Un Yemen unificado

Un Yemen unificado

El rápido avance de Ansarolá a lo largo de la costa del mar Rojo, junto con la caída de la ciudad de Mokha y la presencia del grupo cerca del estrecho de Bab el-Mandeb, abre una nueva ecuación que afecta no solo a Yemen, sino a toda la región. Tras años de guerra, un frágil alto el fuego e intervenciones extranjeras, Ansarolá está ahora más cerca de unificar todo Yemen bajo su control. El grupo se considera, ante todo, una fuerza yemení que se ha alzado contra el colapso del Estado, la fragmentación territorial y la intervención de potencias extranjeras como Arabia Saudí y Emiratos. Desde la intervención militar de Arabia Saudí y la coalición regional en 2015, este país se convirtió prácticamente en un escenario de competencia entre potencias externas.

Arabia Saudí entró en la guerra para asegurar sus fronteras, los EAU crearon una red de fuerzas locales, Estados Unidos y otras potencias occidentales intervinieron militarmente en diversos momentos y diversos actores regionales, como Irán, buscaron aumentar su influencia. El resultado de estas intervenciones no fue el nacimiento de un gobierno estable, sino uno de los mapas políticos y militares más complejos de la región: un país donde a veces los aliados de un mismo bando luchan entre sí, y donde fuerzas que, aun estando alineadas contra un enemigo común, no tienen acuerdo sobre el futuro. Desde esta perspectiva, la reciente campaña de Ansarolá se puede ver como una reacción contra esa misma fragmentación y, al mismo tiempo, como la manifestación de uno de los principios políticos sobre los que el grupo basa su ideología: el mantenimiento de la autonomía, entendida no solo en un sentido territorial —no estar sometido a otros países—, sino también en un sentido político y epistémico: ser capaces de proyectarse políticamente hacia el futuro. De potencia interna a actor regional Ansarolá llegó al poder apoyándose en el discurso de la independencia y la oposición a la intervención extranjera, pero cuanto más se acerca a Bab al-Mandab, más se convierte Yemen en un actor determinante en la competencia de la región.

El control de la costa del mar Rojo le da una importancia que ya no es interna. Bab al-Mandab es uno de los puntos de estrangulamiento más importantes del comercio global, y el dominio sobre él puede afectar al transporte marítimo, la energía e incluso los precios del petróleo. Conocido en árabe como «puerta de las lágrimas» debido a su historial de naufragios, el estrecho se encuentra en el extremo meridional del mar Rojo y lo conecta con el golfo de Adén, en el océano Índico; tiene unos 100 kilómetros de longitud y apenas 30 kilómetros de anchura en su punto más estrecho, y separa Yemen, en la península arábiga, de Yibuti y Eritrea, en el cuerno de África. En los últimos días, esta misma preocupación ha hecho que el avance de las fuerzas de resistencia yemeníes sea seguido con enorme interés no solo en Riad, sino también en Washington y en los mercados energéticos globales.

Si Ansarolá puede estabilizar la costa occidental, mantener su conexión terrestre y militar con las zonas bajo su control y, al mismo tiempo, avanzar hacia la creación de una estructura de gobierno a escala nacional, ya no podrá ser considerado uno de los bandos de la guerra civil yemení. Ansarolá se convertirá en una potencia con la que habrá que negociar sobre la seguridad del mar Rojo, el futuro de la península arábiga e incluso el orden de seguridad de Oriente Medio. El significado más importante de lo sucedido en Yemen es que el grupo no pretende consolidar su poder en Saná, sino que ha entrado en una fase cuyo objetivo es unificar la geografía política y militar y poner fin a la red de influencia que Arabia Saudí, Emiratos y otros actores extranjeros han creado en el país durante los últimos años. Los recientes avances en la costa occidental y el acercamiento a Bab el-Mandeb pueden considerarse parte de este proceso, que, si continúa, puede disminuir la influencia de Riad y Abu Dabi en las ecuaciones internas de Yemen y cambiar la ecuación de poder de Yemen bajo la influencia de otros a Yemen bajo el control yemení.

