Por Xavier Villar Tres escenas distintas, un mismo déjà vu: lo que parecía zanjado vuelve a estar sobre la mesa. Estados Unidos considera que mantener el pulso a Irán todavía puede conducir a un acuerdo mejor que el memorando de entendimiento alcanzado en junio. Pero al mismo tiempo, el presidente estadounidense, Donald Trump, no quiere una escalada antes de las elecciones de mitad de mandato, previstas para el próximo 3 de noviembre. El plan de la Administración Trump es esperar a ese momento, ver los resultados y decidir después si se vuelve a un conflicto abierto o se busca un acuerdo con Irán.
En este último sentido, la estrategia estadounidense es pasar directamente a la cuestión nuclear y utilizar la economía —el levantamiento de las sanciones— como palanca para conseguir un acuerdo distinto al ya alcanzado en Islamabad hace unos meses. Por su parte, Irán insiste en que primero deben aplicarse los entendimientos ya logrados con Washington: debe levantarse el bloqueo naval, Teherán debe recuperar el acceso a los fondos congelados y a los ingresos procedentes del petróleo, y los compromisos económicos recogidos en el memorando anterior deben comenzar a cumplirse. Los iraníes no van a aceptar una situación en la que no puedan producir petróleo mientras otros países siguen exportándolo. Y también está el problema del bloqueo aéreo.
Irán no está dispuesto a asumir que el mundo siga funcionando con normalidad mientras es únicamente él quien paga un precio muy elevado debido a la coerción estadounidense. El mensaje iraní es claro: no habrá nuevas concesiones ni una renegociación desde cero. O existe una vía para volver al acuerdo, o Teherán irá elevando progresivamente el coste del statu quo . Hace unos días, después del rechazo estadounidense a la propuesta de Teherán, el comandante en jefe del ejército iraní, Amir Hatami, declaró: “Si Irán no puede comerciar, si Irán no puede vivir, nadie podrá comerciar ni vivir.
El estrecho de Ormuz”, añadió, “es el estrecho de nuestra dignidad y nuestro honor; los enemigos de nuestro país no podrán utilizarlo mientras el pueblo iraní esté privado de él”. Si los dirigentes iraníes creen que Trump es reacio a volver a una confrontación a gran escala antes de las elecciones, las semanas previas a noviembre podrían parecerles menos un argumento para la contención que una ventana diplomática que se está cerrando. Cuanta mayor sea la presión sobre la economía y el transporte, mayor podría ser el incentivo de Irán para demostrar que no se limitará a soportar un bloqueo mientras Washington espera a que transcurra el calendario político estadounidense. Teherán podría estrechar el cerco al tráfico marítimo o adoptar otras medidas calibradas destinadas a encarecer la confrontación, incluida una nueva sacudida a los precios de la energía, que ya se encuentran elevados.
También podría responder a las restricciones aéreas mediante amenazas crecientes u otras medidas coercitivas destinadas a demostrar que aislar a los aeropuertos y las aerolíneas iraníes tendrá repercusiones en otros puntos de la región. De lo que se trata, en realidad, es de dos visiones políticas completamente antagónicas. Por un lado, Trump se ha dado cuenta de que el acuerdo de junio alcanzado en Islamabad era malo y sigue convencido de que puede darle la vuelta a la situación en su propio beneficio. Incluso lee las palabras de los dirigentes iraníes a favor de la diplomacia como una señal de vulnerabilidad.
Por otro lado, Irán considera que ganó la guerra de Irán durante los primeros cuarenta días y que salió de ella claramente reforzado. Tomó el control del estrecho de Ormuz y pudo ejercer así una influencia considerable sobre los mercados energéticos mundiales. Estados Unidos no pudo resolver el problema por la vía militar y, como reconoció Donald Trump en Évian, estaba a punto de agotar sus reservas estratégicas. Temía pasar a la historia como el presidente que había provocado una recesión.
Los iraníes consideran, por tanto, que obligaron a Washington a firmar en junio un memorando de entendimiento en Pakistán que les resultaba muy favorable. Y, de hecho, el memorando era favorable a Irán, al menos en su formulación. El problema de Teherán, tanto en la cuestión nuclear como en estas negociaciones, es que consigue que los países occidentales acepten determinadas medidas, pero no logra que se apliquen. La Administración estadounidense puede firmar cualquier cosa; eso no significa que vaya a ponerla en práctica.
Nos encontramos, por tanto, ante una situación en la que el Gobierno iraní quiere preservar el memorando de entendimiento y repite que Estados Unidos debe volver a él y aplicarlo. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaí, y el principal negociador y presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, mantienen el mismo discurso. Ese es el mensaje que transmitieron a los paquistaníes y a los cataríes. Estados Unidos, por su parte, quiere otra cosa: una victoria, o algo que el presidente Trump pueda presentar públicamente como tal.
Sin embargo, ninguna negociación con Irán le va a proporcionar esa foto. No existe escenario en el que Washington se siente a una mesa con los iraníes y consiga, por ejemplo, la apertura del estrecho de Ormuz. El vaso está medio vacío para Donald Trump y medio lleno para Irán.