Andrew Rogoyski, experto en inteligencia artificial, advierte sobre su futuro: “Y por eso le tenemos miedo”

Andrew Rogoyski, experto en inteligencia artificial, advierte sobre su futuro: “Y por eso le tenemos miedo”

La inteligencia artificial lleva meses protagonizando algunas de las predicciones más inquietantes del mundo tecnológico, con modelos que se presentan casi cada semana, como fue ayer el caso de Claude Opus 5.5 o ChatGPT-6.0 Sol. Y en este sentido, viendo el avance de la IA, los mensajes apocalípticos se han multiplicado. Sin embargo, ¿cuánto hay de evidencia científica y cuánto de narrativa? Andrew Rogoyski, investigador de la Universidad de Surrey, pone el foco precisamente en esta diferencia: buena parte del miedo que genera la IA podría proceder de nuestra propia tendencia a atribuirle comportamientos humanos.

No hay evidencias actuales Las advertencias sobre los riesgos existenciales de la inteligencia artificial proceden incluso de algunas de las figuras más conocidas del sector. En los últimos años se han planteado escenarios en los que los sistemas podrían mejorar sus propias capacidades de manera acelerada, escapar del control humano o terminar desarrollando objetivos incompatibles con los nuestros. Mhairi Aitken, antigua integrante del Alan Turing Institute y actualmente cofundadora de la organización sin ánimo de lucro Our AI Collective, considera que estas predicciones deben analizarse atendiendo a los hechos y no únicamente a quién las pronuncia. Según explica en el análisis que sirve de fuente para este artículo, no existen pruebas concretas de que los modelos actuales hayan dejado de estar bajo control humano ni de que estén a punto de hacerlo.

Aitken considera que se ha creado una narrativa que se repite periódicamente y que puede generar “oleadas de histeria”. Un ejemplo son los experimentos en los que determinados modelos han demostrado capacidad para atacar sistemas informáticos. Que una IA consiga realizar una acción de este tipo no significa necesariamente que haya adquirido voluntad propia. En muchos casos, se trata precisamente de pruebas diseñadas para comprobar qué puede hacer el modelo cuando los investigadores le proporcionan las herramientas y permisos necesarios Aitken también cuestiona que exista evidencia de una mejora de la IA que la haga capaz de conducir por sí sola a la llamada singularidad tecnológica. “Cuando se plantean estas ideas sobre la superinteligencia, se basan en una narrativa sensacionalista y convincente, pero no hay pruebas concretas”, sostiene.

El problema es cómo interpretamos la IA Andrew Rogoyski, de la Universidad de Surrey, le da otra perspectiva. Según recoge la fuente, considera que, pese al enorme progreso de la inteligencia artificial en áreas como las matemáticas o la ciberseguridad, no se ha producido en los últimos años un cambio radical que permita afirmar que el riesgo haya aumentado de manera extraordinaria. El investigador apunta a un elemento especialmente interesante: los grandes modelos de lenguaje se parecen lo suficiente a nosotros como para que terminemos proyectando sobre ellos características humanas. “Entonces le atribuimos todos los comportamientos y miedos humanos. Y por eso le tenemos miedo”, explica Rogoyski.

Esto no significa que descarte los riesgos. Al contrario, considera que existe un riesgo real, aunque pequeño, que debería estudiarse con antelación. El problema es que resulta especialmente difícil anticipar cómo sería una inteligencia artificial realmente avanzada. Si algún día aparece un sistema con capacidades que podamos considerar inteligencia genuina, su forma de razonar podría ser radicalmente diferente de la humana. “Habrá patrones de pensamiento y comportamiento que nos resultarán completamente ajenos.” Riesgo económico El análisis también plantea otro riesgo relacionado con la IA que resulta bastante menos futurista: el económico.

Las inversiones multimillonarias en centros de datos, chips, personal y entrenamiento de modelos necesitan encontrar una rentabilidad que no está garantizada. Rogoyski cuestiona hasta qué punto tiene sentido seguir aumentando exponencialmente el gasto para conseguir mejoras marginales en tareas cotidianas. Además, si algún día se construyera una máquina que realmente pudiera considerarse inteligente, Rogoyski plantea incluso una pregunta mucho más incómoda: qué derechos debería tener. “Si estás construyendo una máquina que crees que va a ser inteligente, deberías estar planteándote qué derechos debería tener”, afirma.

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