La respuesta externa Frente a esta reconfiguración del tablero yemení, la respuesta de las potencias externas no se ha hecho esperar. En las primeras horas del domingo 20 de septiembre, mientras proseguían los combates entre las fuerzas de resistencia yemeníes y la Fuerza Aérea saudí junto a sus fuerzas aliadas en territorio yemení, empezaron a circular informes e imágenes de bombarderos estratégicos estadounidenses B-1B Lancer despegados desde el Reino Unido con rumbo a Asia Occidental. Casi en paralelo, según reconoció públicamente el Departamento de Estado de los Estados Unidos, existía «la posibilidad de una escalada del conflicto entre Arabia Saudí y los hutíes respaldados por Irán», y las embajadas estadounidenses de toda la región emitían alertas de seguridad ante el riesgo de ataques de represalia contra sus instalaciones y otros activos estadounidenses. El presidente de Estados Unidos, por su parte, abandonó Camp David antes de lo previsto, regresando a la Casa Blanca, donde, según diversas fuentes, examinaba opciones de ataque contra Yemen.

Ninguno de estos movimientos constituye, por sí solo, una prueba concluyente de que Washington haya autorizado una operación de gran escala. Pero en conjunto trazan un patrón reconocible: la puesta en escena de una capacidad de ataque rápido y de largo alcance y el uso de la escalada como palanca de presión. El detonante inmediato es la intensificación de la confrontación entre Arabia Saudí y la resistencia yemení. Los ataques con drones y misiles de Ansarolá han alcanzado posiciones militares y objetivos civiles, incluidos aeropuertos, así como infraestructura energética saudí, mientras las fuerzas saudíes han respondido con un elevado volumen de bombardeos aéreos sobre Yemen.

Lo que durante años fue un conflicto de desgaste parece haber entrado en una fase de reciprocidad creciente, en la que cada ciclo de ataques eleva el umbral del siguiente. En este contexto, la presencia de los bombarderos adquiere un significado que va más allá del escenario yemení. Washington busca conservar la opción de un ataque convencional, abierto y de largo alcance, y la visibilidad de esos aparatos refuerza la credibilidad de la amenaza contra objetivos fijos o semifijos predeterminados. La lógica es la de la disuasión por negación: demostrar que el coste de una escalada adicional sería insoportable para el adversario.

Pero hay un límite estructural que ningún despliegue aéreo puede resolver: las redes de resistencia yemeníes —dispersas, descentralizadas, con capacidades propias de misiles y drones— pueden reconstruirse y responder incluso después de campañas de bombardeo intensas. La experiencia reciente de las guerras aéreas prolongadas en la región demuestra que la superioridad aérea no equivale a una solución política. El riesgo de expansión horizontal La vía más probable de escalada a corto plazo no es un ataque estadounidense sorpresa, sino un ciclo de ataques recíprocos entre Arabia Saudí y las fuerzas de resistencia yemeníes. Ese ciclo podría arrastrar progresivamente a Estados Unidos: primero mediante apoyo operativo —inteligencia, reabastecimiento en vuelo, municiones, integración de defensa aérea— y después, potencialmente, mediante ataques directos.

Simultáneamente, la presión sobre las rutas marítimas y las instalaciones estadounidenses en la región expandiría la crisis en sentido horizontal. Desde el estrecho de Ormuz hasta Bab al-Mandab se extiende un corredor marítimo por el que transita una parte sustancial del comercio energético mundial. Una escalada que afectara simultáneamente a ambos puntos no tendría precedentes recientes y sus efectos se propagarían con rapidez a los precios de la energía, a los seguros de guerra para buques y a las cadenas de suministro globales. Las fuerzas yemeníes han demostrado en el pasado reciente su capacidad para alterar el tránsito por el mar Rojo, y sus arsenales de misiles y drones les permiten amenazar objetivos en profundidad saudí.

Las instalaciones diplomáticas y militares estadounidenses, por su parte, constituyen objetivos de represalia previsibles. Incluso sin una campaña estadounidense formal, la crisis dispone de suficientes vías de contagio como para considerarla un riesgo sistémico, no un conflicto localizado. Por Xavier Villar

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