y antiautoritarias internas, así como de rivales regionales. Sin embargo, la lucha de la familia real por mantener la legitimidad política por sus propios medios puso de manifiesto la necesidad de una narrativa histórica sancionada por el Estado. El deseo de controlar la narrativa no es solo una cuestión archivística. En 2009, el príncipe Jalid bin Sultan dirigió la Operación Tierra Quemada, una intervención saudí en Yemen.
La operación se convirtió rápidamente en un atolladero y desembocó en una humillante retirada saudí. La narrativa oficial nunca admitió el fracaso, pero la posterior desaparición de Jalid de la escena pública sugiere que se le responsabilizó de la derrota. En 2015, el rey Salman nombró príncipe heredero a Mohammad bin Nayef. Bin Nayef era ministro del Interior y partidario de la intervención saudí en Yemen, y su ascenso le permitió coordinar mejor la campaña contra Ansarolá.
Los bombardeos saudíes, incluso con el apoyo de los servicios de inteligencia estadounidenses y con reabastecimiento en vuelo, fueron un nuevo desastre. En 2017, el rey lo sustituyó por su hijo, Mohammed bin Salman, quien adquirió rápidamente protagonismo y puso en marcha el ambicioso proyecto Saudi Vision 2030, un intento por reconstruir el país tanto en términos materiales como ideológicos. El proyecto está repleto de ciudades futuristas, del relajamiento de ciertas normas sociales simbólicas —como la concesión a las mujeres del derecho a conducir— y de nuevos centros artísticos, como el museo de arte moderno anunciado en 2019. Estos son solo algunos de los proyectos que el rey Salman bin Abdulaziz y el príncipe heredero Mohammed bin Salman han impulsado para promover una imagen cada vez más secular del Reino.
Y ello no deja de ser, una vez más, un intento por controlar el archivo: decidir qué pasados son válidos, cuáles quedan fuera del presente y, al mismo tiempo, cuáles pueden proyectarse hacia el futuro. A pesar de los intentos de Bin Salman por controlar el país, la familia real sigue fragmentada, y sus miembros persiguen sus propias agendas económicas y políticas, a menudo a costa de otros parientes, de las autoridades regionales y religiosas y de los ciudadanos saudíes. El tema de Yemen no es una excepción. Por ejemplo, el príncipe Ahmed bin Abdelaziz, uno de los pocos hijos que quedan del fundador de Arabia Saudí, explicó hace unos años en Londres que la desastrosa política saudí en la región era responsabilidad exclusiva del rey y de su heredero.
La política de Bin Salman en Yemen ha sido un tremendo fracaso. Pero, como en ocasiones anteriores, existe una lucha por el control del archivo y quienes disponen de mayores recursos económicos, como en este caso el príncipe heredero, han conseguido no reconocer de manera explícita el tremendo fracaso saudí ni la situación en la que se encuentra actualmente el Reino. Desde el comienzo de la guerra, muchos se preguntaban por qué Ansarolá se mantenía al margen, incluso cuando el Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá) abrió un frente en el norte de Israel. La única explicación plausible que encontré es que las fuerzas yemeníes actuaban como contrapeso frente a los saudíes.
Irán atacaba bases en los distintos países del Golfo Pérsicoy también había cerrado el estrecho de Ormuz, lo que obligaba a Arabia Saudí a desviar gran parte de sus exportaciones de crudo hacia las terminales del mar Rojo. Los saudíes no querían una mayor escalada. Sin embargo, sigue siendo un misterio por qué los saudíes atacaron un aeropuerto en Yemen a principios de este mes, justo cuando Estados Unidos había reanudado los ataques aéreos contra Irán. El alto el fuego beneficiaba a Arabia Saudí.
Ansarolá respondió con ataques e impuso un bloqueo a los puertos saudíes del mar Rojo; los saudíes contraatacaron y ahora las fuerzas yemeníes atacan las instalaciones petroleras saudíes. El Reino se ha visto arrastrado a una guerra abierta. Si hace unos meses se podía decir que Arabia Saudí era uno de los polos de poder regional, ahora mismo se encuentra en una situación tremendamente delicada. Su sistema energético está bajo asedio en tres frentes, un punto de inflexión crítico en la geopolítica energética de Asia Occidental: los ataques coordinados desde Irak y los avances de Ansarolá en Yemen han golpeado el núcleo de la infraestructura petrolera de Riad, mientras el estrecho de Ormuz permanece cerrado.
La economía de Arabia Saudí se contrajo un 4,8 % en el segundo trimestre debido a los cinco meses de guerra en Irán y al cierre casi total del estrecho de Ormuz. Fue la mayor contracción interanual de la economía del Reino desde el punto álgido de la pandemia de COVID-19 en 2020. La mayor economía del Golfo Pérsico registró una caída interanual del 24,7 % en su sector petrolero entre el 1 de abril y el 30 de junio, según un informe publicado el miércoles por la Autoridad General de Estadística de Arabia Saudí. Esta caída provocó la contracción de la economía del Reino, ya que los hidrocarburos representan alrededor del 55 % de los ingresos del Gobierno saudí.
El fuerte descenso de la actividad petrolera contrarrestó el modesto crecimiento de los sectores no petrolero y gubernamental. Las actividades no petroleras crecieron un 0,6 %, mientras que las gubernamentales aumentaron un 0,9 %. El sector petrolero restó 5,4 puntos porcentuales al crecimiento anual del PIB, mientras que el no petrolero aportó 0,4 puntos porcentuales. Las actividades gubernamentales y los impuestos netos sobre los productos contribuyeron cada uno con 0,1 puntos porcentuales.
Según los analistas, el Reino se encuentra en un estado de conmoción estratégica y todos los análisis apuntan a que la situación económica empeorará en los próximos meses. Por Xavier Villar